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jueves 12 de noviembre de 2009

Zombieland


Con las ganas que tenía de que me gustara esta película, y lo fácil que me lo ponía: zombis y Woody Harrelson, ¿qué podía salir mal? La lista sería demasiado larga, así que lo condensaré en pocas palabras: Es una película de terror que no da miedo / es una comedia que no hace gracia. A mí, por lo menos.

Pero lo que más me repele de Zombieland es que viene a ser la gota que colma el vaso de las «zombi-parodias» (o -paridas), lleno a rebosar de un tiempo a esta parte. Novelas como Pride and Prejudice and Zombies o Zombis rubias vienen a sumarse a filmes como Zombie Strippers o Black Sheep para ponerles la zancadilla a obras realmente dignas, tanto en lo terrorífico como en lo cómico, como Fido, Dead Set o Last of the Living, por citar tan sólo unos pocos ejemplos de lo que puede conseguirse realmente si se toman en serio ambos ingredientes.

Lo que nos encontramos en Zombieland es la clásica «comedia» disparatada en la que nadie se toma la molestia de intentar conferirle un mínimo de interés al asunto: ni los guionistas (que saben que la taquilla la van a romper hagan lo que hagan), ni los actores (que saben que están participando en una idiotez alimenticia sin mayor trascendencia), ni mucho menos los críticos (que al parecer  está poniendo el film por las nubes, claro indicio de que ni siquiera están molestándose en verla antes de opinar); un ya tristemente habitual engendro endogámico de Hollywood por y para Hollywood, con cameo de estrella incluido (Bill Murray en esta ocasión... dos minutos dura el oasis de su aparición en este inhóspito desierto de película). Especialmente triste es el papelón del joven Jesse Eisenberg, encorsetado en su vergonzante por lo obvio intento de moverse y hablar como Michael Cera.



Habrá quien alegue que se trata de un divertimento sin mayor ambición, una película palomitera para verla y con los amigos y comentarla, o en solitario y olvidarla, pero no sé, sigue dándome rabia que se aprovechen de mis queridos zombis para perpetrar chorradas como ésta.

Aires más cálidos


Hacía tiempo que se mascaba la tragedia: un ordenador de más de cinco años, un usuario relativamente hardcore, pegado a la pantalla prácticamente 24/7, un sistema operativo acoquinado ante el constante vapuleo de los programas modernos, cada vez más exigentes (igual que su dueño, para qué negarlo)... Mi ordenador, viejo compañero de fatigas, empezaba a dar muestras de ídem, y por fin ocurrió lo que más temía: hace tres días tiró la toalla, se colgó para no volver a descolgarse más, y me dejó enfrentado a la pregunta del millón: ¿Formateo por tercera vez en un año o me las dejo largas?

También hacía tiempo que me rondaban la cabeza pensamientos impuros, la tentación de la infidelidad comenzaba a ser irresistible... quería un Mac. Pero antes tenía que ahorrar, las amantes de lujo no quieren saber nada de clientes desheredados, y a la hucha con forma de cerdito le rugían las tripas. Así pues, si el salto a Mac debía esperar, ¿qué hacer? ¿Formatear? ¿Por tercera vez en un año? ¿En serio?

Ubuntu is an African word meaning 'Humanity to others', or 'I am what I am because of who we all are'. The Ubuntu distribution brings the spirit of Ubuntu to the software world. 

No, aún tenía una opción, los rumores sonaban cada vez con más fuerza: Existe una alternativa, gratuita, y se llama Linux. El simpático pingüino, con tantos detractores como apasionados forofos, nunca había terminado de seducirme porque, reconozcámoslo, uno trabaja con el ordenador pero tampoco daría para protagonizar una serie a lo The IT Crowd. El caso es algún SO tenía que meterle al ordenador, así que hice de tripas corazón y de perdidos, al río: Favor que me hizo mi cuñado de grabarme la nueva versión de Ubuntu, CD de instalación al canto... y voilá. Se hizo la luz.

No voy a enumerar las virtudes de Linux porque ya digo que sólo hace un par de días que lo utilizo, lo más probable es que tanto sus más acérrimos defensores como sus enemigos declarados tengan parte de razón, pero sí puedo afirmar una cosa: A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a usar Windows.

También es verdad que seguiré ahorrando para el Mac.

sábado 24 de octubre de 2009

Paranormal Activity, de Oren Peli

¿Cuánto tiempo hacía que no me asustaba viendo una película? La pregunta es retórica pero no capciosa: como aficionado al terror, me he preguntado varias veces en qué momento saltó en mi cabeza ese fusible que me insensibilizó a los sustos y me dejó con la capacidad de disfrutar de una buena "peli de miedo", sí, pero también privado de la ingenuidad necesaria para creerme que podían existir monstruos peores que el ser humano. De las placenteras pesadillas con cara de Boris Karloff caracterizado de Frankenstein o con el dedo de un Donald Sutherland boquiabierto apuntándome delator, pasa uno a entretenerse con las acrobacias oníricas de Freddy Krueger, o a reírse incluso con algunas de las nuevas y descafeinadas versiones de los mitos del vampiro y el hombre-lobo. Tan sólo un subgénero ha mantenida viva en mí todo este tiempo la capacidad de pasar miedo de verdad: el de las casas encantadas. Por eso tengo en un pedestal libros como House Of Leaves... y por eso he disfrutado tanto con Paranormal Activity.


Gestada a modo de exorcismo personal hace un par de años por su director, Oren Peli, quien al parecer comparte conmigo el repelús por los fantasmas, Paranormal Activity desembarca en Europa vía la segunda etapa del Fantasy Film Festival alemán, sobre cuya primera ronda escribí ya en esta entrada. La cinta viene publicitada a bombo y platillo como la nueva The Blair Witch Project, tan sólo por estar hecha con cuatro duros y haberse dado a conocer al gran público gracias al boca a boca. Ahí, por suerte, terminan los parecidos.





Paranormal Activity parte de una base simple pero que requiere cierta complicidad por parte del espectador: tenemos una pareja, formada por Katie y Micah, y tenemos unos hechos misteriosos que ocurren en su casa, supuestamente debidos a que Katie experimenta una suerte de acoso por parte de una entidad sobrenatural desde que se incendió el hogar de sus padres cuando ella era pequeña. Su eterno prometido, el mencionado Micah, se propone ayudarla grabando y analizando los sucesos que tienen lugar bajo su techo. Lógicamente escéptico y jocoso al principio, con cada minuto de metraje Micah irá poniéndose cada vez más nervioso y convenciéndose cada vez más de que lo que sufre Katie no son simples alucinaciones ni es cosa de broma.


Hay que hacer hincapié en la elección de los actores (ni modelos ni famosos, el chico y la chica de la casa de al lado, como quien dice) y en su fenomenal actuación, sobria y convincente, sobre todo en el caso de Katie. Menos mal que Oren no sucumbió a los cantos de sirena de Steven Spielberg (otro enamorado de la película, e inspirador de uno de los varios finales alternativos de ésta) y renunció a convertir su modesto proyecto en la típica superproducción made in Hollywood.


Los personajes secundarios son muy pocos, y su presencia en pantalla igualmente discreta: primero un médium y después un demonólogo, cuyas respectivas apariciones tan sólo contribuyen a generar más tensión en la pareja: El primero por advertirles de los peligros de buscar contacto activo con la entidad que acosa a Katie, y el segundo por salir literalmente corriendo despavorido de la casa a los pocos segundos de poner el pie en ella. También hay otra chica, que se deja caer de visita de vez en cuando para enhebrar abalorios con Katie y distraer un poco a su amiga, pero su papel no pasa de lo meramente testimonial... al menos hasta los últimos minutos de la cinta. Pero no quiero que se me escape ningún spoiler.


Desde la íntima y exquisita factura (¿una peli tan, tan, tan indie que no la quisieron ni en Sundance?) al final arrollador (o finales, esta versión del director sí habrá que pillársela), pasando por los inevitables pero lógicos homenajes a Poltergeist y El exorcista, merece la pena ir al cine a ver Paranormal Activity, aunque seguramente la mejor manera de disfrutarla sea a solas y a oscuras en casa, dispuesto a absorber las trágicas vivencias de Micah y Katie como se merecen, con la ingenuidad de los ojos del niño que ve su primera peli de miedo.

viernes 23 de octubre de 2009

Pasos de gigante



No he sido nunca un gran aficionado al jazz. Puedo pasarme el día entero hablando de todo tipo de estilos musicales, pero cuando se trata de jazz me suelo morder la lengua para no caer de cabeza en el pozo de mi ignorancia. Ahora, no obstante, mientras me quito los mullidos auriculares y pulso el botón de eyección del equipo de música para volver a guardar en su caja el compacto de John Coltrane, pienso que mis futuras conversaciones sobre jazz se verán beneficiadas por la repetida escucha de los cuatro minutos con cuarenta y seis segundos que dura la divina melodía de Giant Steps, el primer corte del álbum del mismo título de este excepcional saxofonista. 

—Pasos de gigante —musito bobamente con una sonrisa beatífica, en paz conmigo mismo por primera vez en toda la noche, desde que me asaltara el insomnio que ha dado con mis huesos en el elástico sillón de cuero del que ahora me levanto con el fantasma de las poderosas últimas notas musicales resonando aún en mis oídos. Qué apropiado, concluyo ya para mis adentros. Tampoco hace falta alborotar al vecindario con mis manías nocherniegas. 

Las manillas del carillón marcan con instinto delator las cuatro menos doce minutos de la madrugada. Me froto el sueño acumulado en los párpados con un puño mientras con la otra mano apago la lamparilla que ha alumbrado mi primer contacto con el señor Coltrane y me fijo en la boca igualmente bostezante que forma el vano de la puerta para orientarme en la penumbra. No son horas de andar encendiendo todas las luces de la casa. 

Apenas si he hecho ademán de despegar un pie del suelo, no obstante, cuando me bloquea el paso la invisible barrera de un crujir de tablas, el desganado rechinar de dientes que podría ensayar un imaginario y gigantesco gólem de madera. 

La concatenación de reacciones que provoca el sonido en mi organismo parece no tener fin: tensión muscular, desde la cúspide de las cervicales a los tendones de los tobillos; dilatación de la pupila, hiperventilación agravada por una inmediata sensación de sequedad en la boca, un conato de flatulencia contenido con el involuntario agarrotamiento de los músculos abdominales... Sin embargo, los síntomas de ansiedad remiten con la misma celeridad con que se han presentado y me dejan una sonrisita sedimentada en los labios. 

Seguro que no es más que el niño, que se habrá dado la vuelta en la cama; no hay nada como una vivienda arropada en el silencio de la noche para magnificar hasta el menor de los ruidos. Reconfortado por la idea, divertido por tan impropia rendición al pánico, me propongo investigar. 

Al trasponer el umbral del salón miro a la derecha y compruebo que la puerta principal está cerrada. Frente a mí, el breve tramo de escaleras que conduce a la segunda planta del ático se dobla sobre sí mismo en un rellano que me encara con el pasillo de los dormitorios. Daredevil me observa con ojos ciegos, plantado de escorzo en la testuz de una gárgola de cartón piedra, desde el póster que copa la puerta entreabierta de la primera habitación; me asomo a ella para ver, satisfecho, que el pequeño continúa durmiendo plácidamente con la dorada cabeza rizosa apoyada en su almohada estampada de barquitos de vela. Así pues, no da la impresión de haber sido él el causante del murmullo de tablas. 

Me pregunto si no habrá alguien más en la casa, y también desde cuándo seré tan miedica. Son las cosas que oye uno a todas horas en los noticiarios, que nos predisponen a ponernos siempre en la peor de las situaciones. 

Doy los cinco pasos escasos que me separan de la siguiente puerta, asimismo entreabierta, recriminándome mudamente mi exceso de imaginación. 

En el dormitorio principal todo parece estar igual que lo dejé: los pantalones doblados sobre el respaldo de una adusta silla, la camisa blanca y la corbata a rayas listas para ir a la oficina. La hilera de zapatos de tacón bajo, como discretos vehículos aparcados en batería siguiendo la línea del rodapié. En la cama, las sábanas y el colchón han rebasado su nivel de saturación y la sangre ha comenzado a gotear en el piso, componiendo una sintonía de plics, plics que, comprendo aliviado, es sin duda el ruido que me alertara apenas unos minutos antes. 

El cuerpo decapitado de la mujer yace enredado en la ropa de cama a consecuencia de los segundos de pataleo que le costó morir asfixiada bajo mi mano enguantada. Su cabellera leonada le cubre el rostro un metro más a la derecha, en el pequeño tocador donde dejé la cabeza. El hombre duerme aún su sueño inducido por el cloroformo con que lo obsequié antes de dedicarle toda mi atención a su esposa. De qué magnitud será la jaqueca que le dé los buenos días mañana cuando por fin despierte, no me lo quiero ni imaginar. 

Nada que temer, pues. La rama masculina de la familia continúa soñando y el único componente femenino sigue muerto, exangüe y decapitado. El rechinar de dientes de gólem ha resultado no ser más que una simple fuga de sangre de la que sólo tiene la culpa un colchón demasiado fino. Sacudo la cabeza mientras me paso la lengua por los colmillos acanalados y me río para mis adentros, acusándome de asustadizo (¡Valiente vampiro psicópata estás hecho!, me recrimino), mientras desando mis pasos por la escalera y busco la puerta principal que forzara aproximadamente un par de horas antes. 

Ya en la calle y sin nadie más a la vista bajo la macilenta luz de las farolas, me permito marcar el paso tarareando a media voz Giant Steps, la divina melodía que generara una vez el talento de John Coltrane, excepcional saxofonista.

sábado 17 de octubre de 2009

Frankenstein, de Dean Koontz


El veterano escritor parece seguir empeñado en ponérnoslo cada vez más cuesta arriba a quienes intentamos seguir comprando y leyendo sus libros sin que se nos caiga la cara de vergüenza, impulsados cada vez más por una suerte de fascinación morbosa y menos por el genuino interés de seguir una carrera literaria que no empezó tan mal. Poco queda ya del autor de obras más que dignas como Fantasmas, Los servidores del crepúsculo, El lugar maldito o Velocidad.


Personalmente, creo que hay un antes y un después de Falsa memoria, primera novela en la que Dean Koontz decide dar rienda suelta a un estilocon el que venía experimentando al menos desde Nocturno, quizá la última obra real del "antiguo" Koontz. La obsesión con los haikus del villano de Falsa memoria le sirve de pretexto al autor para ensayar lo que es ya una constante en todas sus novelas: la concisión de su prosa hasta niveles minimalistas, con escuetos párrafos de no más de dos puntos y seguido, unida a un fuerte trasfondo paródico del género que roza en no pocas ocasiones lo directamente esperpéntico, y a una división ultramaniquea de sus personajes y de la sociedad que les sirve de telón de fondo en "buenos" y "malos" sin la menor cabida para los tonos de gris.


Quizá en una futura biografía se nos explique alguna vez qué era lo que pasaba exactamente por la cabeza de Koontz cuando decidió que sería buena idea meterle mano a la emblemática creación de Mary Shelley, sometiéndose así motu proprio a una prueba de fuego de la que sólo podría salir chamuscado, cuando no directamente incinerado. Según la génesis de "su" Frankenstein que se nos revela en el prefacio de Prodigal Son, primer volumen de la trilogía, todo empezó con el guión del piloto de una serie de televisión del mismo título, a retransmitir por USA Network. Ilusionado por lo que había leído en ese guión, ni más ni menos que Martin Scorsese se animó a embarcarse en el proyecto en calidad de productor ejecutivo. Elegido el elenco de actores (con Thomas Kretschmann y Vincent Perez en los papeles de Víctor Frankenstein y su criatura, respectivamente) y comenzado el rodaje, tanto la cadena como el joven director al timón del piloto decidieron realizar "algunos cambios". Quizá dolido en su orgullo, quizá empujado sencillamente por las diferencias creativas, Dean Koontz se desentendió del proyecto, seguido de Scorsese (o "Marty", como prefiere referirse a él Koontz). El piloto sólo llegó a estrenarse en uno de esos pases privados que tanto se estilan en los EE.UU., y debió de recibir tal somanta de abucheos que nunca más se volvió a saber de él. Hasta que Koontz, ya por libre, decidió dar carpetazo a sus sueños de celuloide y plasmar sus ideas sobre el papel corriente y moliente.


Hasta aquí por qué existe un "Frankenstein de Dean Koontz". Toquemos ahora de pasada por qué no existe un "Frankenstein de Dean Koontz, Kevin J. Anderson y Ed Gorman".


Tras la publicación de City Of Night, segunda parte de la trilogía, y durante el largo periodo de sequía que precedió a la salida de Dead And Alive, tercer y último capítulo de la serie, Koontz encontró tiempo para realizar alguna entrevista en la que se reconocía insatisfecho con sus novelas escritas a cuatro manos (lo que queda por explicar es por qué tuvo que recurrir a colaborador alguno, para empezar), de ahí que estuviera encargándose de escribir Dead And Alive él solito, lo que supuestamente habría de explicar la tardanza en rematar la novela. Estas excusas podrían haber convencido a alguien si Koontz no estuviera sacando una novela tras otra entremedias, sólo que no de Frankenstein, sino de Odd Thomas, su nuevo personaje estrella, éxito de ventas y críticas, y niño mimado con el que el autor parece sentirse a gusto por fin después de muchos años de buscar el oro de la inspiración en yacimientos poco

o nada productivos.


Con la puesta a la venta del tercer volumen de Frankenstein, las reediciones de Prodigal Son y City Of Night han experimentado el curioso efecto de ver los nombres de sus co-creadores (Kevin J. Anderson y Ed Gorman, respectivamente, conocido el primero por meter la cuchara en numerosas continuaciones de la saga de Dune, veterano escritor de novela negra el segundo) expurgados de sus respectivas nuevas cubiertas, en lo que muchos lectores creen ver una soberana muestra de megalomanía e ingratitud por parte de Dean Koontz. Yo de lo único que estoy seguro es de que esta concesión al egotismo no le habrá salido nada barata.


Una vez cubiertas a grandes rasgos las fuentes de la trilogía, toca hacer un somero repaso a lo que le ofrecen al lector sus tres tomos, argumentalmente hablando: Toda la trama del Frankenstein de Dean Koontz se basa en la premisa de que los hechos narrados por Mary Shelley en su clásico inmortal no son ficticios, sino muy reales: Víctor Frankenstein existió y ha sobrevivido hasta nuestros días, al igual que su "monstruo", fallido prototipo de una Nueva Raza que el buen doctor ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos, empezando por el lógico añadido de incluir en su programación genética una cadena de código que les impide rebelarse contra su creador. El genio científico de Víctor le ha permitido modificarse a sí mismo para ser más fuerte, rápido y guapo que nadie, además de prácticamente inmortal, pues su cuerpo se abastece de corriente eléctrica y apenas si acusa los estragos del tiempo. La única pega es que su ego tampoco ha dejado de crecer con los años, al igual que su moral no ha dejado de deteriorarse, hasta tal punto que el Víctor Frankenstein moderno encaja en el arquetipo de científico loco hasta extremos caricaturescos: sádico con sus creaciones, xenófobo, déspota, tirano, amigo íntimo de Hitler, Stalin, Mao y todos los dictadores habidos y por haber, al servicio de cuyas aciagas intenciones pone todos sus recursos e inventiva para financiar el ambicioso proyecto de esa Nueva Raza con la que pretende reconquistar la Tierra, la galaxia y el universo hasta sus últimos confines.


Su primera creación también campa por nuestro mundo, más concretamente por el Tíbet, con cuyos monjes ha encontrado por fin después de tanto tiempo la paz y la serenidad que sus muchas vivencias como deforme proscrito y atracción de feria le han procurado a lo largo de su longeva existencia. Deucalión (pues éste es el nombre que la criatura ha decidido adoptar para sí, el hijo de Prometeo, del mismo modo que su creador ahora prefiere hacerse llamar Helios; no hace falta que abunde en las poco sutiles referencias mitológicas de sus modernos apelativos) es ahora un ser atormentado por los pecados de su padre, por así decirlo, una criatura profundamente espiritual y poderosa que ha optado por ofrecerle al mundo la otra mejilla y consagrarse al Bien, con mayúscula, en cuerpo y alma. Quizá algo contradictoriamente, viniendo de semejante ultrapacifista y bienhechor, Deucalión opina que no podría hacerle mayor bien al mundo que borrando de su faz la presencia de Víctor Helios Frankenstein, al que considera poco menos que Satanás encarnado. Con estas intenciones abandonará las idílicas cumbres tibetanas en favor de las algo más animadas calles de Nueva Orleans, donde reside ahora su creador y némesis definitiva. Presentados ya los personajes principales y el escenario de la historia, sólo queda salpimentarla de secundarios y subtramas para estirar al máximo un chicle que, a priori, tampoco se presenta tan insípido como resultará serlo al final.


La verdad es que las dos primeras partes del Frankenstein de Dean Koontz se dejan leer como refrito policíaco-neogótico totalmente alejado del romanticismo y el alegorismo del original: hay acción, hay diálogos ingeniosos, el gore y el sexo se dosifican diría incluso que con cierta elegancia elidida, el escenario resulta satisfactoriamente adecuado para lo que se nos está contando... pero de todo termina cansándose uno, y está claro que Koontz se aburrió enseguida de su experimento: ni le apetecía escribir las dos primeras partes

al alimón, ni la tercera parte en solitario, ni nada de nada. Estoy convencido de que fue únicamente la presión de su editorial, más que el clamor de los fans que aguardaban un desenlace bien atado como agua de mayo, lo que consiguió arrancarlo de su abulia el tiempo justo para pergeñar una conclusión de su trilogía a todas luces sacada del horno antes de tiempo. Por cierto, que Bantam anuncia que Dean Koontz ha firmado por tres novelas más de su Frankenstein, maniobra harto inexplicable en vista de que la mayoría de sus fans se han tomado la culminación de esta primera trilogía como un insulto personal en toda regla, no diré que enteramente sin razón.


Mientras tanto, el conocido guionista Chuck Dixon se ha encargado de trasladar Prodigal Son al cómic, en una miniserie de seis números para Dabel Bros. Quién sabe, a lo mejor algún día alguien decide desempolvar ese piloto para la televisión y darle otra oportunidad...







martes 13 de octubre de 2009

City Of Fire, de Robert Ellis


Suelo engancharme tarde al tren de las series de novelas de misterio protagonizadas por personajes con nombre propio (me pasó con el cachazudo inspector Rebus, de Ian Rankin; con el macarra ex marine Jack Reacher, de Lee Child; con Dirk Pitt, con Jack Ryan, con... con todos, vamos), así que cuando me llamó la atención esta novela del para mí desconocido Robert Ellis y descubrí que era la primera de una serie a protagonizar por la detective Lena Gamble, supe que ésta era mi oportunidad de montar a tiempo en el tren.

Lo que no sabía era si el viaje merecería la pena, pero bastaron las primeras páginas del libro para tranquilizarme: asesinato brutal, escena del crimen analizada a conciencia, falso sospechoso interrogado y despachado rápidamente para dar paso al comienzo de la verdadera cacería, y todo ello enmarcado en el seductor escenario de Los Ángeles (que Ellis logra describir de forma más que convincente) y aderezado con unos diálogos ingeniosos sin caer en la autoparodia ni rozar el ridículo, algo de lo que cada menos autores contemporáneos pueden presumir.

La historia comienza sin darnos tiempo a coger aliento cuando un tipo llega a casa para encontrarse con su mujer destripada en la cama. El departamento de policía de L.A. le asigna el caso a la recién ascendida detective Gamble, apadrinada por el veterano a punto de jubilarse Hank Novak. Que el viudo fuera el responsable sería demasiado fácil, así que una vez despejada esa incógnita comienza la verdadera investigación, y la ciudad no tarda en ponerle nombre a su nuevo asesino en serie favorito: "Romeo."

He could smell her vagina. He was trying to concentrate on his work, but he could smell it. He was sure he could. The odor was hidden in the recesses of her perfume. Lost but not forgotten in the attempt by the perfume designer to replicate the scent of lavender flowers hovering over a garden and wafting through crisp morning air to the end of his nose.
Martin Fellows liked the smell of lavender.

La identidad del psicópata no es un misterio para el lector en ningún momento, pero Ellis se toma la molestia de profundizar en su retorcida psique y hacernos partícipes de sus enfermizos deseos, vacunándonos así más que eficazmente contra el tedio. Por si eso fuera poco, en cortés deferencia a la estrella de la novela, el autor se toma su tiempo dejándonos atisbar el pasado de la detective Gamble, sobre todo las partes relacionadas con su difunto hermano y con las causas de su temprana muerte, integrándolo todo por si fuera poco en la trama de Romeo con una serie de requiebros que le auguran un prometedor futuro en el género. O dicho de otra manera: el final no decepciona en absoluto.

Al parece está previsto que Lena Gamble protagonice por lo menos otras dos novelas, la primera de las cuales, Lost Witness, ya debe de estar al caer. Y yo que lo lea.

jueves 17 de septiembre de 2009

Black Man / Thirteen, de Richard Morgan


Me gustaría comenzar esta reseña quitando rápidamente dos piedritas del camino: 1) Sí, la novela tiene dos títulos, el original y el gilipolíticamente correcto, impuesto por los adalides del eufemismo como absurdo estandarte de la pacífica coexistencia entre etnias, géneros y números. Uno denomina a la novela en los Estados Unidos y el otro lo hace en el resto del mundo: no cuesta adivinar cuál es cuál. Y 2) Sí, Richard Morgan sigue siendo una de las estrellas más fulgurantes del panorama de la ciencia-ficción anglosajona, el autor a seguir para quienes disfruten de las elucubraciones socio-políticas más crudas pero no quieran renunciar a su dosis de acción. Si -inexplicablemente- no te gustaron Carbono alterado (Minotauro, 2005) ni Leyes de mercado (Gigamesh, 2006), es probable que no te guste Black Man... y que debas replantearte tus gustos.

Pero tampoco se trata de lanzar ditirambos al aire sin ton ni son. Veamos qué nos ofrece Morgan en Black Man, y que cada cual juzgue si le interesa adentrarse en sus páginas.

Nos encontramos ante una trepidante novela que bebe de distintas fuentes propias del género para componer una equilibrada mezcla de techno-punk noir, sensual y sexual cuando lo requiere el guión, violenta y reflexiva a partes iguales. No en vano el título hace referencia a un tipo de subhumanos manipulados genéticamente para desempeñar aquellas tareas que al hombre metrosexual del presente de la novela le resulten ingratas (básicamente todas las relacionadas con la secreción de testosterona). El protagonista de Black Man, Carl Marsalis, es un antiguo soldado manipulado genéticamente, un Trece al servicio de la ONU que se dedica a cazar machos alfa descontrolados en un mundo que, tras decidir que es mejor resolver los conflictos por la vía del diálogo que por la de las armas, ya no tiene necesidad de ellos.

Con el excedente de Treces convenientemente exiliados en Marte, los gobiernos de esta Tierra futura se dedican a continuar con sus trapicheos habituales armados de falsas buenas palabras y aún más falsas sonrisas, pero el almohadón de plumas les estalla en la cara cuando comienzan a sucederse una serie de brutales asesinatos, empezando por los ocurridos en el transbordador espacial donde nos sitúan las primeras páginas de la novela, escenario de una situación a lo octavo pasajero hormonado que es toda una declaración de intenciones por parte de Morgan. Puesto que nada mejor que el fuego para combatir el fuego, Marsalis recibe el encargo de dar caza a este Trece renegado y comienza la caza, tanto del misterioso asesino como de la verdad sobre lo ocurrido realmente con los últimos soldados del mundo.

America split up over a vision of what strength is. Male power versus female negotiation. Force versus knowledge, dominance versus tolerance, simple versus complex. Faith and Flag and patriotic Song stacked up against the New Math, which, let's face it, no-one outside of quantum specialists really understand, Co-operation Theory and the New International Order. And, until Project Lawman came along, every factor on the table is pointing towards a future so feminised it's downright un-American.

La pega más fácil que se le puede poner a Black Man es que, si bien el análisis sociocultural está ahí, si bien las críticas a la hipocresía inherente al acto de gobernar están ahí, si bien el reflejo de siglos de desigualdad entre hombres y mujeres está ahí... lo que nos lleva a devorar una página tras otra, en última instancia, no es nada de eso, sino las explosiones, las persecuciones, los hombros dislocados y los ojos a la virulé. Se puede entender así la novela, no digo que no, como mera concatenación de frases lapidarias, peleas de saloon y ocasionales polvetes rápidos. Pero sería una pena darle la espalda al meditado escenario global diseñado por Morgan, a su preocupación por las consecuencias de la modificación genética, o a su abordaje sin tapujos, con la hoja del cuchillo bien apretada entre los dietes, de dilemas filosóficos y morales que estamos acostumbrados a ver tratados con guantes de terciopelo.

Recomendable Black Man, en definitiva, tanto para quienes ya cuenten a Richard Morgan entre sus autores favoritos, pues los rasgos característicos de su estilo se encuentran aquí condensados y aumentados, como para quienes deseen adentrarse en la obra de uno de los autores británicos contemporáneos que más tiene que decir y más está dando que hablar en el campo de la ficción especulativa.