jueves, 31 de diciembre de 2009

Das Buch der Lügen, de Brad Meltzer


No me imaginaba capaz de comprar un clon del Código Da Vinci, pero es que esta novela del escritor y guionista de cómics Brad Meltzer oscilaba delante de mis narices con un suculento gusano ensartado en el anzuelo de su contracubierta: la investigación de la relación entre el asesinato del padre de Jerry Siegel, uno de los creadores de Superman, y el arma del primer asesinato de la historia (versión judeocristiana). Al final, como cabía esperar, he terminado arrepintiéndome de haber picado con un cebo tan burdo, pero tampoco tanto como me temía; la novela de Meltzer se redime en parte gracias a que arroja algo de luz, da igual lo tenue que sea, sobre una intrigante parte de la historia del origen del Hombre de Acero.

Das Buch der Lügen (traducción literal al alemán del título original, The Book of Lies) aprovecha la vaguedad del Génesis a la hora de relatar el asesinato de Abel a manos de su hermano Caín para sugerir la existencia de una misteriosa arma del crimen codiciada por la fraternidad secreta de turno, con su inevitable relación traída por los pelos con el nazismo. Estas gotas de fantasía las añade el autor a unas generosas dosis de intrigante historia real (el ya mencionado asesinato sin resolver del padre de Jerry Siegel, caso aparentemente real) para conferirle a su creación un curioso sabor a combinado de lo más burdo de la imaginación de Dan Brown y lo más chabacano del periodismo de investigación, aunque en honor a la verdad debo decir que la parte relacionada con la historia de los Siegel está llevada con bastante dignidad y respeto.

Pocas virtudes más tiene la novela: ni los personajes se hacen querer, ni la encorsetada trama se rebela contra las limitaciones implícitas del subgénero al que pertenece, ni los giros argumentales escapan al ridículo por exageración, ni el final consigue sorprender desligándose de la obligatoria y previsible vuelta de tuerca final. Novela curiosa para los amantes del cómic y lectura poco exigente para las largas noches de invierno, tampoco le vamos a pedir peras al olmo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Historias Asombrosas 4


Reza la Ley de Sturgeon que el noventa por ciento de lo que se publica es basura, pero está claro que si uno le pone ganas y empeño es más que factible acercarse al 100% ideal.

No logran el pleno absoluto los responsables de Historias Asombrosas en esta cuarta entrega de su guadianesca revista, aparentemente alérgica a la periocidad constante y a la uniformidad de criterio en la selección de sus contenidos, pero no será por falta de empeño.

Para este especial HA Online se ha decidido prescindir de presentaciones superfluas (aunque no hubiera estado de más siquiera un escueto editorial que explicara qué significa eso de «especial HA Online», o que intentara justificar el retraso en su aparición... o de cualquier otro tipo), así como de información sobre los relatos o los autores (que sí venía apareciendo en los números anteriores) y de colofones reflexivos (cortesía de firmas como las de Alfonso Merelo o Domingo Santos en números previos).

Así, despojada de adornos, ausentes por completo los grandes nombres que nos han obsequiado con su imaginación desde sus páginas (por las que han pasado, entre otros, Javier Negrete, Elia Barceló, Rafael Marín, Víctor Conde, Santiago Eximeno, Pilar Pedraza o Laura Gallego, amén de noveles tan prometedores como Anabel Zaragozí), olvidados los requisitos mínimos de la corrección de estilo (ni un solo relato se salva de contener sonrojantes faltas de ortografía y errores de principiante en la puntuación de los diálogos), Historias Asombrosas 4 deviene en un deslucido escaparate para los autores que nos presenta, seguidores en su mayoría de ese nuevo credo que promueve el ahorro de páginas y fomenta el giro final sorpresa en los cuentos, tanto menos sorprendente por cuanto reiterativo (a propósito de esto escribió Sergio Mars una interesante entrada en su bitácora). Menos El ojo de mirada interior, módulo para la Llamada de Cthulhu historia larga de Pablo Bermejo, el resto de relatos contenidos en HA4 podrían calificarse de microrrelatos hipertrofiados.

En fin, yo lo siento por los autores, presentados de forma tan chapucera, y por los compradores, cuyos 3,50€ podrían haberse empleado de mil maneras más provechosas. Con esta decepcionante cuarta entrega termina mi suscripción a la revista, la cual no pienso renovar por ahora. Lástima de proyecto, nacido con una ambición y un empuje que se han ido diluyendo hasta quedarse prácticamente en nada con el tiempo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

The Solaris Book Of New Fantasy


Lo más granado del panorama fantástico y algunos (al menos para mí) ilustres desconocidos se dan cita en esta antología de la editorial Solaris para conformar un atractivo popurrí de subgéneros (heroica, surrealista, épica, weird...), aliñado por parte de George Mann con interesante información biográfica de cada uno de los autores. Había leído poca fantasía este año, concentrado principalmente en obras de ciencia-ficción y misterio, pero esta recopilación, pese a sus altibajos, me ha vuelto a abrir el apetito. Echemos un somero vistazo a su contenido:

Who Slays the Gyant, Wounds the Beast, de Mark Chadbourn: Abre la antología un relato de misterio ambientado en una Inglaterra alternativa, poblada de hadas y otros seres no menos fantásticos, escrita con atención a los personajes, lastrada tal vez por un ritmo demasiado rápido y una inmersión demasiado brusca en el mundo propuesto, pero no por ello menos disfrutable. Mezcla de Conan Doyle y Susanna Clarke, bien escrita.

Reins of Destiny, de Janny Wurts: Ligero tropezón en este relato de la prolífica (aunque desconocida en España... quizá para bien) escritora e ilustradora, buena amiga de Raymond E. Feist, con quien parece compartir el gusto por la sencillez narrativa (bien) pero no por la prosa clara (mal). Para no decir nada bueno, mejor no decir nada, así que corramos un tupido velo.

Tornado of Sparks, de James Maxey: Ah, los dragones... ¿Qué sería una antología de relatos fantásticos sin ellos? Maxey intenta apartarse de los estereotipos dotando a los suyos de consciencia y otras cualidades antropomórficas, pero incluso esto empieza ya a estar demasiado visto. Aunque se deja leer con agrado, su brevedad tampoco supone ninguna contrariedad.

Grander than the Sea, de T. A. Pratt: Una hechicera se propone resucitar a un dios marino con bastante mal genio en esta divertida pero intrascendente fantasía urbana con agradables diálogos humorísticos que allana el terreno para el peso pesado al que antecede:

The Prince of End Times, de Hal Duncan: Gracias a La Factoría de Ideas, Hal Duncan no necesita presentación en nuestro país, donde ya se han publicado Vellum y Tinta, dos novelas que conforman un arriesgado golpe de timón para alejarse de los caminos más trillados de la fantasía. Pese a la elevada calidad literaria de su obra, sin embargo, Duncan corre peligro de encasillarse como autor de culto y volar por debajo del radar del lector medio habitual del género. Cuentos como este The Prince of End Times (poético, onírico, exigente con el lector) no hacen sino reafirmarme en la opinión de que eso sería una auténtica lástima.

King Tales, de Jeff VanderMeer: Injustamente ignorado en España, donde su Veniss Soterrada parece no haber gozado de las ventas necesarias para justificar la publicación de más muestras de su (muy prolífica) obra, VanderMeer nos regala en esta ocasión un tríptico de fábulas con sus raíces bien enterradas en la tradición oral del género. De notable muy alto.

In Between Dreams, de Christopher Barzak: Mientras leía esta historia no pude evitar acordarme de la novela de Steve Erickson, The Sea Came In At Midnight, ya reseñada en esta bitácora: un paciente moribundo, una joven que lo atiende en el anonimato y un onírico cordón umbilical que los une; el vocabulario evocador, el aire de irrealidad que lo impregna todo... El enternecedor cuento de Barzak brilla con luz propia, no obstante. Una de las pequeñas joyas de esta antología.

And Such Small Deer, de Chris Roberson: Repaso a la figura de Van Helsing, ambientado en un sugerente entorno exótico y con (medio previsible) sorpresa final incluida en forma de la identidad del «villano» de la historia.

The Wizard's Coming, de Juliet E. McKenna: Cómo me ha recordado esta mujer a una de mis escritoras favoritas, Robin Hobb. La única pega es que su relato se entiende poco y mal aislado de la serie de novelas de Einarinn sobre la que se cimienta, lo que dificulta considerablemente la inmersión del lector en esta, por lo demás, trepidante historia de espada y brujería con grandes dosis de acción. Sugerente tarjeta de presentación de una autora de la nunca había leído nada, pese a no ser ni mucho menos una recién llegada al género.

Shell Game, de Mike Resnick: Un detective arquetípico inmerso en un entorno y rodeado de unos personajes secundarios atípicos es el protagonista de esta divertida historia trufada de diálogos ingeniosos, muy divertida. Siempre es un placer leer algo de Resnick, y este cuento, pese a su espíritu de mero divertimento, no es ninguna excepción.

The Song Her Heart Sang, de Steven Savile: Prepubescente historia de amor medio romántico, medio carnal, y la búsqueda en la que se embarca el protagonista por conquistar el corazón de su amada. Final mil veces ya visto para un relato cuyas primeras páginas presagiaban algo bastante más interesante.

A Man Falls, de Jay Lake: Una sociedad subterránea y su rivalidad con otra cuyos dominios son el día y el aire, un chico desobediente y unas misteriosas monturas similares a aves gigantes... un final precipitado y confuso que lo echa todo a perder.

O Caritas, de Conrad Williams: En un Londres postapocalíptico, los privilegiados viven refugiados en las plantas más altas de los edificios mientras el resto de los habitantes de la ciudad sobrevive como puede entre los escombros del pasado. La pretendida tensión inicial pronto se desinfla en cuanto el lector va pasando las páginas y comprende que, pese al esfuerzo del autor por dotar de carácter al escenario, al final desatiende imperdonablemente la necesidad de hilvanar una trama coherente.

Lt. Privet's Love Song, de Scott Thomas: Comienza a vislumbrarse la guinda del pastel de esta colección de relatos con una divertida historia a lo Piratas del Caribe donde no faltan ni los enredos románticos ni los barcos fantasma. Escrita sin aspavientos, con las ideas muy claras y la inspiración necesaria para llevar al lector de la mano hasta su satisfactorio final. Para mi gusto, digno segundo favorito detrás de:

Chinandega, de Lucius Shepard: Para mí, el mejor relato de toda la antología. Por atmósfera, por argumento, por temática, por la firmeza de la narración... no puedo precisarlo, pero la historia de Shepard (ambientada en una ciudad fantasma donde el realismo mágico es el pan nuestro de cada día, poblada de personajes tan enigmáticos como seductores y siniestros) encaja por completo con lo que me gusta leer como seguidor de la fantasía y el terror. Matrícula de honor, por mi parte.

Quashie Trapp Blacklight, de Steve Erickson: Bañeras voladoras, animales parlantes, mimbres surrealistas para tejer un tapiz hilarante, digno del Pratchett más pasado de rosca. Nada que ver con la serie que lo ha encumbrado a la fama y le ha abierto las puertas del corazón de todos los aficionados a la fantasía épica más desorbitada, pero no por ello menos recomendable. Divertidísima muestra de la versatilidad de este gran escritor.

Tras el buen sabor de boca dejado por sus antologías de ciencia-ficción, me apetecía ver qué cuentos reunía el veterano George Mann en esta antología de corte fantástico, en el sentido más amplio de la palabra. Como se desprende de mis comentarios, el resultado final no decepciona, pero tampoco deslumbra.

Una reflexión al aire: se diría que la extensión corta se les está quedando ídem a los abanderados de la fantasía contemporáneos, que parecen tener muchos más problemas que sus equivalentes de la ci-fi y el terror a la hora de crear historias capaces de cautivar al lector y sostenerse por sí solas, sin el armazón de las 600 o más páginas, o de los X volúmenes.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las tildes sobre las íes


Cualquiera diría que apellidarse García es fácil, ¿verdad? Quiero decir, ¿cuántos García debe de haber en España? ¿En Sudamérica? ¿En el mundo? Seguramente menos, pero que muchos menos de lo que nos imaginamos.

La cuestión es que yo pensaba que había traído otro García al mundo (mi mujer, más bien), pero el caso es que después de los dolores del parto comenzaron otros igualmente interminables y bastante más irritantes: los de la burocracia alemana. Cualquiera que sea padre sabrá la de vueltas que le dan uno y su pareja a la cabeza hasta encontrar un nombre que les guste a los dos. Tras conseguirlo y salir medio indemnes, para nosotros comenzó la segunda fase: decidir si apellidábamos a nuestro hijo según la legislación alemana (un solo apellido, por lo general el del padre), o la española (dos apellidos, el primero del padre y de la madre). Nos decantamos por esta segunda opción, cruzando los dedos para que no se nos atragantara la proverbial cuadratura de la cabeza germana, tan magnificada en los entes que se dicen trabajadores del funcionariado alemán.

Para nuestra sorpresa y alivio, nadie nos puso la menor pega: el niño podía llevar tanto mi primer apellido como el de su madre, faltaría más. A ver, usted, Herr García, documento de identidad y terminamos. Sí, cómo no, ahí tiene mi pasaporte. Wunderbar, pues nada, que tengan ustedes buen día. Y usted que lo disfrute.

Hasta que tras unas cuarenta y ocho horas aproximadas de incubación, saltó la fiebre del virus administrativo en forma de llamada telefónica, ejecutada por una amable señorita que nada más quería informarme de que mi hijo al final no iba a constar como García en su fe de nacimiento, no qué va, sino como ¡tachán! Garcia. Sí, eso, sin tilde. ¿Pero por qué? Pues porque ése es el apellido que consta en su pasaporte, GARCIA. Ah, bueno, pero eso es porque... Que nos da igual, llamaba nada más que para avisar, eso es todo. Vale, pero es que yo no me llamo Garcia, sino García... ¿Tiene algún documento de identificación que lo atestigüe? No voy a tener, pues claro, a ver el DNI... erm, no, nada... el carné de conducir... jopelines, pues tampoco, en todas partes aparece García en mayúsculas y sin tilde que valga. Na gut, pues ya sabe, con Garcia se queda su Kind.

Esa fatídica llamada de teléfono fue la primera en una serie de ellas que, como tambaleantes fichas de dominó, empezaron a repicar lúgubremente a lo largo de varios días entre nuestra residencia y diversas entidades gubernamentales a ambos lados de Francia. Al final se me dio una última opción para salvar la integridad ortográfica del apellido de mi hijo: presentar mi certificado de nacimiento y demostrar que en él consto como García y no como Garcia. Tampoco era ése el caso, pero el más que amable juez de paz del ayuntamiento de Sodupe, en la Vizcaya que me vio nacer, con quien tuve el gusto de hablar por teléfono cuando aquí ya se habían lavado las manos hasta en el consulado español de Stuttgart, accedió a redactarme un nuevo certificado de nacimiento, con una tilde bien grandota encima de la I.

A los alemanes no les gustó: parece que se le ha ido la mano y la tilde lo mismo podría valer para la I que para la A. Queremos otro, todo en mayúsculas y mecanografiado para que no haya dudas. Llegados a este punto empezaron a crecerse demasiado e incluso dejaron caer como que querían que me sacara un nuevo pasaporte, con tilde cómo no, pero ahí ya tuve que ponerme un poco borde y apelar a su sentido común, bitte. En fin, gracias nuevamente al heroico y sufrido juez de paz de Sodupe (al que espero poder estrechar la mano y dar un abrazo personalmente algún día), unos días después llegó mi certificado de nacimiento (GARCÍA) y hasta ahora. Dentro de una semana será el tercer cumplemés de mi hijo, y todavía estamos esperando a que llegue su certificado de nacimiento correctamente redactado. Pero llegará tarde o temprano, en ese sentido estoy tranquilo.

Gracias a esta pequeña odisea onomástica personal he tenido tiempo de reflexionar e investigar por qué demonios no se tildan los nombres y apellidos en los documentos de identidad españoles (aparte de para procurarnos innecesarios quebraderos de cabeza en el extranjero). Ninguna de las excusas es ni por asomo válida en estos tiempos tan modernos de un ordenador en cada pupitre y reformas educativas punto cero. Incluso está empezando a cambiar la situación y algunas comunidades autónomas quieren proporcionar ya el DNI con todas sus tildes. Pero sinceramente, lectores, un minuto de vuestro tiempo: abrid la cartera y echadle un vistazo al carné. ¿Veis la tilde que le correspondería a García? ¿A López? ¿A Fernández? ¿A Solís?

Alguna vez espero que el ministro o ministra de cultura o culturo de turno o turna le dedique también siquiera un minuto de su tiempo a esta minucia tan sin importancia, tan chascarrillosa ella, oye. Mientras tanto, me pregunto cuántos García hay en Alemania y la respuesta es... no sé. ¿+/- 1?

viernes, 4 de diciembre de 2009

2012

Hay ocasiones en que realmente merece la pena ir al cine, aunque la peli sea una mierda caca. Ir a ver 2012, por ejemplo, me ha servido para orearme, que ya empezaban a acumulárseme los días de encuevamiento, y para ampliar conocimientos: resulta que el Emmerich nació donde vivo yo  y se crió donde trabaja mi mujer. CPI en toda regla, como tiene que ser.

Luego me ha gustado especialmente comprobar que en el bar tenían palomitas saladas y no sólo dulces, como en la mayoría de cines de los alrededores, y descubrir que la combinación de día del espectador + colega con tarjeta de habitual te deja el precio de la entrada a unos nada despreciables 4,50 €, la mitad de lo que suele costar la broma de ver una peli en pantalla grande por otros lares... y 30 céntimos menos de lo que he pagado por el billete de ida y vuelta en tren a la Stadt, veinte minutos de trayecto; luego se quejan de que la gente coge el coche para ir a cualquier lado.


«Pues no que parece que se pone a chispear...»


Aparte de eso, mientras John Cusack buceaba entre los engranajes de su futurista arca de Noé, no pude parar de preguntarme dónde había visto yo al muchacho en una tesitura parecida, dónde... y ahora creo que por fin he caído: en 1408, centrifugándose en su habitación encantada. Este hombre está aficionándose a los remojones casi tanto como a las películas de título numérico.

Y... y creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir sobre 2012, yo creo.

Sip, ya está.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Zombieland


Con las ganas que tenía de que me gustara esta película, y lo fácil que me lo ponía: zombis y Woody Harrelson, ¿qué podía salir mal? La lista sería demasiado larga, así que lo condensaré en pocas palabras: Es una película de terror que no da miedo / es una comedia que no hace gracia. A mí, por lo menos.

Pero lo que más me repele de Zombieland es que viene a ser la gota que colma el vaso de las «zombi-parodias» (o -paridas), lleno a rebosar de un tiempo a esta parte. Novelas como Pride and Prejudice and Zombies o Zombis rubias vienen a sumarse a filmes como Zombie Strippers o Black Sheep para ponerles la zancadilla a obras realmente dignas, tanto en lo terrorífico como en lo cómico, como Fido, Dead Set o Last of the Living, por citar tan sólo unos pocos ejemplos de lo que puede conseguirse realmente si se toman en serio ambos ingredientes.

Lo que nos encontramos en Zombieland es la clásica «comedia» disparatada en la que nadie se toma la molestia de intentar conferirle un mínimo de interés al asunto: ni los guionistas (que saben que la taquilla la van a romper hagan lo que hagan), ni los actores (que saben que están participando en una idiotez alimenticia sin mayor trascendencia), ni mucho menos los críticos (que al parecer  están poniendo el film por las nubes, claro indicio de que ni siquiera están molestándose en verla antes de opinar); un ya tristemente habitual engendro endogámico de Hollywood por y para Hollywood, con cameo de estrella incluido (Bill Murray en esta ocasión... dos minutos dura el oasis de su aparición en este inhóspito desierto de película). Especialmente triste es el papelón del joven Jesse Eisenberg, encorsetado en su vergonzante por lo obvio intento de moverse y hablar como Michael Cera.



Habrá quien alegue que se trata de un divertimento sin mayor ambición, una película palomitera para verla y con los amigos y comentarla, o en solitario y olvidarla, pero no sé, sigue dándome rabia que se aprovechen de mis queridos zombis para perpetrar chorradas como ésta.

Aires más cálidos


Hacía tiempo que se mascaba la tragedia: un ordenador de más de cinco años, un usuario relativamente hardcore, pegado a la pantalla prácticamente 24/7, un sistema operativo acoquinado ante el constante vapuleo de los programas modernos, cada vez más exigentes (igual que su dueño, para qué negarlo)... Mi ordenador, viejo compañero de fatigas, empezaba a dar muestras de ídem, y por fin ocurrió lo que más temía: hace tres días tiró la toalla, se colgó para no volver a descolgarse más, y me dejó enfrentado a la pregunta del millón: ¿Formateo por tercera vez en un año o me las dejo largas?

También hacía tiempo que me rondaban la cabeza pensamientos impuros, la tentación de la infidelidad comenzaba a ser irresistible... quería un Mac. Pero antes tenía que ahorrar, las amantes de lujo no quieren saber nada de clientes desheredados, y a la hucha con forma de cerdito le rugían las tripas. Así pues, si el salto a Mac debía esperar, ¿qué hacer? ¿Formatear? ¿Por tercera vez en un año? ¿En serio?

Ubuntu is an African word meaning 'Humanity to others', or 'I am what I am because of who we all are'. The Ubuntu distribution brings the spirit of Ubuntu to the software world. 

No, aún tenía una opción, los rumores sonaban cada vez con más fuerza: Existe una alternativa, gratuita, y se llama Linux. El simpático pingüino, con tantos detractores como apasionados forofos, nunca había terminado de seducirme porque, reconozcámoslo, uno trabaja con el ordenador pero tampoco daría para protagonizar una serie a lo The IT Crowd. El caso es algún SO tenía que meterle al ordenador, así que hice de tripas corazón y de perdidos, al río: Favor que me hizo mi cuñado de grabarme la nueva versión de Ubuntu, CD de instalación al canto... y voilá. Se hizo la luz.

No voy a enumerar las virtudes de Linux porque ya digo que sólo hace un par de días que lo utilizo, lo más probable es que tanto sus más acérrimos defensores como sus enemigos declarados tengan parte de razón, pero sí puedo afirmar una cosa: A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a usar Windows.

También es verdad que seguiré ahorrando para el Mac.

sábado, 24 de octubre de 2009

Paranormal Activity, de Oren Peli

¿Cuánto tiempo hacía que no me asustaba viendo una película? La pregunta es retórica pero no capciosa: como aficionado al terror, me he preguntado varias veces en qué momento saltó en mi cabeza ese fusible que me insensibilizó a los sustos y me dejó con la capacidad de disfrutar de una buena "peli de miedo", sí, pero también privado de la ingenuidad necesaria para creerme que podían existir monstruos peores que el ser humano. De las placenteras pesadillas con cara de Boris Karloff caracterizado de Frankenstein o con el dedo de un Donald Sutherland boquiabierto apuntándome delator, pasa uno a entretenerse con las acrobacias oníricas de Freddy Krueger, o a reírse incluso con algunas de las nuevas y descafeinadas versiones de los mitos del vampiro y el hombre-lobo. Tan sólo un subgénero ha mantenida viva en mí todo este tiempo la capacidad de pasar miedo de verdad: el de las casas encantadas. Por eso tengo en un pedestal libros como House Of Leaves... y por eso he disfrutado tanto con Paranormal Activity.


Gestada a modo de exorcismo personal hace un par de años por su director, Oren Peli, quien al parecer comparte conmigo el repelús por los fantasmas, Paranormal Activity desembarca en Europa vía la segunda etapa del Fantasy Film Festival alemán, sobre cuya primera ronda escribí ya en esta entrada. La cinta viene publicitada a bombo y platillo como la nueva The Blair Witch Project, tan sólo por estar hecha con cuatro duros y haberse dado a conocer al gran público gracias al boca a boca. Ahí, por suerte, terminan los parecidos.





Paranormal Activity parte de una base simple pero que requiere cierta complicidad por parte del espectador: tenemos una pareja, formada por Katie y Micah, y tenemos unos hechos misteriosos que ocurren en su casa, supuestamente debidos a que Katie experimenta una suerte de acoso por parte de una entidad sobrenatural desde que se incendió el hogar de sus padres cuando ella era pequeña. Su eterno prometido, el mencionado Micah, se propone ayudarla grabando y analizando los sucesos que tienen lugar bajo su techo. Lógicamente escéptico y jocoso al principio, con cada minuto de metraje Micah irá poniéndose cada vez más nervioso y convenciéndose cada vez más de que lo que sufre Katie no son simples alucinaciones ni es cosa de broma.


Hay que hacer hincapié en la elección de los actores (ni modelos ni famosos, el chico y la chica de la casa de al lado, como quien dice) y en su fenomenal actuación, sobria y convincente, sobre todo en el caso de Katie. Menos mal que Oren no sucumbió a los cantos de sirena de Steven Spielberg (otro enamorado de la película, e inspirador de uno de los varios finales alternativos de ésta) y renunció a convertir su modesto proyecto en la típica superproducción made in Hollywood.


Los personajes secundarios son muy pocos, y su presencia en pantalla igualmente discreta: primero un médium y después un demonólogo, cuyas respectivas apariciones tan sólo contribuyen a generar más tensión en la pareja: El primero por advertirles de los peligros de buscar contacto activo con la entidad que acosa a Katie, y el segundo por salir literalmente corriendo despavorido de la casa a los pocos segundos de poner el pie en ella. También hay otra chica, que se deja caer de visita de vez en cuando para enhebrar abalorios con Katie y distraer un poco a su amiga, pero su papel no pasa de lo meramente testimonial... al menos hasta los últimos minutos de la cinta. Pero no quiero que se me escape ningún spoiler.


Desde la íntima y exquisita factura (¿una peli tan, tan, tan indie que no la quisieron ni en Sundance?) al final arrollador (o finales, esta versión del director sí habrá que pillársela), pasando por los inevitables pero lógicos homenajes a Poltergeist y El exorcista, merece la pena ir al cine a ver Paranormal Activity, aunque seguramente la mejor manera de disfrutarla sea a solas y a oscuras en casa, dispuesto a absorber las trágicas vivencias de Micah y Katie como se merecen, con la ingenuidad de los ojos del niño que ve su primera peli de miedo.

viernes, 23 de octubre de 2009

Pasos de gigante



No he sido nunca un gran aficionado al jazz. Puedo pasarme el día entero hablando de todo tipo de estilos musicales, pero cuando se trata de jazz me suelo morder la lengua para no caer de cabeza en el pozo de mi ignorancia. Ahora, no obstante, mientras me quito los mullidos auriculares y pulso el botón de eyección del equipo de música para volver a guardar en su caja el compacto de John Coltrane, pienso que mis futuras conversaciones sobre jazz se verán beneficiadas por la repetida escucha de los cuatro minutos con cuarenta y seis segundos que dura la divina melodía de Giant Steps, el primer corte del álbum del mismo título de este excepcional saxofonista. 

—Pasos de gigante —musito bobamente con una sonrisa beatífica, en paz conmigo mismo por primera vez en toda la noche, desde que me asaltara el insomnio que ha dado con mis huesos en el elástico sillón de cuero del que ahora me levanto con el fantasma de las poderosas últimas notas musicales resonando aún en mis oídos. Qué apropiado, concluyo ya para mis adentros. Tampoco hace falta alborotar al vecindario con mis manías nocherniegas. 

Las manillas del carillón marcan con instinto delator las cuatro menos doce minutos de la madrugada. Me froto el sueño acumulado en los párpados con un puño mientras con la otra mano apago la lamparilla que ha alumbrado mi primer contacto con el señor Coltrane y me fijo en la boca igualmente bostezante que forma el vano de la puerta para orientarme en la penumbra. No son horas de andar encendiendo todas las luces de la casa. 

Apenas si he hecho ademán de despegar un pie del suelo, no obstante, cuando me bloquea el paso la invisible barrera de un crujir de tablas, el desganado rechinar de dientes que podría ensayar un imaginario y gigantesco gólem de madera. 

La concatenación de reacciones que provoca el sonido en mi organismo parece no tener fin: tensión muscular, desde la cúspide de las cervicales a los tendones de los tobillos; dilatación de la pupila, hiperventilación agravada por una inmediata sensación de sequedad en la boca, un conato de flatulencia contenido con el involuntario agarrotamiento de los músculos abdominales... Sin embargo, los síntomas de ansiedad remiten con la misma celeridad con que se han presentado y me dejan una sonrisita sedimentada en los labios. 

Seguro que no es más que el niño, que se habrá dado la vuelta en la cama; no hay nada como una vivienda arropada en el silencio de la noche para magnificar hasta el menor de los ruidos. Reconfortado por la idea, divertido por tan impropia rendición al pánico, me propongo investigar. 

Al trasponer el umbral del salón miro a la derecha y compruebo que la puerta principal está cerrada. Frente a mí, el breve tramo de escaleras que conduce a la segunda planta del ático se dobla sobre sí mismo en un rellano que me encara con el pasillo de los dormitorios. Daredevil me observa con ojos ciegos, plantado de escorzo en la testuz de una gárgola de cartón piedra, desde el póster que copa la puerta entreabierta de la primera habitación; me asomo a ella para ver, satisfecho, que el pequeño continúa durmiendo plácidamente con la dorada cabeza rizosa apoyada en su almohada estampada de barquitos de vela. Así pues, no da la impresión de haber sido él el causante del murmullo de tablas. 

Me pregunto si no habrá alguien más en la casa, y también desde cuándo seré tan miedica. Son las cosas que oye uno a todas horas en los noticiarios, que nos predisponen a ponernos siempre en la peor de las situaciones. 

Doy los cinco pasos escasos que me separan de la siguiente puerta, asimismo entreabierta, recriminándome mudamente mi exceso de imaginación. 

En el dormitorio principal todo parece estar igual que lo dejé: los pantalones doblados sobre el respaldo de una adusta silla, la camisa blanca y la corbata a rayas listas para ir a la oficina. La hilera de zapatos de tacón bajo, como discretos vehículos aparcados en batería siguiendo la línea del rodapié. En la cama, las sábanas y el colchón han rebasado su nivel de saturación y la sangre ha comenzado a gotear en el piso, componiendo una sintonía de plics, plics que, comprendo aliviado, es sin duda el ruido que me alertara apenas unos minutos antes. 

El cuerpo decapitado de la mujer yace enredado en la ropa de cama a consecuencia de los segundos de pataleo que le costó morir asfixiada bajo mi mano enguantada. Su cabellera leonada le cubre el rostro un metro más a la derecha, en el pequeño tocador donde dejé la cabeza. El hombre duerme aún su sueño inducido por el cloroformo con que lo obsequié antes de dedicarle toda mi atención a su esposa. De qué magnitud será la jaqueca que le dé los buenos días mañana cuando por fin despierte, no me lo quiero ni imaginar. 

Nada que temer, pues. La rama masculina de la familia continúa soñando y el único componente femenino sigue muerto, exangüe y decapitado. El rechinar de dientes de gólem ha resultado no ser más que una simple fuga de sangre de la que sólo tiene la culpa un colchón demasiado fino. Sacudo la cabeza mientras me paso la lengua por los colmillos acanalados y me río para mis adentros, acusándome de asustadizo (¡Valiente vampiro psicópata estás hecho!, me recrimino), mientras desando mis pasos por la escalera y busco la puerta principal que forzara aproximadamente un par de horas antes. 

Ya en la calle y sin nadie más a la vista bajo la macilenta luz de las farolas, me permito marcar el paso tarareando a media voz Giant Steps, la divina melodía que generara una vez el talento de John Coltrane, excepcional saxofonista.

sábado, 17 de octubre de 2009

Frankenstein, de Dean Koontz


El veterano escritor parece seguir empeñado en ponérnoslo cada vez más cuesta arriba a quienes intentamos seguir comprando y leyendo sus libros sin que se nos caiga la cara de vergüenza, impulsados cada vez más por una suerte de fascinación morbosa y menos por el genuino interés de seguir una carrera literaria que no empezó tan mal. Poco queda ya del autor de obras más que dignas como Fantasmas, Los servidores del crepúsculo, El lugar maldito o Velocidad.


Personalmente, creo que hay un antes y un después de Falsa memoria, primera novela en la que Dean Koontz decide dar rienda suelta a un estilocon el que venía experimentando al menos desde Nocturno, quizá la última obra real del "antiguo" Koontz. La obsesión con los haikus del villano de Falsa memoria le sirve de pretexto al autor para ensayar lo que es ya una constante en todas sus novelas: la concisión de su prosa hasta niveles minimalistas, con escuetos párrafos de no más de dos puntos y seguido, unida a un fuerte trasfondo paródico del género que roza en no pocas ocasiones lo directamente esperpéntico, y a una división ultramaniquea de sus personajes y de la sociedad que les sirve de telón de fondo en "buenos" y "malos" sin la menor cabida para los tonos de gris.


Quizá en una futura biografía se nos explique alguna vez qué era lo que pasaba exactamente por la cabeza de Koontz cuando decidió que sería buena idea meterle mano a la emblemática creación de Mary Shelley, sometiéndose así motu proprio a una prueba de fuego de la que sólo podría salir chamuscado, cuando no directamente incinerado. Según la génesis de "su" Frankenstein que se nos revela en el prefacio de Prodigal Son, primer volumen de la trilogía, todo empezó con el guión del piloto de una serie de televisión del mismo título, a retransmitir por USA Network. Ilusionado por lo que había leído en ese guión, ni más ni menos que Martin Scorsese se animó a embarcarse en el proyecto en calidad de productor ejecutivo. Elegido el elenco de actores (con Thomas Kretschmann y Vincent Perez en los papeles de Víctor Frankenstein y su criatura, respectivamente) y comenzado el rodaje, tanto la cadena como el joven director al timón del piloto decidieron realizar "algunos cambios". Quizá dolido en su orgullo, quizá empujado sencillamente por las diferencias creativas, Dean Koontz se desentendió del proyecto, seguido de Scorsese (o "Marty", como prefiere referirse a él Koontz). El piloto sólo llegó a estrenarse en uno de esos pases privados que tanto se estilan en los EE.UU., y debió de recibir tal somanta de abucheos que nunca más se volvió a saber de él. Hasta que Koontz, ya por libre, decidió dar carpetazo a sus sueños de celuloide y plasmar sus ideas sobre el papel corriente y moliente.


Hasta aquí por qué existe un "Frankenstein de Dean Koontz". Toquemos ahora de pasada por qué no existe un "Frankenstein de Dean Koontz, Kevin J. Anderson y Ed Gorman".


Tras la publicación de City Of Night, segunda parte de la trilogía, y durante el largo periodo de sequía que precedió a la salida de Dead And Alive, tercer y último capítulo de la serie, Koontz encontró tiempo para realizar alguna entrevista en la que se reconocía insatisfecho con sus novelas escritas a cuatro manos (lo que queda por explicar es por qué tuvo que recurrir a colaborador alguno, para empezar), de ahí que estuviera encargándose de escribir Dead And Alive él solito, lo que supuestamente habría de explicar la tardanza en rematar la novela. Estas excusas podrían haber convencido a alguien si Koontz no estuviera sacando una novela tras otra entremedias, sólo que no de Frankenstein, sino de Odd Thomas, su nuevo personaje estrella, éxito de ventas y críticas, y niño mimado con el que el autor parece sentirse a gusto por fin después de muchos años de buscar el oro de la inspiración en yacimientos poco

o nada productivos.


Con la puesta a la venta del tercer volumen de Frankenstein, las reediciones de Prodigal Son y City Of Night han experimentado el curioso efecto de ver los nombres de sus co-creadores (Kevin J. Anderson y Ed Gorman, respectivamente, conocido el primero por meter la cuchara en numerosas continuaciones de la saga de Dune, veterano escritor de novela negra el segundo) expurgados de sus respectivas nuevas cubiertas, en lo que muchos lectores creen ver una soberana muestra de megalomanía e ingratitud por parte de Dean Koontz. Yo de lo único que estoy seguro es de que esta concesión al egotismo no le habrá salido nada barata.


Una vez cubiertas a grandes rasgos las fuentes de la trilogía, toca hacer un somero repaso a lo que le ofrecen al lector sus tres tomos, argumentalmente hablando: Toda la trama del Frankenstein de Dean Koontz se basa en la premisa de que los hechos narrados por Mary Shelley en su clásico inmortal no son ficticios, sino muy reales: Víctor Frankenstein existió y ha sobrevivido hasta nuestros días, al igual que su "monstruo", fallido prototipo de una Nueva Raza que el buen doctor ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos, empezando por el lógico añadido de incluir en su programación genética una cadena de código que les impide rebelarse contra su creador. El genio científico de Víctor le ha permitido modificarse a sí mismo para ser más fuerte, rápido y guapo que nadie, además de prácticamente inmortal, pues su cuerpo se abastece de corriente eléctrica y apenas si acusa los estragos del tiempo. La única pega es que su ego tampoco ha dejado de crecer con los años, al igual que su moral no ha dejado de deteriorarse, hasta tal punto que el Víctor Frankenstein moderno encaja en el arquetipo de científico loco hasta extremos caricaturescos: sádico con sus creaciones, xenófobo, déspota, tirano, amigo íntimo de Hitler, Stalin, Mao y todos los dictadores habidos y por haber, al servicio de cuyas aciagas intenciones pone todos sus recursos e inventiva para financiar el ambicioso proyecto de esa Nueva Raza con la que pretende reconquistar la Tierra, la galaxia y el universo hasta sus últimos confines.


Su primera creación también campa por nuestro mundo, más concretamente por el Tíbet, con cuyos monjes ha encontrado por fin después de tanto tiempo la paz y la serenidad que sus muchas vivencias como deforme proscrito y atracción de feria le han procurado a lo largo de su longeva existencia. Deucalión (pues éste es el nombre que la criatura ha decidido adoptar para sí, el hijo de Prometeo, del mismo modo que su creador ahora prefiere hacerse llamar Helios; no hace falta que abunde en las poco sutiles referencias mitológicas de sus modernos apelativos) es ahora un ser atormentado por los pecados de su padre, por así decirlo, una criatura profundamente espiritual y poderosa que ha optado por ofrecerle al mundo la otra mejilla y consagrarse al Bien, con mayúscula, en cuerpo y alma. Quizá algo contradictoriamente, viniendo de semejante ultrapacifista y bienhechor, Deucalión opina que no podría hacerle mayor bien al mundo que borrando de su faz la presencia de Víctor Helios Frankenstein, al que considera poco menos que Satanás encarnado. Con estas intenciones abandonará las idílicas cumbres tibetanas en favor de las algo más animadas calles de Nueva Orleans, donde reside ahora su creador y némesis definitiva. Presentados ya los personajes principales y el escenario de la historia, sólo queda salpimentarla de secundarios y subtramas para estirar al máximo un chicle que, a priori, tampoco se presenta tan insípido como resultará serlo al final.


La verdad es que las dos primeras partes del Frankenstein de Dean Koontz se dejan leer como refrito policíaco-neogótico totalmente alejado del romanticismo y el alegorismo del original: hay acción, hay diálogos ingeniosos, el gore y el sexo se dosifican diría incluso que con cierta elegancia elidida, el escenario resulta satisfactoriamente adecuado para lo que se nos está contando... pero de todo termina cansándose uno, y está claro que Koontz se aburrió enseguida de su experimento: ni le apetecía escribir las dos primeras partes

al alimón, ni la tercera parte en solitario, ni nada de nada. Estoy convencido de que fue únicamente la presión de su editorial, más que el clamor de los fans que aguardaban un desenlace bien atado como agua de mayo, lo que consiguió arrancarlo de su abulia el tiempo justo para pergeñar una conclusión de su trilogía a todas luces sacada del horno antes de tiempo. Por cierto, que Bantam anuncia que Dean Koontz ha firmado por tres novelas más de su Frankenstein, maniobra harto inexplicable en vista de que la mayoría de sus fans se han tomado la culminación de esta primera trilogía como un insulto personal en toda regla, no diré que enteramente sin razón.


Mientras tanto, el conocido guionista Chuck Dixon se ha encargado de trasladar Prodigal Son al cómic, en una miniserie de seis números para Dabel Bros. Quién sabe, a lo mejor algún día alguien decide desempolvar ese piloto para la televisión y darle otra oportunidad...







martes, 13 de octubre de 2009

City Of Fire, de Robert Ellis


Suelo engancharme tarde al tren de las series de novelas de misterio protagonizadas por personajes con nombre propio (me pasó con el cachazudo inspector Rebus, de Ian Rankin; con el macarra ex marine Jack Reacher, de Lee Child; con Dirk Pitt, con Jack Ryan, con... con todos, vamos), así que cuando me llamó la atención esta novela del para mí desconocido Robert Ellis y descubrí que era la primera de una serie a protagonizar por la detective Lena Gamble, supe que ésta era mi oportunidad de montar a tiempo en el tren.

Lo que no sabía era si el viaje merecería la pena, pero bastaron las primeras páginas del libro para tranquilizarme: asesinato brutal, escena del crimen analizada a conciencia, falso sospechoso interrogado y despachado rápidamente para dar paso al comienzo de la verdadera cacería, y todo ello enmarcado en el seductor escenario de Los Ángeles (que Ellis logra describir de forma más que convincente) y aderezado con unos diálogos ingeniosos sin caer en la autoparodia ni rozar el ridículo, algo de lo que cada menos autores contemporáneos pueden presumir.

La historia comienza sin darnos tiempo a coger aliento cuando un tipo llega a casa para encontrarse con su mujer destripada en la cama. El departamento de policía de L.A. le asigna el caso a la recién ascendida detective Gamble, apadrinada por el veterano a punto de jubilarse Hank Novak. Que el viudo fuera el responsable sería demasiado fácil, así que una vez despejada esa incógnita comienza la verdadera investigación, y la ciudad no tarda en ponerle nombre a su nuevo asesino en serie favorito: "Romeo."

He could smell her vagina. He was trying to concentrate on his work, but he could smell it. He was sure he could. The odor was hidden in the recesses of her perfume. Lost but not forgotten in the attempt by the perfume designer to replicate the scent of lavender flowers hovering over a garden and wafting through crisp morning air to the end of his nose.
Martin Fellows liked the smell of lavender.

La identidad del psicópata no es un misterio para el lector en ningún momento, pero Ellis se toma la molestia de profundizar en su retorcida psique y hacernos partícipes de sus enfermizos deseos, vacunándonos así más que eficazmente contra el tedio. Por si eso fuera poco, en cortés deferencia a la estrella de la novela, el autor se toma su tiempo dejándonos atisbar el pasado de la detective Gamble, sobre todo las partes relacionadas con su difunto hermano y con las causas de su temprana muerte, integrándolo todo por si fuera poco en la trama de Romeo con una serie de requiebros que le auguran un prometedor futuro en el género. O dicho de otra manera: el final no decepciona en absoluto.

Al parece está previsto que Lena Gamble protagonice por lo menos otras dos novelas, la primera de las cuales, Lost Witness, ya debe de estar al caer. Y yo que lo lea.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Black Man / Thirteen, de Richard Morgan


Me gustaría comenzar esta reseña quitando rápidamente dos piedritas del camino: 1) Sí, la novela tiene dos títulos, el original y el gilipolíticamente correcto, impuesto por los adalides del eufemismo como absurdo estandarte de la pacífica coexistencia entre etnias, géneros y números. Uno denomina a la novela en los Estados Unidos y el otro lo hace en el resto del mundo: no cuesta adivinar cuál es cuál. Y 2) Sí, Richard Morgan sigue siendo una de las estrellas más fulgurantes del panorama de la ciencia-ficción anglosajona, el autor a seguir para quienes disfruten de las elucubraciones socio-políticas más crudas pero no quieran renunciar a su dosis de acción. Si -inexplicablemente- no te gustaron Carbono alterado (Minotauro, 2005) ni Leyes de mercado (Gigamesh, 2006), es probable que no te guste Black Man... y que debas replantearte tus gustos.

Pero tampoco se trata de lanzar ditirambos al aire sin ton ni son. Veamos qué nos ofrece Morgan en Black Man, y que cada cual juzgue si le interesa adentrarse en sus páginas.

Nos encontramos ante una trepidante novela que bebe de distintas fuentes propias del género para componer una equilibrada mezcla de techno-punk noir, sensual y sexual cuando lo requiere el guión, violenta y reflexiva a partes iguales. No en vano el título hace referencia a un tipo de subhumanos manipulados genéticamente para desempeñar aquellas tareas que al hombre metrosexual del presente de la novela le resulten ingratas (básicamente todas las relacionadas con la secreción de testosterona). El protagonista de Black Man, Carl Marsalis, es un antiguo soldado manipulado genéticamente, un Trece al servicio de la ONU que se dedica a cazar machos alfa descontrolados en un mundo que, tras decidir que es mejor resolver los conflictos por la vía del diálogo que por la de las armas, ya no tiene necesidad de ellos.

Con el excedente de Treces convenientemente exiliados en Marte, los gobiernos de esta Tierra futura se dedican a continuar con sus trapicheos habituales armados de falsas buenas palabras y aún más falsas sonrisas, pero el almohadón de plumas les estalla en la cara cuando comienzan a sucederse una serie de brutales asesinatos, empezando por los ocurridos en el transbordador espacial donde nos sitúan las primeras páginas de la novela, escenario de una situación a lo octavo pasajero hormonado que es toda una declaración de intenciones por parte de Morgan. Puesto que nada mejor que el fuego para combatir el fuego, Marsalis recibe el encargo de dar caza a este Trece renegado y comienza la caza, tanto del misterioso asesino como de la verdad sobre lo ocurrido realmente con los últimos soldados del mundo.

America split up over a vision of what strength is. Male power versus female negotiation. Force versus knowledge, dominance versus tolerance, simple versus complex. Faith and Flag and patriotic Song stacked up against the New Math, which, let's face it, no-one outside of quantum specialists really understand, Co-operation Theory and the New International Order. And, until Project Lawman came along, every factor on the table is pointing towards a future so feminised it's downright un-American.

La pega más fácil que se le puede poner a Black Man es que, si bien el análisis sociocultural está ahí, si bien las críticas a la hipocresía inherente al acto de gobernar están ahí, si bien el reflejo de siglos de desigualdad entre hombres y mujeres está ahí... lo que nos lleva a devorar una página tras otra, en última instancia, no es nada de eso, sino las explosiones, las persecuciones, los hombros dislocados y los ojos a la virulé. Se puede entender así la novela, no digo que no, como mera concatenación de frases lapidarias, peleas de saloon y ocasionales polvetes rápidos. Pero sería una pena darle la espalda al meditado escenario global diseñado por Morgan, a su preocupación por las consecuencias de la modificación genética, o a su abordaje sin tapujos, con la hoja del cuchillo bien apretada entre los dietes, de dilemas filosóficos y morales que estamos acostumbrados a ver tratados con guantes de terciopelo.

Recomendable Black Man, en definitiva, tanto para quienes ya cuenten a Richard Morgan entre sus autores favoritos, pues los rasgos característicos de su estilo se encuentran aquí condensados y aumentados, como para quienes deseen adentrarse en la obra de uno de los autores británicos contemporáneos que más tiene que decir y más está dando que hablar en el campo de la ficción especulativa.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Ego

He escrito poca, poquísima poesía a lo largo de mi vida, y de la poca escrita, afortunadamente, aún menos se ha publicado. Existe un poema, sin embargo, que me gusta aunque lleve mi firma y todo.

Se trata de A Ego (el planeta viviente), inspirado por una canción de Monster Magnet, inspirada a su vez en el personaje de Marvel. Sus estrofas llegaron a publicarse en el número 6 de Alfa Eridani, e incluso se leyeron de viva voz y vacilante dicción en un programa de radio online de cuyo nombre me gustaría acordarme.

Como para algo tienen que servir los blogs, ¿verdad?, pues como que me voy a permitir este pecadillo de Ego y nostalgia, ea.


A Ego (el planeta viviente)


En el escandaloso silencio del cosmos sin amor

ni consuelo realiza Ego su busca;

arden las supernovas en la noche,

estallan soles y mundos sin reposo.

¿Cuándo se hará realidad su añorado sueño

de encontrar una suculenta esfera de tierra?


Inasequible al desamparo del sueño,

indistinguible el día de la noche,

erradicados los sinónimos del amor.

Sin saber a qué aspira ni lo que busca,

simiente de destrucción en reposo

que sentencia a muerte a la Tierra.


Se diría concluida su busca;

se creería cumplido su sueño.

¿Hallará al fin el reposo

que escapa a los confines de la noche?

¡He ahí una nueva tierra

que proyecta su atmósfera con amor!


Verde agua, verde aire y verde tierra,

un sol dorado que vela en reposo

de su frígida luna el sueño.

Distingue, Ego, el hambre del amor;

Compara, registra, sondea y busca

el tuétano de magma en la noche.


Hágase realidad tu sueño

y comienza a desprender con amor

las capas de somnolencia y reposo

que adormecen la noche.

Medio mundo vela y busca

la salida de su trampa de tierra.


Amarillo sol, argéntea luna y verde Tierra,

¿cuándo se tornó pesadilla tu sueño?

¿Cuándo se truncó tu idílico reposo

en la cuna acolchada de la noche?

Ha tocado a su fin mi busca,

sabed que la guadaña se cierne con amor.


Así crujen las entrañas de la Tierra en la noche,

masticadas sin reposo por un desmesurado Ego

que sólo busca seguir su camino y perpetuar su sueño.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Leer gratis

Incluso a una bitácora tan joven y modesta como esta vuestra casa llegan rebotados muchos navegantes que buscan el título X para descargar, el título X gratis, el título X en PDF... Dicho "título X", la mayoría de las veces, no denomina ninguna obra descatalogada o difícil de encontrar en las tiendas por cualquier otro motivo, sino que el navegante explorador podría hacerse fácilmente con ella por la vía rápida: saliendo a la calle o sentándose frente al ordenador y entrando en su tienda física o virtual favorita. Ergo: pagando. Ergo: no mola.

La recomendación que sigue a continuación viene de alguien que todavía no tiene e-book que valga, pero que si lo tuviera sabría exactamente por dónde le gustaría empezar a devorar la memoria del cacharrito. (También viene de alguien que opina que esto ya debería ser más que archisabido por el grueso de la población lectora, pero a quien la experiencia le sugiere que si hasta el mueble más básico del catálogo de IKEA viene con su correspondiente manual de instrucciones, por algo será.)

En primer lugar, antes de entrar en harina y empezar a hablar de obras completas, me gustaría realizar una observación que quizá a muchos les resulte obvia: prácticamente todas las editoriales tienen su propia página web, y en prácticamente todas estas páginas web se pueden descargar unas páginas de avance (incluso varios capítulos, en algunos casos) de los títulos que componen su catálogo. Sin ánimo de intentar regalarle publicidad encubierta a nadie, baste decir que recomiendo visitar los portales oficiales de nuestras editoriales favoritas y echarles un vistazo a esas páginas o capítulos de avance; a más de uno le pueden evitar compras de ésas que consiguen que uno se arrepienta más tarde de haber aflojado la mosca.

Cuando uno acumula ya cierto número de lecturas a sus espaldas, es inevitable que desarrolle su propio criterio y cierta predilección por algunos autores en especial. También ahí estamos de suerte: muchos escritores gustan de tener su página web personal (o a muchos agentes literarios les gusta que sus escritores las tengan), donde en términos más o menos personales exhiben su obra y, en la inmensa mayoría de los casos, ponen parte o la totalidad de sus textos a disposición del navegante. Sin ánimo de elaborar una lista exhaustiva:

Paolo Bacigalupi: Descubrí a este joven autor gracias a su relato The People of Sand and Slag, incluido en la antología Wastelands: Stories of the Apocalypse, el cual me gustó lo suficiente para molestarme en buscar más cosas suyas. Entre ese momento y el presente, Bacigalupi ha sacado a la venta su primera incursión en las distancias largas, The Windup Girl. Ahora, curioso por catar su debut novelesco, sólo tengo que visitar la página de su editor, Nightshade Books, y descargarme el PDF de Windup Stories, el cual incluye dos historias ambientadas en el mundo de The Windup Girl. Lo cual recomiendo, por cierto; me da, y ojalá no me equivoque, que Bacigalupi dará que hablar entre la afición española en cuanto algún editor avispado se anime a desembarcarlo en nuestras costas.

Hablando de Nightshade Books, ya que estamos en su página, ¿por qué no descargarnos de forma legal y totalmente gratis Exhalation, la nueva joya en la corona de Ted Chiang, o un adelanto de Incandesce, lo último del genial Greg Egan? Y así con prácticamente todos los escritores que nos gusten o sobre los que nos gustaría saber algo más, más fácil imposible.

También podemos quedarnos dentro de nuestras fronteras, cómo no: dentro del género, uno de los escritores más prolíficos y dadivosos con su obra es Santiago Eximeno. No es sólo que puedan encontrarse relatos suyos en prácticamente todas las páginas webs dedicadas en mayor o menor medida a la literatura de género, sino que incluso su novela Asura está ahora a un clic de distancia, enterita, cortesía de AJEC.

¿Que hemos oído hablar de La última noche de Hipatia, lo nuevo de Eduardo Vaquerizo, pero no estamos seguros de si estará a la altura de la trepidante Danza de tinieblas? Pues nada, otro clic y solucionado el misterio.

Podría seguir desgranando nombres, pero creo que ya nos vamos haciendo una idea de cómo funciona esto de "leer gratis". Tan sólo añadir, antes de terminar, las direcciones de dos páginas que visito con asiduidad cuando el cuerpo me pide leer en la pantalla relatos y aventuras por placer, y no por negocios: El resto es silencio, portal en español donde se recogen cuentos de firmas tan destacadas como César Mallorquí, Elia Barceló o Juan Miguel Aguilera, por citar sólo unos pocos; y Suvudu, página en inglés donde periódicamente se liberan apetitosas novelas completas de escritores de renombre. La última: Perdido Street Station, de China Miéville.

viernes, 4 de septiembre de 2009

XXIII Fantasy Filmfest 2009


Por primera vez en un lustro, desde que llegué a Stuttgart, me veo obligado a faltar a mi cita anual con el FFF, el festival de cine fantástico que recorre Alemania de norte a sur como un mini-Sitges itinerante, presentando en primicia para el gran público algunas de las cintas que más darán que hablar en los próximos meses. Tras el doblete del año pasado, cuando quiso el azar que pudiera asistir a la inauguración del festival en Berlín, en agosto, y volviera a disfrutar de él un mes después, ya en casa.

Este año habría ido a ver a tiro fijo al menos tres películas del monumental programa:





Carriers


La moda de los infectados empieza a oler a polilla, pero esta película de los españoles hermanos Álex y David Pastor, elegida para inaugurar el festival, me da buenas vibraciones.

Sinopsis: En CARRIERS, una mortífera enfermedad desfiguradora ha estado a punto de exterminar a la humanidad. Cuatro jóvenes esperan salvarse del apocalipsis... fingiendo que no existe y ateniéndose a un puñado de normas básicas, p.ej.: "No sientas compasión por los enfermos, morirán de todas formas." Pronto habrán de enfrentarse a un mundo deshumanizado frente a tanta muerte y miseria. En contadas ocasiones se ha visto una combinación de géneros tan eficaz hasta sus últimas y escalofriantes consecuencias. Mitad ciencia-ficción distópica, mitad psicothriller de los que te dejan al filo de la butaca.

District 9

Este repaso al tema del Apartheid en clave Expediente-X no se lo va a perder nadie, yo creo, y no sólo porque el nombre de su productor, Peter Jackson, se baste por sí solo para llenar las salas de cine.


Sinopsis: Este texto ha sido redactado por humanos, no os créais ni una palabra. Nos tienen encerrados y nos tratan como si fuéramos seres inferiores. Sin embargo, somos muy superiores a los terrícolas. Por favor, ayudadnos a escapar... ¡no lo lamentaréis!

Bathory

Basada en la vida de la condesa Erzsébet Báthory, la contrapartida femenina de Vlad Dracul, y por tanto de visionado obligado... a pesar de lo cutrecillo que les ha quedado el tráiler.


Sinopsis: Juraj Jakubisko se propone contar la verdad sobre la supuesta asesina en serie más infame de Europa, a quien se le atribuyen los asesinatos de 600 vírgenes en el siglo XVII. Su película, el fiel retrato de una mujer que lucha por sobrevivir en un entorno hostil, continúa la tradición de dramas históricos tan épicos como CLEOPATRA o EL DOCTOR ZHIVAGO.

Del resto de los 70 títulos que componen esta vigesimotercera edición del festival (bastante menos trufada de ultragore asiático que en anteriores ocasiones) me llaman también la atención Doghouse, Largo Winch, Thirst, Bronson, y Moon, a ver cuándo (y cómo) consigo echármelas a los ojos.

martes, 1 de septiembre de 2009

La llave del abismo, de José Carlos Somoza


Llegó La llave del abismo a mis manos en un momento que, como lector, necesitaba reconciliarme con uno de mis escritores favoritos tras muchos años de alegrías que empezaban a empañarse con el regusto amargo de lo último que había leído de él, Zig Zag y Fantasmas de papel, insulso thriller al que no logran dar el punto justo de sabor ni siquiera las sabias pizcas de terror sobrenatural que tan bien suele prodigar Somoza, el primero; y demencial revoltijo de cuentos muy alejados de la dosificación de la acción y las tramas de relojería características de novelas como Silencio de Blanca, Clara y la penumbra (alardes ambas del dominio del fondo narrativo), o La dama número trece (alarde del dominio de la forma), el segundo.

Por un momento pensé que la reconciliación sería posible, pero ahora no estoy tan seguro.

Como principal aliciente de La llave del abismo encuentro el desmelene creativo que le imprime Somoza a la ambientación, una delicia para los amantes del cyberpunk, Lovecraft y el pulp; un desmelene del que se desprende inequívocamente que el autor está dándole rienda suelta a unas cuantas filias que se revolvían inquietas en la jaula de sus ideas, y pasándoselo pipa en el intento. Por desgracia, a la larga esto termina convirtiéndose también en el lastre más pesado de la novela, un espectáculo de pirotecnia tan personal y elaborado que puede acabar por eclipsar el trasfondo metafórico del libro y dejar al lector más aturdido que asombrado, preguntándose qué será eso tan importante que se está celebrando con tanto cohete.

De las varias lecturas a las que se presta la obra, son dos las que parecen llevarse la palma entre las varias críticas que circulan por la Red: una sería su tono antiterrorista, insinuado en las primeras páginas, con el viajero de metro suicida cuyas palabras bisbiseadas antes de morir habrán de cambiar la vida de Daniel Kean, protagonista principal de la novela; y otra sería su ya más palpable crítica al fanatismo religioso, representado en la búsqueda y en la génesis de la "llave" que da título al libro. Para mi gusto, estos rasgos y alguno más (la definición de qué nos hace humanos, por ejemplo, o el tratamiento de la locura como catalizador de otros estados del ser más elevados, la inmortal vigencia del evemerismo...) se dan cita en La llave del abismo, sí, pero concentrarse en ellos, en última instancia, no es sino empeñarse en ver el bosque árbol por árbol, más que en su conjunto. Quizá porque el conjunto decepciona.

Porque, reconozcámoslo, La llave del abismo no es ni más ni menos que un canto a las novelas de aventuras, un monumento a la literatura "de a duro", una mezcla de Ulises XXXI y Solomon Kane, o Doc Savage, o... Y eso no se le puede consentir a un libro galardonado con el Premio Ciudad de Torrevieja, que es un pastón y debería estar reservado para obras más serias. Más sesudas. Más aburridas, si se me permite. ¿Que esta catedral erigida en honor a los Mitos de Cthulhu, los juegos de rol y la estética Matrix se erige sobre pilares propios de otras arquitecturas menos festivas, más sobrias? Bueno, a otros les escocerá esa herida, a mí no. A mí lo que me escuece es que aun teniendo todos los ingredientes para ser una lectura ágil, divertida, intrascedente y vigorizante, lo es... pero no hasta el final. Le pesan las páginas desde el segundo encuentro letal-pero-no-tanto, desde el tercer descubrimiento definitivo-pero-no-tanto, desde la cuarta inmersión en un escenario exótico-pero-no-tanto... Se repite, en otras palabras, y me da rabia.

Pero soy un lector paciente y leal, y sé que el momento de la verdadera reconciliación no puede estar lejos.
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