miércoles, 20 de mayo de 2009

So Ruhet In Frieden, de John Ajvide Linqvist

Tras el éxito cosechado en su país natal con la revisión-homenaje de la figura del vampiro que fue Déjame entrar, debut literario del sueco John Ajvide Linqvist, el autor decidió repetir fórmula y pegarle un capotazo a la temática zombi con Hanteringen av odöda, traducida este mismo año al inglés como Handling The Undead y al alemán en 2008 como So Ruhet In Frieden, algo así como "que en paz descansen".

Es esta última edición alemana, publicada bajo el sello Bastei Lübbe, la que empecé a leer hace un par de semanas y terminé hace apenas un par de horas, y todavía no sé si el capotazo que mencionaba antes se lo ha llevado la temática zombi o yo.


Lo primero es lo primero, el texto de contraportada:

Estocolmo, 13 de agosto de 2002: Un campo eléctrico se cierne sobre la ciudad, azotada por una fuerte ola de calor. La gente no puede apagar las lámparas, los electrodomésticos se resisten a dejar de funcionar. Un violento dolor de cabeza se propaga entre la población, se palpa el caos en el ambiente. Sin embargo, de repente, todo termina. ¿O no? Algo ha dejado de ser lo que era. Cuando el periodista jubilado Gustav Mahler recibe una llamada del hospital de la localidad, le cuesta dar crédito a sus oídos: Los muertos se están levantando...


Bueno, a partir de ahí uno se forma la película en su cabeza sin demasiados problemas: los pajaritos cantan, los muertos se levantan, y a correr, a correr por nuestras vidas.

Pues no.

Los muertos vivientes suecos están hechos de otra pasta y no agreden a nadie. Sencillamente se quedan ahí, descompuestos, mutilados, carbonizados, dándoles a sus seres queridos el susto de sus vidas y planteándoles el dilema del siglo a las autoridades del país.

No es tampoco la única concesión a la imprevisibilidad que se regala Lindqvist a lo largo de esta novela coral poblada de cómicos que no cuentan un solo chiste en todo el libro, periodistas inmunes a los cantos de sirena de la exclusiva, telépatas cuyo extraordinario talento no tarda en pasar a ser moneda de uso corriente, mesías que tan pronto abanderan nuevas religiones como se sumen en paralizantes crisis de fe... Muchos personajes para tres tramas principales que se imbrican con pulso irregular, algunos de los cuales se quedarán por el camino como pegotes de arcilla desechados por un alfarero impaciente, sustituidos por otros nuevos con los que el lector apenas si tiene tiempo, o ganas, de familiarizarse.

Se salva el libro de quedar reducido a una monumental boutade por un primer tercio magistral, plagado de descripciones evocadoras (casi puede sentir uno el dolor de cabeza que aqueja a los personajes, la tensión que impregna el ambiente) y arropado aún por la originalidad de la premisa inicial: Nuestros seres queridos han vuelto de la tumba... ¿y ahora qué? Casi desearía uno tener una excusa para pegarles un tiro en la cabeza y fuera, antes que soportar la carga emocional de tan antinatural coexistencia. Y también por un final redondo, o donde se atan por lo menos muchos hilos de la madeja donde Lindqvist parecía irse enredando sin remedio, aparentemente abrumado por un elenco de personajes excesivo.

Anna no notaba ningún cambio. Mahler había tapado a Elias con una manta blanca limpia, y sus manitas arrugadas vagaban a izquierda y derecha, dos patas de ave disecadas. Lo que contemplaba era un cadáver. El cadáver de su hijo. Qué distinto sería sólo con que abriera los ojos y la mirara. Pero bajo los párpados entrecerrados no había más que sendas películas de plástico sin vida, como lentes de contacto resecas. Nada.


La prensa de su país se ha apresurado ya a bautizar a John Ajvide Lindqvist "el Stephen King sueco", Hollywood tiene su obra en el punto de mira y Déjame entrar (novela y película por igual) no se cansa de cautivar al público y a la crítica. No está mal para un humorista reciclado en escritor de terror. Para mi gusto le falta todavía pasar la criba del relato, donde el género de su elección se muestra al mismo tiempo más exigente y gratificante, y espero con ganas la traducción a algún idioma que pueda leer de Pappersväggar ("paredes de papel"), antología que recoge sus incursiones en la distancia corta.

Dos orejas y rabo, maestro, pero la puerta grande tendrá que esperar.

1 comentario:

  1. Agh, qué ganas de leerlo.

    Tengo que leer algo de este demente pero ya :)

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