miércoles, 10 de junio de 2009

The Sea Came In At Midnight, de Steve Erickson

De bote en bote, así puede decirse que llegó a mis manos esta fascinante novela del surrealista norteamericano Steve Erickson, en un caso práctico del indeterminismo que parece ser uno de los motores de su obra. Por casualidad me había tropezado ya con el nombre de este autor en mis búsquedas de información sobre Malaz (y no, Steve Erickson y Steven Erikson no son la misma persona), y por casualidad también me tropecé semanas atrás con una lista de las 10 mejores novelas slipstream elaborada por Christopher Priest. Allí, entre Crash, Luz y El Aleph, estaba The Sea Came In At Night, sexta obra (publicada en 1999) dentro de una producción de ficción que sólo cuenta con ocho (Zeroville, la última, vio la luz hace dos años) y abarca casi veinticinco años, lo que da fe del largo proceso de maceración que imprime Erickson a sus novelas.

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La novela es una tormenta que amenaza con descargar en cualquier momento, surcada de relámpagos y fogonazos en forma de breves capítulos capitaneados por personajes en apariencia principales que pocas páginas más tarde pasan a ser en secundarios de lujo en la historia de otro protagonista igual de fascinante o más que el anterior, todo ello azotado por una prosa eólica, ora suave como la brisa, ora implacable como un huracán.

Inaugura el desfile de personajes Kristin, una adolescente americana empleada (refugiada, más bien) como "prostituta onírica" en un "hotel de recuerdos" de Tokio. Kristin no puede soñar, no ha soñado nunca, por eso es como un lienzo en blanco para los sueños que obsesionan a sus clientes. Uno de éstos, un venerable y anciano médico, testigo presencial en su juventud de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, con el que tiene un pacto singular (el hombre necesita vaciar su mente de las vicisitudes biográficas que la impregnan, motivo de sus sesiones con Kristin: cuando él haya terminado de contarle su historia, ella podrá contarle la suya), aparece muerto en la habitación donde se habían dado cita. Una vez superada la sorpresa inicial, Kristin se repone y se dispone a cumplir su parte del trato. Para los oídos ya sordos de su difunto cliente y los ojos del intrigado lector, Kristin comienza a relatar su historia.

Padrastros abusivos, sectas milenaristas y lesbianas a la fuga son algunos de los hitos que jalonan el deambular de la joven por escenarios caprichosos y enrevesados vericuetos, los cuales terminan dejándola como una tabla a la deriva en las misteriosas costas de un intrigante anuncio clasificado: "Te quiero al extremo de la soga, amarrada al mástil de mis sueños." Toma a partir de aquí el libro un cariz decididamente gótico que durará varios capítulos, remedo casi de la erótica Historia de O, donde Kristin es la mártir sometida a las extravagancias de un hombre misterioso que se nos presenta únicamente como el Ocupante.

Kristin no está precisamente cuerda, pero la locura del Ocupante es indudablemente más palpable, sobre todo a partir del momento en que la joven profana el sancta sanctórum de su Barba Azul particular y descubre lo que habrá de convertirse en uno de los ejes principales del libro: un Mapa del Caos, imposible ejercicio de cartografía catastrofista en el tiempo y el espacio que el Ocupante lleva años elaborando con una pasión alimentada por el sonido del disparo que acabó con la vida de su padre.

Sólo en el último par de párrafos se ocultan decenas de personajes secundarios cuyas vidas irán cruzándose adelante y atrás en el tiempo (y más, muchos más: estrellas del punk venidas a menos, pioneros de las snuff-movies, resucitados hijos nonatos...), demostrando la solidez del borrador inicial de Erickson, la clínica premeditación con que gira cada uno de los engranajes aparentemente absurdos de The Sea Came In At Night. Quizá a ratos se haga difícil seguir la retorcida línea de puntos que componen la novela, pero la persistencia da sin duda sus frutos.

Erickson tuvo ya su oportunidad en España, al parecer, con la edición de Las vueltas del reloj negro (Ed. Versal, 1990), y no parece que se cubriera precisamente de gloria. Lástima, porque no es un autor fácil, pero creo que con una adecuada campaña publicitaria se le podría acercar sin problemas al público lector de Jonathan Carroll o Murakami, por ejemplo. Quizá cuando lleven alguna de sus novelas a la gran pantalla, como parece que va a ocurrir con Zeroville.

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