viernes, 17 de julio de 2009

Netherland, de Joseph O'Neill

Hay libros que están predestinados, por el motivo que sea, a terminar miserablemente en la basura. Puede que al lector le produzca tal rechazo lo que cuenta el autor -o cómo lo cuenta- que decida vengarse de él por el tiempo perdido pagándola con su obra, o puede que un capricho del destino queme/triture/aplaste el libro en cuestión. En el caso de la aclamada novela de Joseph O'Neill (candidata al Man Booker Prize, nominada para el Warwick y ganadora del PEN/Faulkner Award for Fiction 2009, además de lectura públicamente reconocida del presidente Obama), Netherland, su miserable destino ha sido un híbrido de esas dos circunstancias.

Me da la impresión de que por el remanso de paz que es esta bitácora se pasan aficionados a la lectura suficientes para que el modo en que llegó Netherland a mi poder no sorprenda a demasiada gente: Durante una de mis habituales batidas de caza por las librerías de Stuttgart, finalizada ya la fase inicial de fijarme sólo en aquellos títulos conocidos de oídas o leídas, mientras disfrutaba de ese momento de relajación que supone saber que los libros que querías ya están en su bolsa y tienes todo el tiempo del mundo para curiosear en busca de esas obras anónimas que no te suenan pero que aun así te llaman como un imán a un puñado de virutas de hierro, me tropecé con una novela cuya contraportada rezaba:

WHAT DO YOU DO WHEN YOUR WIFE TAKES YOUR CHILD AND LEAVES YOU ALONE IN A CITY OF GHOSTS?

[...] Alone in a terrorized city, struggling to understand the disappearance from his life of people, places and feelings [...] New York [...] is a long way from the tranquil sport he grew up with [...] It's a rough, almost secret game, played in scrubby, marginal urban parks, by people the city doesn't see [...]



Se me hizo la boca agua, la verdad, y no miré más: por mi mente desfilaban ya aviesas madrastras esclavas de su vena sádica, hordas de espectros paseándose por Nueva York como Pedro por su casa, misteriosas plagas de abducciones en la ciudad de los rascacielos... Esa misma noche empecé a leer el libro, y esa misma noche me llevé el desengaño de descubrir que la mujer del protagonista se larga con su hijo, sí, pero porque se divorcian (comprensiblemente, añado, menudo patán). Lo de la "ciudad de fantasmas" no es más que la Nueva York post 11-S, con todos los típicos tópicos que se pueda imaginar uno, y lo del juego secreto que juegan personas que la ciudad no ve en parques marginales cubiertos de maleza... no es ni más ni menos que el críquet al que juegan donde pueden los inmigrantes indios y otros pocos extranjeros raritos, como el Hans van den Broek protagonista que habrá de martirizarnos con su prosa de quinceañero acogotado por las hormonas ante su primera carta de amor durante 250 páginas eternas.

Que la crítica celebre un compendio de frases enrevesadas que no le hacen ningún servicio, no ya a la historia (¿lo cuálo?), sino a la paciencia del defraudado lector, no me sorprende. Algo más me extraña que se haya llegado a sugerir siquiera que éste podría ser El gran Gatsby del siglo XXI (!). Pero lo que más me preocupa de todo es que a nadie, en ninguna parte, se le haya ocurrido decir que hay que tenerlos cuadrados para escribir semejante somnífero de papel y ponerlo a la venta sin receta médica. Novela tramposa, absurda, ridícula y, lo peor de todo, aburrida como ella sola, cualidades todas que en mi casa pronto la dejaron relegada a la repisa de la ventana del retrete, apeadero de todos esos libros que se suben sin billete al tren de la pedantería por la pedantería y la opulencia verbal mal entendida.

Así, durante varios días, de pocos en pocos minutos, iba avanzando en la lectura de Netherland con la expresión de un entomólogo aficionado ante una variedad nunca vista de insecto, debatiéndome entre la incredulidad y el asco teñido de morbosa fascinación. Hasta que una noche me desperté de golpe, con un golpeteo frenético en las sienes: Tormentón de verano. Me levanté tropezando con las legañas sin tiempo siquiera a ver de reojo qué hora era para cerrar la puerta del balcón, la ventana de la cocina, la del salón, la del cuarto de baño... y una vez cortadas todas las vías de acceso al agua, me apresuré a regresar a los brazos de Morfeo con la satisfacción del deber cumplido acunándome en sus brazos. ¿He dicho todas las vías?

¡No! Se me había olvidado la del aseo, como bien pude comprobar pocas horas después, ya de día. Allí en la repisa de la ventana que se había pasado toda la noche abierta, triplicado su tamaño por la cantidad de agua absorbida, se esponjaba el libro de O'Neill. No estaba solo, lo acompañaba en su abotargada desgracia uno de Kathy Reichs (Break No Bones), tocado pero no hundido gracias a que Netherland había absorbido toda la metralla. Me quedé un buen rato allí plantado, atontando aún por el sueño, meditando qué hacer con esas dos novelas. Break No Bones tenía que seguir leyéndolo pasara lo que pasara, y además, sólo se habían mojado las veinte últimas páginas aproximadamente... nada, al balcón y a esperar que se secara sin deformarse demasiado.

Netherland, la verdad, llegué a tenerlo en una mano mientras con la otra levantaba la tapa del cubo de la basura, pero me arrepentí: me faltaban poquísimas páginas para terminar el calvario, y aunque la novela fuera infecta, todavía tenía un pase como exponente de ampulosidad lingüística... nada, debía llegar hasta la última página. Así que allí se quedó, en la misma repisa que había sido su cadalso (no, ni me molesté en sacarlo al balcón), hasta que unos pocos días después me apiadé, lo palpé, vi que ya casi estaba seco y le di la vuelta para que terminara de escurrir. Otro par de días después, con la conciencia tranquila, por fin he terminado de leerlo.

Ya lo puedo tirar a la basura.


Nothing personal, Joe.

3 comentarios:

  1. Esto con los e-readers no pasa, aunque, eso sí, ni estos te libran de las malas historias. Por cierto, ya que lo tenías junto al trono, podías haberlo usado como papel higiénico, o como toallitas refrescantes, una vez empapadas sus páginas :)

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  2. Hombre, es que si tuviera un e-reader y dejara que le cayese encima semejante diluvio, no contaría la historia tan ufano :p

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