domingo, 26 de julio de 2009

Two-Way Split, de Allan Guthrie

Edimburgo, 11 de enero de 2001.

Pearce quiere empezar una nueva vida después de pasarse los últimos años en chirona por matar al camello que vendió droga adulterada a su hermana. Es un buen tipo, no quiere líos ni sobresaltos, pero parece que los problemas le persiguen. Su novia se larga dejándole una gran deuda con el mafioso de turno y no tiene más remedio que ponerse a trabajar para él.

Robin, niño prodigio frustrado y atracador ocasional que descubre que su mujer le engaña con otro de su banda. Planea vengarse después del último golpe, pero todo empieza a ir de mal en peor cuando deciden atracar una maldita oficina de correos. Las cosas se tuercen y el atraco acaba convirtiéndose en un baño de sangre.

Lo que no sabe Robin es que en la oficina de correos trabaja la madre de Pearce y ya sabemos que para éste la familia es lo más importante y que es capaz de hacer cualquier cosa por ella...

Parece que los buenos propósitos de Pearce tendrán que esperar.

Por detrás de la literatura fantástica en todas sus vertientes, la novela negra es la segunda de mis pasiones. Detectives privados, hampones, damiselas en apuros, femmes-fatales, antihéroes... sangre, sudor y balas, un cóctel que no falla nunca a la hora de recargarme las pilas.

Como recargadas acaba de dejármelas Two-Way Split, debut literario del escocés Allan Guthrie, que recibió una mención al CWA Debut Dagger Award (2001) y ganó el Theakston's Old Peculier Crime Novel of the Year (2007) con esta novela irreverente y ultraviolenta ambientada en las calles de Edimburgo. En contadas páginas (198 tiene mi edición de Point Blank) y con un selecto elenco de personajes, Guthrie agarra al lector por el pescuezo desde la primera página y no vuelve a soltarlo, jadeante y electrificado por la adrenalina, hasta la última.


Cuatro meses y veintidós días después de abandonar la medicación, Robin Greaves sacó la silla bajo el escritorio y se sentó frente al detective privado.

Vertebra el hilo argumental de Two-Way Split el tema de la venganza, común a todos sus protagonistas. Un marido corneado quiere vengarse de su infiel esposa, un hijo desconsolado quiere vengar el asesinato de su madre, una personalidad esquizofrénica quiere vengarse de la personalidad-vehículo que lo mantiene apresado tras los barrotes de su piel... Es precisamente esta última circunstancia, la relación odio-odio existente entre Robin Greaves (pianista alejado del instrumento de sus amores por una extraña dolencia en las manos) y su psicópata doble personalidad, Don (cuyo origen termina narrándose en una escalofriante escena que comprende dos niños, un ataque de epilepsia, una lata de parafina y una caja de cerillas), la que le presta su doble significado al título de la novela, siendo el otro la división a partes iguales del botín conseguido con el asalto a una oficina de Correos.

Lástima que el nombre con que se ha publicado en España (El peor día, Ed. Pamiès) prescinda de este juego de palabras, pero ya sabemos que la elección de los títulos traducidos es toda una cienca en sí misma, no siempre fácil. Yo creo que hubiera optado por la anteriormente citada expresión "A partes iguales", o algo por el estilo.


La acción comienza con nuestro esquizofrénico Robin en el despacho de un detective privado al que había encargado seguir a su esposa, de la que sospechaba que tenía un amante. Una vez confirmadas estas sospechas, el cornudo, comprensiblemente cabreado, le parte los morros al detective, que llama por teléfono a su socio para que siga al ya ex cliente, intrigado por su estallido de violencia. Dicho socio ve cómo Robin se reúne en un coche con su mujer, Carol, y con el amante de ésta, Eddie, antiguo policía emigrado ahora al otro lado de la ley. En el interior del vehículo, Robin saca una pistola y apunta con ella al susodicho Eddie... que, riendo, la coje y se la guarda en la chaqueta. El coche arranca y un intrigado ayudante de detective lo sigue, teléfono móvil en ristre, poniendo a su jefe al corriente de estos misteriosos acontecimientos sobre la marcha. A partir de aquí, las vueltas de tuerca no hacen sino sucederse a velocidad de vértigo, perfectamente pulidos los cantos de cada pieza del puzzle diseñado por Guthrie.

Renuncio a abundar en un resumen del argumento para no chafarles el placer de ir descubriéndolo por sí mismos a quienes se animen a leer esta novela, más que digno exponente del hard-boiled más malhablado y contundente. ¿Una lectura ágil, trepidante, bien urdida y mejor escrita, ideal para llevársela al campo o a la montaña en estas fechas de asueto? No busquéis más, la habéis encontrado.

Pinchando en este enlace, unas páginas de adelanto en español, cortesía de la editorial.

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