domingo, 23 de agosto de 2009

Doors Open, de Ian Rankin


Había expectación por ver qué dirección emprendía Ian Rankin tras jubilar a su personaje estrella, John Rebus, protagonista de una larga serie de novelas y máximo responsable del estatus de superventas del que goza este joven escritor escocés. A lo largo de sus diecisiete libros y multitud de relatos y novelas cortas, el huraño inspector Rebus había sentado las bases de un estilo característico, una forma de ser y resolver los casos que sus fans habían aprendido a esperar y añorar de una entrega a otra. Yo no. Me gusta el estilo de Rankin, pero su emblemática creación me caía un poco antipática, así que cuando terminé de leer Exit Music, decimoséptima y última novela de Rebus, la cerré con satisfacción, relamiéndome al imaginar las nuevas cotas que podría alcanzar Rankin sin el lastre de su celebrado detective edimburgués.

Quizá por eso a mí no me ha disgustado Doors Open, y a la mayoría de los fans de Rankin, sí.

Se abre el telón: aparece un magnate del software con dinero y tiempo de sobra tras haber vendido su empresa. Durante el transcurso de una conversación aparentemente inocua con un veterano experto en obras de arte al filo de la jubilación, surge la idea de, por qué no, sacudirse la modorra de encima dando el golpe perfecto: la National Gallery of Scotland tiene más obras de arte de las que puede exhibir, y las medidas de seguridad del almacén donde languidecen estos excedentes tampoco son como para tirar cohetes. Cuantos más seamos, más reiremos, de modo que un tercer compinche se une espontáneamente al club de los futuros apandadores.

Como del dicho al hecho va un trecho, y los tres no dejan de ser unos completos aficionados en el arte de delinquir, la mecha del plan no termina de prender hasta que salta la chispa en forma de un hampón local, ignorante en cuanto a pintarrajos, pero diplomado cum laude en la Univ. de los Bajos Fondos de Edimburgo. El robo perfecto pasa por no llamar la atención, de modo que tampoco se trata de liarse a tiros con todo lo que se mueva, el plan requiere sutileza: no es cuestión de robar y punto, sino de dar el cambiazo.

Una vez encontrado el artista que aúne talento y desesperación suficientes para avenirse a formar parte del complot , comienza la acción... y los problemas, en sus diversas facetas: inspector metomentodo, féminas excesivamente ambiciosas o ingenuamente enamoradiscas, y anabolizado recaudador de deudas de la facción nórdica de los Ángeles del Infierno (!). Los ingredientes necesarios para elaborar un cóctel pasapáginas sin mayor ambición están ahí, y Rankin sabe mezclarlos y agitarlos al gusto de aquellos paladares que disfruten con este tipo de historias, donde la idea del atraco y cuanto lo rodea se impone al desarrollo de los personajes y otras consideraciones estilísticas, aunque algún que otro ingrediente le quede algo empachoso (a mí, por ejemplo, no deja de repetirme el tiempo récord en que el falsificador perpetra tantas copias de tantas obras maestras). Regustillo dulzón en la boca y pronóstico de digestión fácil. Se cierra el telón.

Aunque al final un soplo de aire lo deja algo entreabierto y nos permite intuir el amargor de la guinda con que se cierra realmente la novela, en un gesto que no desentona ni mucho menos con el resto de Doors Open, donde Rankin ha ido dándonos cada bocado bien mascadito.

Es inevitable terminar de comentar esta novela deteniéndose brevemente en el simbolismo que destila su mismo título, "puertas abiertas", mención explícita a uno de los componentes clave del argumento (la jornada de puertas abiertas en torno a la que gira la trama), pero velada metáfora también de lo que significa este libro para su autor, una nueva puerta que se abre tras cerrar la de la serie del afamado Rebus. En la misma línea, no puede por menos de reflejarse el escritor en Mike Mackenzie, personaje principal entre el nutrido pero bien delimitado elenco de protagonistas de Doors Open, y poco sutil trasunto de sí mismo: hombre hecho a sí mismo, exitoso y enriquecido merced a un trabajo tan lucrativo como monótono que ha terminado convirtiéndolo en una entidad rodeada de lujos pero existencialmente vacía, tambaleándose al filo del abismo de la abulia y la apatía.

No es raro encontrar ejemplos de este tipo entre escritores de éxito, algunos de los cuales deciden rebelarse contra la creación o el género que los ha encumbrado a la fama, sí, pero que también puede ejercer de rígido corsé, de pesados grilletes para sus inquietudes creativas. Casi invariablemente, sus fans reciben estas desviaciones de la norma enarbolando horcas y antorchas, al grito de ¡vuelve a escribir como antes!, y según la fuerza de voluntad del autor y las dotes de persuasión de su agente literario, el generador de best-sellers quizá atienda a razones y acceda a cargar con el yugo de su "marca de la casa", o quizá insista en sublevarse y se vea condenado para siempre a vagar sin rumbo por las agitadas aguas de la pérdida de ventas y renombre. Aún es pronto para saber qué decisión tomará Rankin, pero dada la tibia tirando a fría acogida que ha tenido Doors Open, no me extrañaría que en el disco duro de su ordenador hubiera ya un archivo titulado Rebus_newbook.doc, o similar.

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