domingo, 2 de agosto de 2009

Torchwood, Children Of Earth




























Una mañana cualquiera en una localidad cualquiera del Reino Unido, ni lluviosa ni soleada, las tiendas abren sus puertas, los repartidores hacen su ruta habitual y, en general, todo parece seguir igual que siempre. De repente, los niños empiezan a comportarse de forma extraña: se quedan paralizados y no responden a ruegos ni cachetes, primero; a continuación, tras recuperar una engañosa normalidad, vuelven a sumirse en el mutismo y apuntan al cielo con el dedo. Más tarde, tras volver a recuperar una normalidad que ya no engaña a nadie, de nuevo la parálisis, de nuevo la mirada perdida y la ausencia de reacción a cualquier estímulo. Pero no el mutismo: esta vez, los niños -todos los niños del mundo- levantan la voz al unísono para pronunciar tres ominosas palabras: WE... ARE... COMING.

Lo que podemos esperar a partir de ahí es un compendio de abduciones, control mental, conspiranoias hechas realidad, lealtades y amores puestos a prueba, vidas pendientes de un hilo y sinos apeados en la trágica última parada de la muerte, un carrusel de revoluciones dosificadas pero imposible de abandonar sobre la marcha.

A grandes rasgos, así es la tercera temporada de Torchwood, ese spin-off del Dr. Who que ha ido demostrando, episodio a episodio, que una buena serie de ciencia-ficción no necesita escenarios intergalácticos ni efectos especiales de última generación para conquistar el corazón de los aficionados a los viajes en el tiempo, las pistolas láser o los alienígenas. Le basta y le sobra con un equipo de guionistas artesanos que miman sus arcos argumentales como haría un alfarero con su pieza de arcilla favorita en el torno, generando obras capaces de suscitar admiración a partir de la materia prima más rudimentaria. Artilugios chiripitifláuticos, caretas de tren de la bruja, trajes espaciales de pana teñida... en nada (o casi nada) se fija el espectador gracias a la ya mencionada solvencia de los guionistas y a la no menos encomiable labor de los actores, que nos transmiten el carisma, la ternura, la altanería o la vileza de sus personajes con una refrescante mezcla de seriedad y autoparodia.

A todo esto nos tenía acostumbrados ya Torchwood, pero no conocíamos su cara más oscura, un reverso tenebroso que se apodera de la miniserie Children Of Earth a los pocos minutos del primer capítulo y no la suelta ni siquiera en los últimos minutos del quinto y último, cuando la británica organización secreta, mutilada y jadeante, se despide de los televidentes dejándolos a merced de un cliff-hanger de los que hacen época, con un nudo en la garganta, la boca abierta y un agridulce regusto en el paladar: A esto sabe una historia de aventuras bien hecha.

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