martes, 1 de septiembre de 2009

La llave del abismo, de José Carlos Somoza


Llegó La llave del abismo a mis manos en un momento que, como lector, necesitaba reconciliarme con uno de mis escritores favoritos tras muchos años de alegrías que empezaban a empañarse con el regusto amargo de lo último que había leído de él, Zig Zag y Fantasmas de papel, insulso thriller al que no logran dar el punto justo de sabor ni siquiera las sabias pizcas de terror sobrenatural que tan bien suele prodigar Somoza, el primero; y demencial revoltijo de cuentos muy alejados de la dosificación de la acción y las tramas de relojería características de novelas como Silencio de Blanca, Clara y la penumbra (alardes ambas del dominio del fondo narrativo), o La dama número trece (alarde del dominio de la forma), el segundo.

Por un momento pensé que la reconciliación sería posible, pero ahora no estoy tan seguro.

Como principal aliciente de La llave del abismo encuentro el desmelene creativo que le imprime Somoza a la ambientación, una delicia para los amantes del cyberpunk, Lovecraft y el pulp; un desmelene del que se desprende inequívocamente que el autor está dándole rienda suelta a unas cuantas filias que se revolvían inquietas en la jaula de sus ideas, y pasándoselo pipa en el intento. Por desgracia, a la larga esto termina convirtiéndose también en el lastre más pesado de la novela, un espectáculo de pirotecnia tan personal y elaborado que puede acabar por eclipsar el trasfondo metafórico del libro y dejar al lector más aturdido que asombrado, preguntándose qué será eso tan importante que se está celebrando con tanto cohete.

De las varias lecturas a las que se presta la obra, son dos las que parecen llevarse la palma entre las varias críticas que circulan por la Red: una sería su tono antiterrorista, insinuado en las primeras páginas, con el viajero de metro suicida cuyas palabras bisbiseadas antes de morir habrán de cambiar la vida de Daniel Kean, protagonista principal de la novela; y otra sería su ya más palpable crítica al fanatismo religioso, representado en la búsqueda y en la génesis de la "llave" que da título al libro. Para mi gusto, estos rasgos y alguno más (la definición de qué nos hace humanos, por ejemplo, o el tratamiento de la locura como catalizador de otros estados del ser más elevados, la inmortal vigencia del evemerismo...) se dan cita en La llave del abismo, sí, pero concentrarse en ellos, en última instancia, no es sino empeñarse en ver el bosque árbol por árbol, más que en su conjunto. Quizá porque el conjunto decepciona.

Porque, reconozcámoslo, La llave del abismo no es ni más ni menos que un canto a las novelas de aventuras, un monumento a la literatura "de a duro", una mezcla de Ulises XXXI y Solomon Kane, o Doc Savage, o... Y eso no se le puede consentir a un libro galardonado con el Premio Ciudad de Torrevieja, que es un pastón y debería estar reservado para obras más serias. Más sesudas. Más aburridas, si se me permite. ¿Que esta catedral erigida en honor a los Mitos de Cthulhu, los juegos de rol y la estética Matrix se erige sobre pilares propios de otras arquitecturas menos festivas, más sobrias? Bueno, a otros les escocerá esa herida, a mí no. A mí lo que me escuece es que aun teniendo todos los ingredientes para ser una lectura ágil, divertida, intrascedente y vigorizante, lo es... pero no hasta el final. Le pesan las páginas desde el segundo encuentro letal-pero-no-tanto, desde el tercer descubrimiento definitivo-pero-no-tanto, desde la cuarta inmersión en un escenario exótico-pero-no-tanto... Se repite, en otras palabras, y me da rabia.

Pero soy un lector paciente y leal, y sé que el momento de la verdadera reconciliación no puede estar lejos.

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