sábado, 17 de octubre de 2009

Frankenstein, de Dean Koontz


El veterano escritor parece seguir empeñado en ponérnoslo cada vez más cuesta arriba a quienes intentamos seguir comprando y leyendo sus libros sin que se nos caiga la cara de vergüenza, impulsados cada vez más por una suerte de fascinación morbosa y menos por el genuino interés de seguir una carrera literaria que no empezó tan mal. Poco queda ya del autor de obras más que dignas como Fantasmas, Los servidores del crepúsculo, El lugar maldito o Velocidad.


Personalmente, creo que hay un antes y un después de Falsa memoria, primera novela en la que Dean Koontz decide dar rienda suelta a un estilocon el que venía experimentando al menos desde Nocturno, quizá la última obra real del "antiguo" Koontz. La obsesión con los haikus del villano de Falsa memoria le sirve de pretexto al autor para ensayar lo que es ya una constante en todas sus novelas: la concisión de su prosa hasta niveles minimalistas, con escuetos párrafos de no más de dos puntos y seguido, unida a un fuerte trasfondo paródico del género que roza en no pocas ocasiones lo directamente esperpéntico, y a una división ultramaniquea de sus personajes y de la sociedad que les sirve de telón de fondo en "buenos" y "malos" sin la menor cabida para los tonos de gris.


Quizá en una futura biografía se nos explique alguna vez qué era lo que pasaba exactamente por la cabeza de Koontz cuando decidió que sería buena idea meterle mano a la emblemática creación de Mary Shelley, sometiéndose así motu proprio a una prueba de fuego de la que sólo podría salir chamuscado, cuando no directamente incinerado. Según la génesis de "su" Frankenstein que se nos revela en el prefacio de Prodigal Son, primer volumen de la trilogía, todo empezó con el guión del piloto de una serie de televisión del mismo título, a retransmitir por USA Network. Ilusionado por lo que había leído en ese guión, ni más ni menos que Martin Scorsese se animó a embarcarse en el proyecto en calidad de productor ejecutivo. Elegido el elenco de actores (con Thomas Kretschmann y Vincent Perez en los papeles de Víctor Frankenstein y su criatura, respectivamente) y comenzado el rodaje, tanto la cadena como el joven director al timón del piloto decidieron realizar "algunos cambios". Quizá dolido en su orgullo, quizá empujado sencillamente por las diferencias creativas, Dean Koontz se desentendió del proyecto, seguido de Scorsese (o "Marty", como prefiere referirse a él Koontz). El piloto sólo llegó a estrenarse en uno de esos pases privados que tanto se estilan en los EE.UU., y debió de recibir tal somanta de abucheos que nunca más se volvió a saber de él. Hasta que Koontz, ya por libre, decidió dar carpetazo a sus sueños de celuloide y plasmar sus ideas sobre el papel corriente y moliente.


Hasta aquí por qué existe un "Frankenstein de Dean Koontz". Toquemos ahora de pasada por qué no existe un "Frankenstein de Dean Koontz, Kevin J. Anderson y Ed Gorman".


Tras la publicación de City Of Night, segunda parte de la trilogía, y durante el largo periodo de sequía que precedió a la salida de Dead And Alive, tercer y último capítulo de la serie, Koontz encontró tiempo para realizar alguna entrevista en la que se reconocía insatisfecho con sus novelas escritas a cuatro manos (lo que queda por explicar es por qué tuvo que recurrir a colaborador alguno, para empezar), de ahí que estuviera encargándose de escribir Dead And Alive él solito, lo que supuestamente habría de explicar la tardanza en rematar la novela. Estas excusas podrían haber convencido a alguien si Koontz no estuviera sacando una novela tras otra entremedias, sólo que no de Frankenstein, sino de Odd Thomas, su nuevo personaje estrella, éxito de ventas y críticas, y niño mimado con el que el autor parece sentirse a gusto por fin después de muchos años de buscar el oro de la inspiración en yacimientos poco

o nada productivos.


Con la puesta a la venta del tercer volumen de Frankenstein, las reediciones de Prodigal Son y City Of Night han experimentado el curioso efecto de ver los nombres de sus co-creadores (Kevin J. Anderson y Ed Gorman, respectivamente, conocido el primero por meter la cuchara en numerosas continuaciones de la saga de Dune, veterano escritor de novela negra el segundo) expurgados de sus respectivas nuevas cubiertas, en lo que muchos lectores creen ver una soberana muestra de megalomanía e ingratitud por parte de Dean Koontz. Yo de lo único que estoy seguro es de que esta concesión al egotismo no le habrá salido nada barata.


Una vez cubiertas a grandes rasgos las fuentes de la trilogía, toca hacer un somero repaso a lo que le ofrecen al lector sus tres tomos, argumentalmente hablando: Toda la trama del Frankenstein de Dean Koontz se basa en la premisa de que los hechos narrados por Mary Shelley en su clásico inmortal no son ficticios, sino muy reales: Víctor Frankenstein existió y ha sobrevivido hasta nuestros días, al igual que su "monstruo", fallido prototipo de una Nueva Raza que el buen doctor ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos, empezando por el lógico añadido de incluir en su programación genética una cadena de código que les impide rebelarse contra su creador. El genio científico de Víctor le ha permitido modificarse a sí mismo para ser más fuerte, rápido y guapo que nadie, además de prácticamente inmortal, pues su cuerpo se abastece de corriente eléctrica y apenas si acusa los estragos del tiempo. La única pega es que su ego tampoco ha dejado de crecer con los años, al igual que su moral no ha dejado de deteriorarse, hasta tal punto que el Víctor Frankenstein moderno encaja en el arquetipo de científico loco hasta extremos caricaturescos: sádico con sus creaciones, xenófobo, déspota, tirano, amigo íntimo de Hitler, Stalin, Mao y todos los dictadores habidos y por haber, al servicio de cuyas aciagas intenciones pone todos sus recursos e inventiva para financiar el ambicioso proyecto de esa Nueva Raza con la que pretende reconquistar la Tierra, la galaxia y el universo hasta sus últimos confines.


Su primera creación también campa por nuestro mundo, más concretamente por el Tíbet, con cuyos monjes ha encontrado por fin después de tanto tiempo la paz y la serenidad que sus muchas vivencias como deforme proscrito y atracción de feria le han procurado a lo largo de su longeva existencia. Deucalión (pues éste es el nombre que la criatura ha decidido adoptar para sí, el hijo de Prometeo, del mismo modo que su creador ahora prefiere hacerse llamar Helios; no hace falta que abunde en las poco sutiles referencias mitológicas de sus modernos apelativos) es ahora un ser atormentado por los pecados de su padre, por así decirlo, una criatura profundamente espiritual y poderosa que ha optado por ofrecerle al mundo la otra mejilla y consagrarse al Bien, con mayúscula, en cuerpo y alma. Quizá algo contradictoriamente, viniendo de semejante ultrapacifista y bienhechor, Deucalión opina que no podría hacerle mayor bien al mundo que borrando de su faz la presencia de Víctor Helios Frankenstein, al que considera poco menos que Satanás encarnado. Con estas intenciones abandonará las idílicas cumbres tibetanas en favor de las algo más animadas calles de Nueva Orleans, donde reside ahora su creador y némesis definitiva. Presentados ya los personajes principales y el escenario de la historia, sólo queda salpimentarla de secundarios y subtramas para estirar al máximo un chicle que, a priori, tampoco se presenta tan insípido como resultará serlo al final.


La verdad es que las dos primeras partes del Frankenstein de Dean Koontz se dejan leer como refrito policíaco-neogótico totalmente alejado del romanticismo y el alegorismo del original: hay acción, hay diálogos ingeniosos, el gore y el sexo se dosifican diría incluso que con cierta elegancia elidida, el escenario resulta satisfactoriamente adecuado para lo que se nos está contando... pero de todo termina cansándose uno, y está claro que Koontz se aburrió enseguida de su experimento: ni le apetecía escribir las dos primeras partes

al alimón, ni la tercera parte en solitario, ni nada de nada. Estoy convencido de que fue únicamente la presión de su editorial, más que el clamor de los fans que aguardaban un desenlace bien atado como agua de mayo, lo que consiguió arrancarlo de su abulia el tiempo justo para pergeñar una conclusión de su trilogía a todas luces sacada del horno antes de tiempo. Por cierto, que Bantam anuncia que Dean Koontz ha firmado por tres novelas más de su Frankenstein, maniobra harto inexplicable en vista de que la mayoría de sus fans se han tomado la culminación de esta primera trilogía como un insulto personal en toda regla, no diré que enteramente sin razón.


Mientras tanto, el conocido guionista Chuck Dixon se ha encargado de trasladar Prodigal Son al cómic, en una miniserie de seis números para Dabel Bros. Quién sabe, a lo mejor algún día alguien decide desempolvar ese piloto para la televisión y darle otra oportunidad...







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