viernes, 23 de octubre de 2009

Pasos de gigante



No he sido nunca un gran aficionado al jazz. Puedo pasarme el día entero hablando de todo tipo de estilos musicales, pero cuando se trata de jazz me suelo morder la lengua para no caer de cabeza en el pozo de mi ignorancia. Ahora, no obstante, mientras me quito los mullidos auriculares y pulso el botón de eyección del equipo de música para volver a guardar en su caja el compacto de John Coltrane, pienso que mis futuras conversaciones sobre jazz se verán beneficiadas por la repetida escucha de los cuatro minutos con cuarenta y seis segundos que dura la divina melodía de Giant Steps, el primer corte del álbum del mismo título de este excepcional saxofonista. 

—Pasos de gigante —musito bobamente con una sonrisa beatífica, en paz conmigo mismo por primera vez en toda la noche, desde que me asaltara el insomnio que ha dado con mis huesos en el elástico sillón de cuero del que ahora me levanto con el fantasma de las poderosas últimas notas musicales resonando aún en mis oídos. Qué apropiado, concluyo ya para mis adentros. Tampoco hace falta alborotar al vecindario con mis manías nocherniegas. 

Las manillas del carillón marcan con instinto delator las cuatro menos doce minutos de la madrugada. Me froto el sueño acumulado en los párpados con un puño mientras con la otra mano apago la lamparilla que ha alumbrado mi primer contacto con el señor Coltrane y me fijo en la boca igualmente bostezante que forma el vano de la puerta para orientarme en la penumbra. No son horas de andar encendiendo todas las luces de la casa. 

Apenas si he hecho ademán de despegar un pie del suelo, no obstante, cuando me bloquea el paso la invisible barrera de un crujir de tablas, el desganado rechinar de dientes que podría ensayar un imaginario y gigantesco gólem de madera. 

La concatenación de reacciones que provoca el sonido en mi organismo parece no tener fin: tensión muscular, desde la cúspide de las cervicales a los tendones de los tobillos; dilatación de la pupila, hiperventilación agravada por una inmediata sensación de sequedad en la boca, un conato de flatulencia contenido con el involuntario agarrotamiento de los músculos abdominales... Sin embargo, los síntomas de ansiedad remiten con la misma celeridad con que se han presentado y me dejan una sonrisita sedimentada en los labios. 

Seguro que no es más que el niño, que se habrá dado la vuelta en la cama; no hay nada como una vivienda arropada en el silencio de la noche para magnificar hasta el menor de los ruidos. Reconfortado por la idea, divertido por tan impropia rendición al pánico, me propongo investigar. 

Al trasponer el umbral del salón miro a la derecha y compruebo que la puerta principal está cerrada. Frente a mí, el breve tramo de escaleras que conduce a la segunda planta del ático se dobla sobre sí mismo en un rellano que me encara con el pasillo de los dormitorios. Daredevil me observa con ojos ciegos, plantado de escorzo en la testuz de una gárgola de cartón piedra, desde el póster que copa la puerta entreabierta de la primera habitación; me asomo a ella para ver, satisfecho, que el pequeño continúa durmiendo plácidamente con la dorada cabeza rizosa apoyada en su almohada estampada de barquitos de vela. Así pues, no da la impresión de haber sido él el causante del murmullo de tablas. 

Me pregunto si no habrá alguien más en la casa, y también desde cuándo seré tan miedica. Son las cosas que oye uno a todas horas en los noticiarios, que nos predisponen a ponernos siempre en la peor de las situaciones. 

Doy los cinco pasos escasos que me separan de la siguiente puerta, asimismo entreabierta, recriminándome mudamente mi exceso de imaginación. 

En el dormitorio principal todo parece estar igual que lo dejé: los pantalones doblados sobre el respaldo de una adusta silla, la camisa blanca y la corbata a rayas listas para ir a la oficina. La hilera de zapatos de tacón bajo, como discretos vehículos aparcados en batería siguiendo la línea del rodapié. En la cama, las sábanas y el colchón han rebasado su nivel de saturación y la sangre ha comenzado a gotear en el piso, componiendo una sintonía de plics, plics que, comprendo aliviado, es sin duda el ruido que me alertara apenas unos minutos antes. 

El cuerpo decapitado de la mujer yace enredado en la ropa de cama a consecuencia de los segundos de pataleo que le costó morir asfixiada bajo mi mano enguantada. Su cabellera leonada le cubre el rostro un metro más a la derecha, en el pequeño tocador donde dejé la cabeza. El hombre duerme aún su sueño inducido por el cloroformo con que lo obsequié antes de dedicarle toda mi atención a su esposa. De qué magnitud será la jaqueca que le dé los buenos días mañana cuando por fin despierte, no me lo quiero ni imaginar. 

Nada que temer, pues. La rama masculina de la familia continúa soñando y el único componente femenino sigue muerto, exangüe y decapitado. El rechinar de dientes de gólem ha resultado no ser más que una simple fuga de sangre de la que sólo tiene la culpa un colchón demasiado fino. Sacudo la cabeza mientras me paso la lengua por los colmillos acanalados y me río para mis adentros, acusándome de asustadizo (¡Valiente vampiro psicópata estás hecho!, me recrimino), mientras desando mis pasos por la escalera y busco la puerta principal que forzara aproximadamente un par de horas antes. 

Ya en la calle y sin nadie más a la vista bajo la macilenta luz de las farolas, me permito marcar el paso tarareando a media voz Giant Steps, la divina melodía que generara una vez el talento de John Coltrane, excepcional saxofonista.

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