jueves, 28 de mayo de 2009

Tropismos 0 - Crisis 1

Y eso que Tropismos jugaba en casa, pero ni aun así ha podido remontar un marcador adverso, acribillado por los imparables arietes de esta crisis que amenaza con arrollarlo todo.


Me lo comunicaba ayer Belén Pereña, portavoz de esta pequeña pero selecta editorial Salmantina: Tropismos deja de existir como sello y se procederá a destruir todo su fondo de almacén. Noventa títulos publicados entre 2004 y 2007, un catálogo ecléctico y meritorio, sin fronteras, donde tenían cabida todos los géneros y extensiones.

Recuerdo que lo que me animó a enviarles el CV en su día fue enterarme de que estaban traduciendo a David Mitchell. Otra de sus novelas de ciencia-ficción, Jennifer Gobierno, la tradujeron al alimón dos de mis ex profesoras de TeI en Salamanca. Pilar Ramírez Tello, buena amiga y compañera de fatiga traductoriles, también colaboró con ellos... aunque no todas las novelas que tradujo verán la luz ahora, me temo.

Comenzaron su andadura con tropiezos, enfrentándose a traductores y correctores bisoños ("los diálogos ya sabes que tienes que marcarlos con rayas, no con comillas", me advertía una preocupada Belén por teléfono durante el transcurso de la conversación que habría de confirmarme como colaborador externo de la editorial; "claro, claro, eso es básico", repuse; "no te creas, que nos hemos encontrado cada cosa..."). Cuando llegó la hora de corregir mis primeras galeradas, la situación había cambiado, Tropismos empezaba a contar con verdaderos profesionales de cada especialidad y para mí, personalmente, siempre fue una delicia trabajar con ellos.

Quizá su gusto a la hora de elegir las cubiertas no fuera de los que entran por los ojos a la primera, y por lo que pude constatar recorriendo las librerías de Santander, tampoco su presencia en las baldas era todo lo visible que cabría esperar. No sé si estos factores bastan para explicar las escasas ventas que, a la larga, son lo único que determina la continuidad o el cese de una actividad editorial. Lo cierto es que de las tres novelas que traduje para Tropismos es muy difícil encontrar algún comentario en Internet; es casi como si nunca hubieran existido.


http://www.tropismos.com/html/img/p_gran/alquimiadese.jpg

La alquimia del deseo es la historia de una joven pareja, sin dinero pero locamente enamorada, con la India de fin de milenio como brillante telón de fondo. Obsesionados el uno con el otro, se trasladan de una pequeña población a la gran ciudad, donde el hombre, que sueña con convertirse en escritor, trabaja febrilmente en una novela, sin descanso salvo para satisfacer el deseo inagotable que siente por su bella esposa.
Tras recibir una modesta herencia, los amantes renuncian a la ciudad en favor de un brumoso espolón en las faldas del Himalaya y se instalan en una vieja casona que esperan que simbolice su amor. Al principio se entregan a su honda necesidad física con ímpetu ciego. Pero conforme avanzan las obras de acondicionamiento de la casa sale a la luz un conjunto de diarios redactados por la anterior ocupante, una glamorosa aventurera americana, y el narrador se descubre irresistiblemente apartado de su esposa, lanzado a otro mundo y otra época, empujado al precipicio de la historia. Cada vez más obsesionado con la otra mujer, paulatinamente empieza a desenterrar los turbios secretos que anidan en el corazón de su historia, hasta que la asombrosa verdad sale a la luz y todas sus certidumbres se tambalean.
Dotada de un ritmo vertiginoso y repleta de inventiva, rebosante de ideas y personajes memorables, La alquimia del deseo rinde homenaje al espíritu caótico de un país que atraviesa un momento de grandes cambios. Asimismo ofrece, con una prosa tan arrebatadora como lúcida, una conmovedora y profundamente sensual representación de la compleja química que forman el sexo, la ambición y el amor. Es ésta una gran novela, firmada por una de las voces nuevas más significativas de su generación.


http://www.tropismos.com/html/img/p_gran/miguelangel.jpg

Cyril Parks, un adolescente de catorce años, vive en la bahía de Morecambe, ciudad balneario del norte de Inglaterra, durante los años de la Primera Guerra Mundial. Huérfano de padre, su madre regenta un hotel, en el que atiende a turistas y clientes enfermos de tuberculosis que acuden en busca del aire del mar. Cy Parks reparte su tiempo entre la ayuda a su madre en los trabajos del hotel y las travesuras que realiza por la playa con sus amigos. Sus dotes para el dibujo le llevan a entrar como aprendiz en el taller de un extraño artista del tauaje, Eliot Riley, un personaje alcohólico y violento que le transmite su arte.
A la muerte de su madre y de su maestro, decide emigrar en busca de fortuna y de nuevas experiencias hacia América. Allí recala en el bullicioso paseo marítimo de Coney
Island, donde montará su propio negocio de tatuajes con el nombre de El Miguel Ángel Eléctrico. En este ambiente carnavalesco de montañas rusas y espectáculos de rarezas, Cy se enamorará de Grace, una misteriosa inmigrante rusa, acróbata y artista de circo, que le hace un sorprendente encargo: cubrir todo su cuerpo de ojos tatuados.

Enormemente atmosférica, exótica y familiar, El Miguel Ángel Eléctrico es una historia de amor y un retrato de exquisita factura sobre personajes fuera de lo común a ambos lados del Atlántico.


http://2.bp.blogspot.com/_2jAREIHA384/SR3EhD0-ENI/AAAAAAAAK-s/vPio4TGdNws/s320/marea_de_sangre.jpg

Corre el año 1932 y John Madden, antiguo inspector de Scotland Yard, vive retirado en la campiña de Surrey con su mujer, Helen, y sus dos hijos. Sin embargo, la tranquilidad de la que disfruta se termina cuando descubre en el bosque el cuerpo de una joven desaparecida atrozmente desfigurado. Conmocionado por lo que ha visto, se convence de que no es la primera vez que actúa el asesino... Los presentimientos de Madden se confirman al aparecer un segundo cadáver: hay un asesino múltiple suelto. A pesar de las reticencias de su esposa, se alía con sus antiguos compañeros y se sumerge en una nueva investigación criminal. El asesino, un psicópata autodidacta en un mudo de agentes secretos, es un genio del mal, y su capacidad de transformación ha hecho posible que tape sus huellas durante muchos años. Si Madden quiere ser más listo que él, tendrá que ir un paso por delante en la brutal danza que el asesino está realizando. No tardan en surgir nuevas conexiones en Alemania, donde los nazis están a punto de obtener el poder... Con Marea de sangre, segunda novela del autor protagonizada por John Madden, Rennie Airth se consagra como uno de los grandes narradores contemporáneos del género negro. Su primera novela, Río de tinieblas, fue publicada por Tropismos con una excelente acogida por parte del público.


No me queda sino desearles a Belén Pereña y a todo el equipo de Tropismos lo mejor para el futuro, y suerte con cualquiera que sea el proyecto en que se embarquen a continuación.

Ha sido un placer.

miércoles, 20 de mayo de 2009

So Ruhet In Frieden, de John Ajvide Linqvist

Tras el éxito cosechado en su país natal con la revisión-homenaje de la figura del vampiro que fue Déjame entrar, debut literario del sueco John Ajvide Linqvist, el autor decidió repetir fórmula y pegarle un capotazo a la temática zombi con Hanteringen av odöda, traducida este mismo año al inglés como Handling The Undead y al alemán en 2008 como So Ruhet In Frieden, algo así como "que en paz descansen".

Es esta última edición alemana, publicada bajo el sello Bastei Lübbe, la que empecé a leer hace un par de semanas y terminé hace apenas un par de horas, y todavía no sé si el capotazo que mencionaba antes se lo ha llevado la temática zombi o yo.


Lo primero es lo primero, el texto de contraportada:

Estocolmo, 13 de agosto de 2002: Un campo eléctrico se cierne sobre la ciudad, azotada por una fuerte ola de calor. La gente no puede apagar las lámparas, los electrodomésticos se resisten a dejar de funcionar. Un violento dolor de cabeza se propaga entre la población, se palpa el caos en el ambiente. Sin embargo, de repente, todo termina. ¿O no? Algo ha dejado de ser lo que era. Cuando el periodista jubilado Gustav Mahler recibe una llamada del hospital de la localidad, le cuesta dar crédito a sus oídos: Los muertos se están levantando...


Bueno, a partir de ahí uno se forma la película en su cabeza sin demasiados problemas: los pajaritos cantan, los muertos se levantan, y a correr, a correr por nuestras vidas.

Pues no.

Los muertos vivientes suecos están hechos de otra pasta y no agreden a nadie. Sencillamente se quedan ahí, descompuestos, mutilados, carbonizados, dándoles a sus seres queridos el susto de sus vidas y planteándoles el dilema del siglo a las autoridades del país.

No es tampoco la única concesión a la imprevisibilidad que se regala Lindqvist a lo largo de esta novela coral poblada de cómicos que no cuentan un solo chiste en todo el libro, periodistas inmunes a los cantos de sirena de la exclusiva, telépatas cuyo extraordinario talento no tarda en pasar a ser moneda de uso corriente, mesías que tan pronto abanderan nuevas religiones como se sumen en paralizantes crisis de fe... Muchos personajes para tres tramas principales que se imbrican con pulso irregular, algunos de los cuales se quedarán por el camino como pegotes de arcilla desechados por un alfarero impaciente, sustituidos por otros nuevos con los que el lector apenas si tiene tiempo, o ganas, de familiarizarse.

Se salva el libro de quedar reducido a una monumental boutade por un primer tercio magistral, plagado de descripciones evocadoras (casi puede sentir uno el dolor de cabeza que aqueja a los personajes, la tensión que impregna el ambiente) y arropado aún por la originalidad de la premisa inicial: Nuestros seres queridos han vuelto de la tumba... ¿y ahora qué? Casi desearía uno tener una excusa para pegarles un tiro en la cabeza y fuera, antes que soportar la carga emocional de tan antinatural coexistencia. Y también por un final redondo, o donde se atan por lo menos muchos hilos de la madeja donde Lindqvist parecía irse enredando sin remedio, aparentemente abrumado por un elenco de personajes excesivo.

Anna no notaba ningún cambio. Mahler había tapado a Elias con una manta blanca limpia, y sus manitas arrugadas vagaban a izquierda y derecha, dos patas de ave disecadas. Lo que contemplaba era un cadáver. El cadáver de su hijo. Qué distinto sería sólo con que abriera los ojos y la mirara. Pero bajo los párpados entrecerrados no había más que sendas películas de plástico sin vida, como lentes de contacto resecas. Nada.


La prensa de su país se ha apresurado ya a bautizar a John Ajvide Lindqvist "el Stephen King sueco", Hollywood tiene su obra en el punto de mira y Déjame entrar (novela y película por igual) no se cansa de cautivar al público y a la crítica. No está mal para un humorista reciclado en escritor de terror. Para mi gusto le falta todavía pasar la criba del relato, donde el género de su elección se muestra al mismo tiempo más exigente y gratificante, y espero con ganas la traducción a algún idioma que pueda leer de Pappersväggar ("paredes de papel"), antología que recoge sus incursiones en la distancia corta.

Dos orejas y rabo, maestro, pero la puerta grande tendrá que esperar.

martes, 19 de mayo de 2009

El espejo de bronce, de Delia Sherman

Ya sé que no se debe juzgar un libro por su portada, pero aun así, después de traducir uno con esta cubierta:



y verlo publicado por fin con esta otra:



no puedo por menos de alegrarme. Preciosa la ilustración de cubierta firmada por Edward Burne-Jones, y perfectamente adecuada a lo que podemos esperar en sus páginas.

En Albia, una Inglaterra medieval como podría haber sido, una tierra surgida de las baladas de los trovadores, se entrecruzan los destinos de tres personas que comparten lazos singulares:

William, que apareció una noche junto al palacio real de Albia, mojado y magullado, buscando cobijo, y que gracias a sus habilidades como administrador y herborista asciende rápidamente en la escala de la servidumbre hasta convertirse en chambelán del rey, pero cuya frialdad, reserva y aparente desinterés por el género femenino despiertan recelos y hacen pensar que oculta un oscuro secreto...

Margaret, la Hechicera de la Torre de Piedra, dueña de los vientos, señora y esclava de su espejo mágico de bronce, que le ha profetizado que perecerá por obra de su propia sangre, y que en consecuencia ha desatado un vendaval de calamidades sobre su hija, dada en adopción al nacer...

Y Lionel, rey de Albia, un joven rubio y apuesto cuya primera decisión como monarca, declarar la guerra a su vecino del norte a instancias de su favorito, Robert, se saldó con la derrota de su ejército y la muerte de Robert, y que ahora, indeciso y vulnerable, siente una extraña atracción por su nuevo chambelán.

Delia Sherman ha dado nueva vida a las viejas baladas inglesas en una historia de pasión y venganza, narrada con la viveza del cronista y el colorido de la gran narradora fantástica que es.

domingo, 17 de mayo de 2009

Diez verdades sobre el oficio de escribir, por Andreas Eschbach

Cuando hace apenas unos días que hablaba del reciente regreso del alemán Andreas Esbach al universo de Los tejedores de cabellos, descubro gracias a su página oficial que el prolífico escritor tiene ya la publicación de una nueva novela prevista para este mismo año, a saber:



Según los textos publicitarios, König, Kanzler, Vaterland narra las vicisitudes de un programador que averigua la manera de manipular el recuento informatizado de votos. Con mención especial para las polémicas elecciones presidenciales de los EE.UU. del año 2000. Árido tema que Eschbach a buen seguro sabrá exprimir todo su jugo.

Pero no venía yo a hablar de eso, sino de otro apartado del portal oficial del autor, concretamente el titulado Übers Schreiben, "sobre la escritura". Entre distintos artículos relacionados con las herramientas del escritor, desde la planificación del guión al desarrollo de los personajes, pasando por el tratamiento de los diálogos, Eschbach cuela una suerte de decálogo que pretende abordar algunos mitos y leyendas que rodean el oficio de escribir.

Por si a alguien más le parece tan interesante como a mí saber qué opina un escritor de la escritura, me permito reproducir una breve sinopsis de cada apartado, intentando seguir la misma estructura que el texto original:

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1) Escribir significa hacerse rico.
La verdad es que la mayoría de los escritores nunca llegan a vivir exclusivamente de la escritura.

2) Escribir significa hacerse famoso.
La verdad es que incluso los autores de best-sellers no son más que famosetes de tercera: Sólo si tienen que rellenar algún hueco recurrirán los medios a ti. Noticia se considera sólo la muerte de un escritor.

3) La vida de un escritor está llena de emociones.
La verdad es que la mayoría de los escritores llevan una vida completamente anodina, llena de horas a solas en su cuarto, escribiendo.

4) Escribir es lo mismo que perdurar.
La verdad es que la mayoría de las novedades gozan de una vida efímera. El libro de bolsillo que no se vende bien desde el principio desaparece de los estantes a los dos o tres meses; medio año en el caso de los libros en tapa dura.

5) Escribir poesía demuestra talento literario.
La verdad es que casi todo el mundo atraviesa tarde o temprano una fase de su vida durante la cual se acrecienta su interés por la poesía, sobre todo en la adolescencia, caracterizada por emociones tan tumultuosas como exacerbadas.

6) El escritor debe aspirar a la excelencia literaria, todo lo demás carece de valor.
La verdad es que uno sólo puede escribir lo que también le gustaría leer.

7) Escribir tiene truco.
La verdad es que en ninguna otra parte está todo tan a la vista como en un texto escrito.

8) Uno sólo puede escribir cuando está inspirado.
La verdad no podría ser más distinta: Uno sólo puede disfrutar de la inspiración mientras escribe.

9) Lo mejor que puede hacer uno con su novela recién terminada es enviársela directamente a alguna editorial.
La verdad es que sería mejor que el autor se olvidara de esa novela por algún tiempo, que pensara en otra cosa durante un mínimo de seis semanas, o mejor todavía, tres meses, y que después la sacara del cajón y se la volviera a leer de cabo a rabo.

10) Cuando una editorial busca autores, lo anuncia.
La verdad es que algunas editoriales publicitan que buscan nuevas promesas, pero lo más habitual es que sean los mismos autores quienes tomen la iniciativa y envíen sus manuscritos "sin cita previa" a aquellas editoriales con las que ya estén familiarizados como lectores.

10+1) Para publicar un libro hay que pagar.
La verdad es que esto es una leyenda que algunas agencias de "coedición" sin escrúpulos no se cansan de difundir.

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Sobre el undécimo apartado "la verdad es que" Eschbach descarga una mala leche poco contenida a la que mi somera traducción no puede hacer justicia, se nota que el tema le toca bastante la fibra sensible.

Y sí, lo reconozco, un decálogo de once puntos queda raro, pero espero que me sepáis perdonar la libertad.

jueves, 14 de mayo de 2009

The Raw Shark Texts, de Steven Hall

A propósito de Prospectiva, leo en la actualización de hoy, firmada por Ismael Martínez Biurrun, que la editorial Salamandra se ha llevado un buen batacazo de ventas con La memoria del tiburón, de Steven Hall. Un somero vistazo por encima a los resultados de Google me confirma que no sólo se ha vendido poco sino que, además, entre los pocos que se han comprado el libro la opinión generalizada es que éste es una mierda pinchada en un palo.


Como no podría estar más en desacuerdo con este sentir popular, aprovecho la tesitura para rescatar la reseña que escribí en su día para esa extinta C de la que hablábamos antes.

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«Lo primero es lo primero, no pierdas la calma...». Éste es el consejo que, desde la portada de su debut novelístico, le da el autor británico Steven Hall a Eric Sanderson, personaje principal de The Raw Shark Texts, surrealista cóctel de tecnothriller y fantasía trufado de referencias a la cultura popular, particularmente del cine y la literatura.

La historia comienza con una escena que recuerda poderosamente a la película Memento, con un Eric Sanderson que se despierta un buen día sin saber dónde está ni quién es, desaparecidos sus recuerdos. El lector no tarda en intuir que esta situación quizá no sea tan inusitada, después de todo, pues el desmemoriado Sanderson pronto habrá de toparse con una serie de pistas, en forma de cartas y paquetes, que le ayudarán a comprender el porqué de su amnesia... pistas dejadas por alguien que firma como el «Primer» Eric Sanderson.

Si bien las primeras páginas de la novela discurren por cauces no demasiado originales –entra en escena una psicóloga que está al corriente de la peculiar condición de Sanderson, se nos presenta por medio de flashbacks a Clio, su gran amor, desaparecida años atrás en extrañas circunstancias durante las vacaciones de la pareja en la isla griega de Naxos...–, o al menos poco imprevisibles, las cosas se ponen interesantes cuando Sanderson comienza a seguir el rastro de su pasado y descubre algo que hará que se tambalee su ya de por sí precaria cordura:

Sus recuerdos se los ha comido un tiburón.

Pero no un tiburón cualquiera, sino un Ludovician, el mayor y más peligroso depredador de la familia de los peces conceptuales, seres que nadan en el océano formado por el subconsciente colectivo de la humanidad, sus sueños y temores, sus anhelos, filias y fobias, alimentándose de nuestros sueños y sentimientos... y, sí, también de nuestros recuerdos.

Partiendo de esta base, Steven Hall se lanza a la valiente labor de emular a autores de la talla de Jonathan Carroll, Haruki Murakami o David Mitchell, e imbrica su poderosa imaginería fantástica entre escenarios y situaciones decididamente corrientes, sin dudar en echar mano de todos los trucos de la literatura ergódica –al estilo de Mark Z. Danielewski en su magistral House of Leaves– para imponerle su propio ritmo al lector, que se descubrirá subiendo y bajando escaleras, gateando por pasadizos o hundiéndose bajo las olas a la vez que sus personajes, obligado por el peculiar diseño de algunas de las páginas.

 Hall, pese a hacer gala de una prosa eficaz, se relaja demasiado cuando se trata de acabar de perfilar sus personajes, algunos de ellos abocetados apenas en las más de 400 páginas de la novela. –Víctimas especialmente crueles de esta desidia por parte del autor son sus antagonistas, como el intrigante Mr. Nobody, que podría haber dado mucho más de sí, o el enigmático Mycroft Ward, verdadero motor en la sombra que, a su manera, impulsa toda la trama; únicamente el voraz e implacable Ludovician goza de una presencia palpable a lo largo de todo el libro.– Asimismo, aunque algunos de los elementos puramente fantásticos presentes en The Raw Shark Texts resultan lo bastante fascinantes por sí solos como para obviar el hecho de que su creador no se tome la molestia de abundar en el cómo y el porqué de ellos –la ya mencionada fauna marina conceptual, las brillantes defensas anti-Ludovician como los dictáfonos o los búnkeres de papel impreso–, otros, como la endeble idea del «un-space», se podrían haber beneficiado de una mayor atención por parte del autor.

También peca Hall, por desgracia, de inseguridad a la hora de decidir si tomarse en serio a sí mismo o no, lo que a la larga puede terminar por despistar al lector. ¿Son las innumerables referencias a Casablanca, El mago de Oz, Tiburón, etc., un puntal imprescindible para construir su novela? ¿O se trata, por el contrario, de simple churriguerismo pop, guiños de y para la «generación Nocilla», puramente ornamentales y desprovistos de ulteriores significados ocultos? ¿Es «verdad» lo que le ocurre a Eric Sanderson, o se trata éste tan sólo de un pobre diablo, desquiciado por la trágica pérdida de su amante?

Cada lector encontrará sin duda su propia respuesta a estos interrogantes. No en vano, ni por casualidad, el título de la novela guarda una sospechosa similitud fonética con el nombre de cierto test de psicodiagnóstico basado en la interpretación de manchas de tinta...

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Lástima de mala acogida que parece haber recibido esta opera prima de Hall. Yo, por si sirve de algo, sigo recomendándola y deseando que algún día se abran por fin de par en par las compuertas de la comercialidad en España a este tipo de literatura tan sugerente y onírica.

Ausgebrannt, de Andreas Eschbach, en Prospectiva

Como si de un participante tardío a la convocatoria del Premio Espiral de Ciencia Ficción 2003 se tratara, el escritor alemán Andreas Eschbach vertebra su último éxito de ventas en su país de origen sobre la premisa de la escasez de petróleo, tema que ya había tocado en menor profundidad en su ensayo Das Buch von der Zukunft (El libro del futuro), donde Eschbach se dedica a teorizar y especular sobre el efecto del desarrollo de las nuevas tecnologías y su impacto sobre nuestra sociedad actual a años vista [seguir leyendo]

La reciente desaparición de C nos ha dejado un poco (más) huérfanos de reseñas a todos los aficionados a la literatura fantástica. Y si a los que seguían las críticas de libros se les ha quedado ahora un hueco libre en su columna de favoritos, para mí, como colaborador, la pérdida es doble: no sólo me quedo con menos que leer, sino que además me quedo con casi ningún sitio donde escribir. O casi.

Gracias a la amable invitación de Ignacio Illarregui, Nacho para los amigos, contertulio santanderino e infatigable impulsor de mil y una iniciativas relacionadas con el fantástico, desde hoy puedo contarme orgulloso entre los colaboradores de otra página núbil aún, Prospectiva, enfocada a hablar de la ciencia-ficción en todas sus vertientes.

Lo cierto es que tanto Prospectiva como Nacho tienen parte de culpa en la aparición de ésta vuestra bitácora: Uno lee mucho, pero no todo es reseñable, ni todo lo reseñable es ciencia-ficción. Así que me dije, ¿y qué hago yo ahora con todas esas novelas que son fantasía, o terror, o ni lo uno ni lo otro? Porque con los años he descubierto que me gusta escribir reseñas, y mucho. Vale que no siempre, pero sí que hay libros que parecen pedirte a gritos que hables de ellos, que le digas al mundo qué te han parecido.

Uno de estos libros es Ausgebrannt, lo penúltimo del genial alemán Andreas Eschbach, a quien tuve el placer de conocer personalmente en Gijón hace... ¿cinco años ya? Cómo pasa el tiempo. Con una reseña (o reflexión, según los criterios de publicación de la página) de esta interesante novela inauguro la que espero que sea una larga colaboración con Prospectiva. No será, eso seguro, lo último que escriba sobre Eschbach, pues en La Pila se encuentra ya Quest, la prometedora continuación de Los tejedores de cabellos.



Qué ganas de hincarle ya el diente...

martes, 5 de mayo de 2009

Slam, de Nick Hornby

Es una de esas verdades universales en las que muchos no nos fijamos hasta que nos muerde en el culo, pero no por hacer uno la vista gorda es menos cierto: Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa. Los balancines de madera pertenecen a la infancia, el porno es la patria y bandera de la pubertad, el estreñimiento y la cachava no perdonan al anciano. Luego uno puede retorcer este axioma e intentar plegarlo a su voluntad (el jubilado retoma con afán las maquetas de trenes de su niñez, el cuarentón atiza las ascuas de su libido con pornografías nunca soñadas en su adolescencia), pero a la larga creo no errar por mucho si digo que todo, o casi todo, está compartimentado y tarde o temprano nos encontramos abriendo desconocidos cajones vitales cuyo contenido, sin embargo, no nos sorprende.

La perspectiva de paternidad me ha levantado ese velo de los ojos. Sin duda antes había los mismos niños jugando en la calle, las mismas mamás empujando carritos en el centro comercial y los mismos balones rodando ominosos por el centro de la carretera (si hay algo que vaticina la pronta aparición de un infante, más que el retraso de una menstruación o los errores de cálculo a la hora de dar marcha atrás durante el coito, es una pelota vagando por la calle), pero nunca antes había visto yo todo esto tan diáfano ni lo había tenido jamás tan presente. Si el niño del Sexto sentido veía muertos a veces, yo veo churumbeles a todas horas. Ejemplo práctico: Descubro una película que me gusta, Zack And Miri Make A Porno, de Kevin Smith, y como me hace gracia el protagonista (el cachondísimo canadiense Seth Rogen) me propongo ver otra cinta donde salga él. ¿Y qué es lo siguiente que cae en mis manos? Knocked Up, comedia romántica que trata, como su nombre bien indica, de un embarazo de penalti. Está graciosa Knocked Up, por cierto, pero me quedo con la de Zack y Miri. 

O hablemos si no de lecturas: Emprendo una de mis habituales batidas de caza por las librerías y me llama la atención la portada de Slam, de Nick Hornby, escritor que conocía de nombre pero que nunca me había dado la impresión de ser plato de mi gusto. La portada es esa misma de más arriba, por cierto, las siluetas de los skaters en la U. Como de jovencito me gustaba el monopatín, le doy al libro el beneficio de la duda necesario para leer la contraportada, cuyo texto viene a rezar en uno de sus párrafos: «Then a little accident happens. One with big consequences for someone just finding his way in life. Sam can't run (let alone skate) away from this one. He's a boy facing a man's problems and the question is – has he got what it takes to confront them?» Total, que me pica la curiosidad y voy un paso más allá: Abro la novela por una página al azar y leo que el protagonista puede viajar al futuro gracias a un poster de Tony Hawk. El estilo parece intrigante y divertido. Me digo, a ver si voy a estar perdiéndome a alguien en plan Jonathan Carroll o así. Y pico. Y me compro el libro. 

Y luego resulta que va de embarazos. 

No sólo eso, sino que la novela está dirigida a esos misteriosos Young Adults (algo que no se menciona ni en la portada ni en la contraportada que me condujeron a esta trampa) que las editoriales americanas todavía consideran un target válido, cuando todos sabemos que los jóvenes leen hoy menos que nunca, y por consiguiente atufa al clásico barniz entre edificante y condescendiente que desprenden las obras de, digamos, un Paulo Coelho cualquiera. Pero para cuando me doy cuenta de mi error ya es tarde, llevo un buen montón de páginas y no me gusta dejar los libros a medias. Además, tampoco está tan mal, el protagonista es un cretino y la historia de principio a fin predecible, pero a ratos despuntan conatos de agradable humor blanco. Y va de embarazos. Y yo voy a ser padre. Y estoy ya hasta los mismísimos de empacharme de manuales del buen papá y qué esperar cuando se espera un bebé, así que me tomo este giro de la rueda del karma con resignación y me leo Slam hasta el final.

Tras lo cual decido dedicarle una entrada en mi blog porque, aunque no tenga nada ni remotamente reseñable, me lo pide el cuerpo. Será porque hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa, y ahora era el momento de hablar de libros que no son lo que parecen, o de las cadenas del determinismo, o de esas sensaciones tan extrañas que nos asaltan a los que no sabemos qué esperar cuando estamos esperando un bebé.

101 traducciones

Como los dálmatas, sí, e igual de revoltosas. Mucho se han hecho esperar los alegres funcionarios de la Agencia del ISBN en actualizar su base de datos, pero por fin puedo presumir de haber rebasado la psicológica barrera de los cien títulos.


En realidad el recuento no es exacto, claro. En la rampa de lanzamiento de varias editoriales aguardan cuatro o cinco traducciones sin publicar todavía, y por tanto sin su correspondiente alta en el registro del ISBN, que compensan las cuatro o cinco imprecisiones que salpican la lista por variados motivos: baile de apellidos, reediciones, etcétera. No están todas las que son, por tanto, pero sí son todas las que están.

101 traducciones desde la primavera del 2000, nueve añitos ya al pie del cañón desde que tradujera mi primer suplemento de rol a boli en una libreta de espiral, en una residencia de estudiantes escocesa; disfrutando como el primer día con mi trabajo (más, si lo pienso bien) y sin dejar de aprender algo nuevo con cada libro que pasa por mis manos.

Cuatro encargos más apalabrados para lo que resta de año, y a partir de ahí, crisis mediante, espero que otros cien más. Por lo menos.

viernes, 1 de mayo de 2009

Incomprensión lectora

Lo leía por enésima vez hace unos días en otra bitácora:
"[...] Sea porque el autor escribe de forma confusa, o porque el traductor no ha hecho bien su trabajo, el caso es que me resultaba difícil comprender el texto [...]".
El texto al que se refiere es una simple novela de ciencia-ficción, no un tratado de evaluación organoléptica ni un manifiesto gnoseológico camuflado... o sí, a quién quiero engañar, la novela es todo eso y mucho más, en realidad no tiene nada de "simple", por eso requiere para su disfrute de lectores menos pagados de sí mismos que no consideren, y cito textualmente, "huevos requemados, con la clara sin cuajar, la yema dura y un chorizo de tercera", aquellos libros que necesiten algo más que la simple acción de saltar con la mirada de una palabra a otra para resultar plenamente satisfactorios.

Los comentarios de este tipo se repiten cíclicamente en las publicaciones -virtuales o de papel, profesionales o amateur- dedicadas a reseñar obras literarias, pero su carácter machacón no  reviste de mayor autoridad el motor falso que las impulsa, a saber: Si leer esto se me hace cuesta arriba es porque el escritor/traductor escribe/traduce como el culo, porque a leer a mí no me gana nadie. E incluir esa condescendiente nota de incertidumbre (a lo mejor el autor es un portento de claridad y concisión literarias, será el traductor el que se hace la picha un lío) tampoco contribuye precisamente a ensalzar las cualidad lectoras del crítico. Porque, veamos, ¿cabe realmente albergar esa duda?

Hasta el cuento de Caperucita traducido a lo manco puede levantar sarpullidos en la piel del lector, pero sin duda éste sabrá ver que algo ocurre ahí, que la sencillez consuetudinaria al texto no da para justificar ese vértigo que le produce su lectura. Y el manual de instrucciones más enrevesado se puede complicar todavía más si quien lo tradujo a la lengua materna del lector objetivo hizo un trabajo descuidado o directamente negligente. Pero en cualquier caso, la calidad de la traducción será palpable, nada justifica el decir "no sé si la culpa de mis vahídos se debe a X o a Y". O nada lo justifica, al menos, si quien se lanza al ruedo con esa aseveración pretende colgarse al mismo tiempo medallas de lector competente.

Lo que más me molesta (en el plano personal) y preocupa (en el profesional) es que la ligereza con que se emiten estos juicios da pie a potentes reacciones en cadena de carácter calumniador. Involutariamente calumniador, pero calumniador al fin y al cabo. Es decir, alguien lee una opinión como la citada más arriba y añade: "Lo he leído en inglés [...] cosa que no sé si influye porque no sé cuán buena es la traducción", y ya está puesta la primera piedra en el camino, de repente es justo y necesario dudar de la calidad de la traducción. A veces las reacciones de este tipo tienen la mecha corta y pueden olvidarse pronto, pero otras se prolongan más allá de lo que uno creería posible y se convierten en el típico "pues no sé dónde leí que la traducción es una mierda, mejor píllatelo en versión original" que tan de pena queda en el currículo de cualquier profesional de la traducción, ahora que somos cada vez menos invisibles.

Y todo porque el lector no ha hecho bien su trabajo.

Las frases entrecomilladas atribuidas a terceros, citadas aquí por razones puramente de documentación, de esta entrada pueden encontrarse en el siguiente ENLACE. Si he omitido nombres y títulos se debe exclusivamente al carácter disquisitivo de mi reflexión, libre de alusiones personales.
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