jueves, 31 de diciembre de 2009

Das Buch der Lügen, de Brad Meltzer


No me imaginaba capaz de comprar un clon del Código Da Vinci, pero es que esta novela del escritor y guionista de cómics Brad Meltzer oscilaba delante de mis narices con un suculento gusano ensartado en el anzuelo de su contracubierta: la investigación de la relación entre el asesinato del padre de Jerry Siegel, uno de los creadores de Superman, y el arma del primer asesinato de la historia (versión judeocristiana). Al final, como cabía esperar, he terminado arrepintiéndome de haber picado con un cebo tan burdo, pero tampoco tanto como me temía; la novela de Meltzer se redime en parte gracias a que arroja algo de luz, da igual lo tenue que sea, sobre una intrigante parte de la historia del origen del Hombre de Acero.

Das Buch der Lügen (traducción literal al alemán del título original, The Book of Lies) aprovecha la vaguedad del Génesis a la hora de relatar el asesinato de Abel a manos de su hermano Caín para sugerir la existencia de una misteriosa arma del crimen codiciada por la fraternidad secreta de turno, con su inevitable relación traída por los pelos con el nazismo. Estas gotas de fantasía las añade el autor a unas generosas dosis de intrigante historia real (el ya mencionado asesinato sin resolver del padre de Jerry Siegel, caso aparentemente real) para conferirle a su creación un curioso sabor a combinado de lo más burdo de la imaginación de Dan Brown y lo más chabacano del periodismo de investigación, aunque en honor a la verdad debo decir que la parte relacionada con la historia de los Siegel está llevada con bastante dignidad y respeto.

Pocas virtudes más tiene la novela: ni los personajes se hacen querer, ni la encorsetada trama se rebela contra las limitaciones implícitas del subgénero al que pertenece, ni los giros argumentales escapan al ridículo por exageración, ni el final consigue sorprender desligándose de la obligatoria y previsible vuelta de tuerca final. Novela curiosa para los amantes del cómic y lectura poco exigente para las largas noches de invierno, tampoco le vamos a pedir peras al olmo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Historias Asombrosas 4


Reza la Ley de Sturgeon que el noventa por ciento de lo que se publica es basura, pero está claro que si uno le pone ganas y empeño es más que factible acercarse al 100% ideal.

No logran el pleno absoluto los responsables de Historias Asombrosas en esta cuarta entrega de su guadianesca revista, aparentemente alérgica a la periocidad constante y a la uniformidad de criterio en la selección de sus contenidos, pero no será por falta de empeño.

Para este especial HA Online se ha decidido prescindir de presentaciones superfluas (aunque no hubiera estado de más siquiera un escueto editorial que explicara qué significa eso de «especial HA Online», o que intentara justificar el retraso en su aparición... o de cualquier otro tipo), así como de información sobre los relatos o los autores (que sí venía apareciendo en los números anteriores) y de colofones reflexivos (cortesía de firmas como las de Alfonso Merelo o Domingo Santos en números previos).

Así, despojada de adornos, ausentes por completo los grandes nombres que nos han obsequiado con su imaginación desde sus páginas (por las que han pasado, entre otros, Javier Negrete, Elia Barceló, Rafael Marín, Víctor Conde, Santiago Eximeno, Pilar Pedraza o Laura Gallego, amén de noveles tan prometedores como Anabel Zaragozí), olvidados los requisitos mínimos de la corrección de estilo (ni un solo relato se salva de contener sonrojantes faltas de ortografía y errores de principiante en la puntuación de los diálogos), Historias Asombrosas 4 deviene en un deslucido escaparate para los autores que nos presenta, seguidores en su mayoría de ese nuevo credo que promueve el ahorro de páginas y fomenta el giro final sorpresa en los cuentos, tanto menos sorprendente por cuanto reiterativo (a propósito de esto escribió Sergio Mars una interesante entrada en su bitácora). Menos El ojo de mirada interior, módulo para la Llamada de Cthulhu historia larga de Pablo Bermejo, el resto de relatos contenidos en HA4 podrían calificarse de microrrelatos hipertrofiados.

En fin, yo lo siento por los autores, presentados de forma tan chapucera, y por los compradores, cuyos 3,50€ podrían haberse empleado de mil maneras más provechosas. Con esta decepcionante cuarta entrega termina mi suscripción a la revista, la cual no pienso renovar por ahora. Lástima de proyecto, nacido con una ambición y un empuje que se han ido diluyendo hasta quedarse prácticamente en nada con el tiempo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

The Solaris Book Of New Fantasy


Lo más granado del panorama fantástico y algunos (al menos para mí) ilustres desconocidos se dan cita en esta antología de la editorial Solaris para conformar un atractivo popurrí de subgéneros (heroica, surrealista, épica, weird...), aliñado por parte de George Mann con interesante información biográfica de cada uno de los autores. Había leído poca fantasía este año, concentrado principalmente en obras de ciencia-ficción y misterio, pero esta recopilación, pese a sus altibajos, me ha vuelto a abrir el apetito. Echemos un somero vistazo a su contenido:

Who Slays the Gyant, Wounds the Beast, de Mark Chadbourn: Abre la antología un relato de misterio ambientado en una Inglaterra alternativa, poblada de hadas y otros seres no menos fantásticos, escrita con atención a los personajes, lastrada tal vez por un ritmo demasiado rápido y una inmersión demasiado brusca en el mundo propuesto, pero no por ello menos disfrutable. Mezcla de Conan Doyle y Susanna Clarke, bien escrita.

Reins of Destiny, de Janny Wurts: Ligero tropezón en este relato de la prolífica (aunque desconocida en España... quizá para bien) escritora e ilustradora, buena amiga de Raymond E. Feist, con quien parece compartir el gusto por la sencillez narrativa (bien) pero no por la prosa clara (mal). Para no decir nada bueno, mejor no decir nada, así que corramos un tupido velo.

Tornado of Sparks, de James Maxey: Ah, los dragones... ¿Qué sería una antología de relatos fantásticos sin ellos? Maxey intenta apartarse de los estereotipos dotando a los suyos de consciencia y otras cualidades antropomórficas, pero incluso esto empieza ya a estar demasiado visto. Aunque se deja leer con agrado, su brevedad tampoco supone ninguna contrariedad.

Grander than the Sea, de T. A. Pratt: Una hechicera se propone resucitar a un dios marino con bastante mal genio en esta divertida pero intrascendente fantasía urbana con agradables diálogos humorísticos que allana el terreno para el peso pesado al que antecede:

The Prince of End Times, de Hal Duncan: Gracias a La Factoría de Ideas, Hal Duncan no necesita presentación en nuestro país, donde ya se han publicado Vellum y Tinta, dos novelas que conforman un arriesgado golpe de timón para alejarse de los caminos más trillados de la fantasía. Pese a la elevada calidad literaria de su obra, sin embargo, Duncan corre peligro de encasillarse como autor de culto y volar por debajo del radar del lector medio habitual del género. Cuentos como este The Prince of End Times (poético, onírico, exigente con el lector) no hacen sino reafirmarme en la opinión de que eso sería una auténtica lástima.

King Tales, de Jeff VanderMeer: Injustamente ignorado en España, donde su Veniss Soterrada parece no haber gozado de las ventas necesarias para justificar la publicación de más muestras de su (muy prolífica) obra, VanderMeer nos regala en esta ocasión un tríptico de fábulas con sus raíces bien enterradas en la tradición oral del género. De notable muy alto.

In Between Dreams, de Christopher Barzak: Mientras leía esta historia no pude evitar acordarme de la novela de Steve Erickson, The Sea Came In At Midnight, ya reseñada en esta bitácora: un paciente moribundo, una joven que lo atiende en el anonimato y un onírico cordón umbilical que los une; el vocabulario evocador, el aire de irrealidad que lo impregna todo... El enternecedor cuento de Barzak brilla con luz propia, no obstante. Una de las pequeñas joyas de esta antología.

And Such Small Deer, de Chris Roberson: Repaso a la figura de Van Helsing, ambientado en un sugerente entorno exótico y con (medio previsible) sorpresa final incluida en forma de la identidad del «villano» de la historia.

The Wizard's Coming, de Juliet E. McKenna: Cómo me ha recordado esta mujer a una de mis escritoras favoritas, Robin Hobb. La única pega es que su relato se entiende poco y mal aislado de la serie de novelas de Einarinn sobre la que se cimienta, lo que dificulta considerablemente la inmersión del lector en esta, por lo demás, trepidante historia de espada y brujería con grandes dosis de acción. Sugerente tarjeta de presentación de una autora de la nunca había leído nada, pese a no ser ni mucho menos una recién llegada al género.

Shell Game, de Mike Resnick: Un detective arquetípico inmerso en un entorno y rodeado de unos personajes secundarios atípicos es el protagonista de esta divertida historia trufada de diálogos ingeniosos, muy divertida. Siempre es un placer leer algo de Resnick, y este cuento, pese a su espíritu de mero divertimento, no es ninguna excepción.

The Song Her Heart Sang, de Steven Savile: Prepubescente historia de amor medio romántico, medio carnal, y la búsqueda en la que se embarca el protagonista por conquistar el corazón de su amada. Final mil veces ya visto para un relato cuyas primeras páginas presagiaban algo bastante más interesante.

A Man Falls, de Jay Lake: Una sociedad subterránea y su rivalidad con otra cuyos dominios son el día y el aire, un chico desobediente y unas misteriosas monturas similares a aves gigantes... un final precipitado y confuso que lo echa todo a perder.

O Caritas, de Conrad Williams: En un Londres postapocalíptico, los privilegiados viven refugiados en las plantas más altas de los edificios mientras el resto de los habitantes de la ciudad sobrevive como puede entre los escombros del pasado. La pretendida tensión inicial pronto se desinfla en cuanto el lector va pasando las páginas y comprende que, pese al esfuerzo del autor por dotar de carácter al escenario, al final desatiende imperdonablemente la necesidad de hilvanar una trama coherente.

Lt. Privet's Love Song, de Scott Thomas: Comienza a vislumbrarse la guinda del pastel de esta colección de relatos con una divertida historia a lo Piratas del Caribe donde no faltan ni los enredos románticos ni los barcos fantasma. Escrita sin aspavientos, con las ideas muy claras y la inspiración necesaria para llevar al lector de la mano hasta su satisfactorio final. Para mi gusto, digno segundo favorito detrás de:

Chinandega, de Lucius Shepard: Para mí, el mejor relato de toda la antología. Por atmósfera, por argumento, por temática, por la firmeza de la narración... no puedo precisarlo, pero la historia de Shepard (ambientada en una ciudad fantasma donde el realismo mágico es el pan nuestro de cada día, poblada de personajes tan enigmáticos como seductores y siniestros) encaja por completo con lo que me gusta leer como seguidor de la fantasía y el terror. Matrícula de honor, por mi parte.

Quashie Trapp Blacklight, de Steve Erickson: Bañeras voladoras, animales parlantes, mimbres surrealistas para tejer un tapiz hilarante, digno del Pratchett más pasado de rosca. Nada que ver con la serie que lo ha encumbrado a la fama y le ha abierto las puertas del corazón de todos los aficionados a la fantasía épica más desorbitada, pero no por ello menos recomendable. Divertidísima muestra de la versatilidad de este gran escritor.

Tras el buen sabor de boca dejado por sus antologías de ciencia-ficción, me apetecía ver qué cuentos reunía el veterano George Mann en esta antología de corte fantástico, en el sentido más amplio de la palabra. Como se desprende de mis comentarios, el resultado final no decepciona, pero tampoco deslumbra.

Una reflexión al aire: se diría que la extensión corta se les está quedando ídem a los abanderados de la fantasía contemporáneos, que parecen tener muchos más problemas que sus equivalentes de la ci-fi y el terror a la hora de crear historias capaces de cautivar al lector y sostenerse por sí solas, sin el armazón de las 600 o más páginas, o de los X volúmenes.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las tildes sobre las íes


Cualquiera diría que apellidarse García es fácil, ¿verdad? Quiero decir, ¿cuántos García debe de haber en España? ¿En Sudamérica? ¿En el mundo? Seguramente menos, pero que muchos menos de lo que nos imaginamos.

La cuestión es que yo pensaba que había traído otro García al mundo (mi mujer, más bien), pero el caso es que después de los dolores del parto comenzaron otros igualmente interminables y bastante más irritantes: los de la burocracia alemana. Cualquiera que sea padre sabrá la de vueltas que le dan uno y su pareja a la cabeza hasta encontrar un nombre que les guste a los dos. Tras conseguirlo y salir medio indemnes, para nosotros comenzó la segunda fase: decidir si apellidábamos a nuestro hijo según la legislación alemana (un solo apellido, por lo general el del padre), o la española (dos apellidos, el primero del padre y de la madre). Nos decantamos por esta segunda opción, cruzando los dedos para que no se nos atragantara la proverbial cuadratura de la cabeza germana, tan magnificada en los entes que se dicen trabajadores del funcionariado alemán.

Para nuestra sorpresa y alivio, nadie nos puso la menor pega: el niño podía llevar tanto mi primer apellido como el de su madre, faltaría más. A ver, usted, Herr García, documento de identidad y terminamos. Sí, cómo no, ahí tiene mi pasaporte. Wunderbar, pues nada, que tengan ustedes buen día. Y usted que lo disfrute.

Hasta que tras unas cuarenta y ocho horas aproximadas de incubación, saltó la fiebre del virus administrativo en forma de llamada telefónica, ejecutada por una amable señorita que nada más quería informarme de que mi hijo al final no iba a constar como García en su fe de nacimiento, no qué va, sino como ¡tachán! Garcia. Sí, eso, sin tilde. ¿Pero por qué? Pues porque ése es el apellido que consta en su pasaporte, GARCIA. Ah, bueno, pero eso es porque... Que nos da igual, llamaba nada más que para avisar, eso es todo. Vale, pero es que yo no me llamo Garcia, sino García... ¿Tiene algún documento de identificación que lo atestigüe? No voy a tener, pues claro, a ver el DNI... erm, no, nada... el carné de conducir... jopelines, pues tampoco, en todas partes aparece García en mayúsculas y sin tilde que valga. Na gut, pues ya sabe, con Garcia se queda su Kind.

Esa fatídica llamada de teléfono fue la primera en una serie de ellas que, como tambaleantes fichas de dominó, empezaron a repicar lúgubremente a lo largo de varios días entre nuestra residencia y diversas entidades gubernamentales a ambos lados de Francia. Al final se me dio una última opción para salvar la integridad ortográfica del apellido de mi hijo: presentar mi certificado de nacimiento y demostrar que en él consto como García y no como Garcia. Tampoco era ése el caso, pero el más que amable juez de paz del ayuntamiento de Sodupe, en la Vizcaya que me vio nacer, con quien tuve el gusto de hablar por teléfono cuando aquí ya se habían lavado las manos hasta en el consulado español de Stuttgart, accedió a redactarme un nuevo certificado de nacimiento, con una tilde bien grandota encima de la I.

A los alemanes no les gustó: parece que se le ha ido la mano y la tilde lo mismo podría valer para la I que para la A. Queremos otro, todo en mayúsculas y mecanografiado para que no haya dudas. Llegados a este punto empezaron a crecerse demasiado e incluso dejaron caer como que querían que me sacara un nuevo pasaporte, con tilde cómo no, pero ahí ya tuve que ponerme un poco borde y apelar a su sentido común, bitte. En fin, gracias nuevamente al heroico y sufrido juez de paz de Sodupe (al que espero poder estrechar la mano y dar un abrazo personalmente algún día), unos días después llegó mi certificado de nacimiento (GARCÍA) y hasta ahora. Dentro de una semana será el tercer cumplemés de mi hijo, y todavía estamos esperando a que llegue su certificado de nacimiento correctamente redactado. Pero llegará tarde o temprano, en ese sentido estoy tranquilo.

Gracias a esta pequeña odisea onomástica personal he tenido tiempo de reflexionar e investigar por qué demonios no se tildan los nombres y apellidos en los documentos de identidad españoles (aparte de para procurarnos innecesarios quebraderos de cabeza en el extranjero). Ninguna de las excusas es ni por asomo válida en estos tiempos tan modernos de un ordenador en cada pupitre y reformas educativas punto cero. Incluso está empezando a cambiar la situación y algunas comunidades autónomas quieren proporcionar ya el DNI con todas sus tildes. Pero sinceramente, lectores, un minuto de vuestro tiempo: abrid la cartera y echadle un vistazo al carné. ¿Veis la tilde que le correspondería a García? ¿A López? ¿A Fernández? ¿A Solís?

Alguna vez espero que el ministro o ministra de cultura o culturo de turno o turna le dedique también siquiera un minuto de su tiempo a esta minucia tan sin importancia, tan chascarrillosa ella, oye. Mientras tanto, me pregunto cuántos García hay en Alemania y la respuesta es... no sé. ¿+/- 1?

viernes, 4 de diciembre de 2009

2012

Hay ocasiones en que realmente merece la pena ir al cine, aunque la peli sea una mierda caca. Ir a ver 2012, por ejemplo, me ha servido para orearme, que ya empezaban a acumulárseme los días de encuevamiento, y para ampliar conocimientos: resulta que el Emmerich nació donde vivo yo  y se crió donde trabaja mi mujer. CPI en toda regla, como tiene que ser.

Luego me ha gustado especialmente comprobar que en el bar tenían palomitas saladas y no sólo dulces, como en la mayoría de cines de los alrededores, y descubrir que la combinación de día del espectador + colega con tarjeta de habitual te deja el precio de la entrada a unos nada despreciables 4,50 €, la mitad de lo que suele costar la broma de ver una peli en pantalla grande por otros lares... y 30 céntimos menos de lo que he pagado por el billete de ida y vuelta en tren a la Stadt, veinte minutos de trayecto; luego se quejan de que la gente coge el coche para ir a cualquier lado.


«Pues no que parece que se pone a chispear...»


Aparte de eso, mientras John Cusack buceaba entre los engranajes de su futurista arca de Noé, no pude parar de preguntarme dónde había visto yo al muchacho en una tesitura parecida, dónde... y ahora creo que por fin he caído: en 1408, centrifugándose en su habitación encantada. Este hombre está aficionándose a los remojones casi tanto como a las películas de título numérico.

Y... y creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir sobre 2012, yo creo.

Sip, ya está.

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