sábado, 3 de abril de 2010

La clave del laberinto, de Howard V. Hendrix

Si hay una norma no escrita en esta vuestra bitácora es la de no reseñar ninguna novela cuya traducción haya corrido de mi cuenta, puesto que no es mi intención hacer proselitismo de ninguna editorial en particular, y no creo que pudiera evitar suspicacias si me dedicara a enumerar aquí las fobias y filias que salpican el corpus de mi producción profesional. Lo que sigue a continuación, por tanto, no es ninguna crítica de La clave del laberinto, sino un simple puñado de reflexiones al azar suscitadas por un par de cosas sueltas que he leído por ahí en los últimos días.

La clave del laberinto, reducida a su mínima expresión, es un tecno-thriller aderezado con grandes dosis de metafísica. En retrospectiva, si nos fijamos en cuándo apareció en las librerías españolas, es fácil entender por qué La Factoría de Ideas decidió darle una oportunidad a Howard V. Hendrix, por aquel entonces un completo desconocido que desembarcaba en nuestro idioma sin más padrinos que alguna que otra turbia mención a algún que otro premio nebuloso. Un perfecto mindundi, vaya. Pero si nos fijamos en el texto de contraportada (en cuya redacción yo no intervine para nada, como suele ocurrir casi siempre, por otra parte), veremos que no hace falta ser ningún Sherlock para resolver el misterio:


Del doctor Jaron Kwok sólo han quedado unas extrañas cenizas en una habitación de hotel cerca de Hong Kong, una desaparición que movilizará las mayores potencias nacionales, agencias de seguridad, integristas islámicos, clanes del crimen y sociedades secretas. Porque el doctor Kwok puede haberse llevado con él un descubrimiento capaz de alterar el orden mundial: el diseño de un ordenador que podría romper todas las claves de encriptación de las naciones rivales. La policía china Marilyn Lu y el sucesor de Kwok, el doctor Ben Cho, se hacen cargo de la investigación pero, al mismo tiempo, deberán averiguar hasta qué punto son marionetas dentro de este complicado juego, y hasta qué punto controlan su propio destino.

Una novela apasionante acerca de códigos crípticos, alquimia, misterios religiosos, conspiraciones ocultas y tramas llenas de intriga. Con La clave del laberinto, Hendrix anuncia el próximo éxito indiscutible entre los lectores de todo el mundo.

Corría el año 2004 y Dan Brown arrasaba en las listas de ventas con El código DaVinci. Los efectos de esta fiebre todavía colean, pero lejos queda ya la influencia que llegó a tener aquella novela. Hace un lustro, sin embargo, muchas editoriales buscaban desesperadamente cualquier obra cuyo argumento pudiera venderse como aproximado al del best-seller de Brown. Releamos el texto de contracubierta reproducido un poco más arriba, concretamente las palabras «misterios religiosos» y «conspiraciones ocultas». Ya nos imaginamos por dónde iban los tiros, ¿verdad?
El caso es que todo émulo del Código DaVinci que se precie necesitaba, además de una sinopsis poblada de «misterios religiosos» y «conspiraciones ocultas», una cubierta en consonancia: cúpulas, ángeles, simbolillos raros... todo así como muy esotérico y hermético. No me cabe duda de que más de una y más de dos novelas que otra manera hubieran pasado desapercibidas vieron infladas sus ventas gracias a dicha estrategia, pero este mimetismo calculado tampoco estaba exento de riesgos: desviadas de su público realmente potencial, algunas obras fueron a caer en tierra de nadie, insuficientemente «DaVinceras» para algunos y demasiado para otros. La clave del laberinto creo que es un buen exponente de ello.
Esto me lleva por fin al primero de los textos que me ha impulsado a escribir esta entrada. Leído hace un par de días en SeDice: «Me pregunto que habrán pensado los compradores de esta novela , adornada en su portada por un ángel flotando sobre un laberinto y la sugerencia en su contraportada de que el contenido es un refrito de El Código Da Vinci , al comenzar a leer este cyberpunk durísimo [...] Y si sos fan de El Código Da Vinci huíle como a la lepra.» La cita está extraída de este comentario, firmado por el usuario Serrucho. Me hizo gracia leer su referencia al cyberpunk, porque todavía recuerdo como si fuera hoy el intercambio de emails que tuve con Juan Carlos Poujade en su día, donde yo le decía que La clave del laberinto no tenía absolutamente nada que ver con El código DaVinci, que me olía poderosamente a cyberpunk, y él me respondió que ni se me ocurriera mentar a la bicha, chitón, que «cyberpunk» era sinónimo de fracaso de ventas.
El segundo de los textos inspiradores de esta reflexión a vuelapluma es esta entrevista a Alejandro Terán, publicada recientemente en el portal de la editorial Sportula, en concreto la parte en la que le preguntan si alguna editorial le ha echado para atrás alguna vez alguna ilustración ya terminada, y Terán responde: «Peor aún. Me han rechazado hasta cinco propuestas diferentes y prácticamente terminadas.» Fue leer esas palabras y acordarme de la ilustración que debería haber adornado la cubierta de La clave del laberinto, una imagen inspirada por lo leído en sus páginas en vez de sujeta a arbitrarios intereses editoriales:

Espectacular, ¿no? A mí me encantó la primera vez que la vi, y todavía sigue provocándome perturbadoras emociones difíciles de describir. En cualquier caso, la creatividad hubo de cederle el paso a la mercadotecnia, y la novela salió a la venta con la siguiente cubierta:

Que no es que destile menos talento que la anterior, pero es tan palpablemente poco sincera que le rechinan a uno los dientes. ¿El resultado? No sé si a los fans de El código DaVinci les atraería lo suficiente para lanzarse a por ella, pero me consta que esa ilustración bastó para que:
A) La clave del laberinto pasara muy por debajo del radar de muchos aficionados a la ciencia-ficción convencional que, de otra manera, seguro que le hubieran dado una oportunidad.
B) Muchos aficionados a la ciencia-ficción convencional que sí que le dieron una oportunidad terminaron leyendo la novela inevitablemente condicionados por las connotaciones DaVinceras que se desprenden de su cubierta (como creo que se puede apreciar en esta reseña aparecida en la ya difunta página de Cyberdark).
Lo que no me parece ni bien ni mal, tan sólo curioso. ¿Que no se debe juzgar un libro por su cubierta? Tal vez, ¿pero quién no lo hace?

6 comentarios:

  1. La superficialidad en uno de los mayores males de la humanidad que no tiene carencias primarias y presumir de ella casi una necesidad.
    Los profesionales de la publicidad lo saben y obtienen grandes beneficios, gracias a vender apariencias bien adornadas carentes de contenido.
    Las modas dirigidas y la manipulación de tendencias o gustos son fáciles de asentar dentro de una sociedad acomodada y cómoda.

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  2. La versión de los bicharracos está guapísima :)

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  3. El libro de marras estuvo deambulando por las estanterías de las librerías peruanas sin pena ni gloria... Hasta que lo saldaron a precio huevo. Recién ahí me lo compré. Y por lo que parece, me ligó la buena suerte de comprar un cyberpunk en lugar de un techno-thriller. Dios existe.

    Daniel Salvo

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  4. A la larga, tanto cálculo mercadotécnico puede volverse en contra si traiciona a tan alto nivel lo que realmente se está ofreciendo al público. Quizá habría sido mejor vender una honesta historia de ciencia ficción (si se quiere, suavizando el cyberpunk, por aquello de que realmente echaba para atrás a los compradores potenciales mayoritarios) y no un falso tecnothriller DaVincero que resultaría tan decepcionante y poco vistoso...
    Hoy en día, si lo notan, todas las historias nuevas de fantasía aparecen con portadas donde un encapuchado ocupa la posición central y lo envuelve un clima de misterio, mientras todas las historias de vampiros se ven adornadas en portadas simples de objetos, en colores negro, rojo y blanco. Y creo que no es inteligente, pues ya no distingues una de otra...

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  5. Pero es que no es la editorial; es el propio fándom el que entierra la novela hacia los davincis, despreciando su contenido cyberpunk...

    http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=442

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  6. Como muy bien dice Laura, la cosa es atraer el ojo del posible comprador, un ojo entrenado en cada individuo para buscar el producto idolatrado. Si eres pseudogótico adolescente, la pupila se te va detrás de portadas en negro, blanco y rojo; si eres "davinciero", las palabras "código", "códice", "número" o "divino" son de obligado subrayado; si eres tolkiniano, una enorme espada, un encapuchado y un anillo harán su trabajo...

    El caso es que entre tanta bazofia que se amontona en la típica estatería de "Los 10 más vendidos", el comprador se lleve mi bazofia y no la tuya, sin importar si estoy ofreciendo un producto de calidad o si las promesas del envoltorio hacen honor al alimento espiritual contenido. Y lo peor es que de esta manera desprecian al lector concienzudo, al buscador de tesoros, a ese que pierde un tren (y no le importa) porque prefiere echarle un buen vistazo a todos los libros del establecimiento, a su contraportada, al nombre del traductor, e incluso leer siete y ocho páginas, antes que verse, una vez más, engañado por un ángel que, en perfecto estado de levitación, parece susurrarnos:

    —Cómprame, soy muy bueno.
    —Hum... Pero... ¿de qué va el tema?
    —Del tema que tú prefieras, mi amol.
    —Mmmh... Sí, pero... a ver... ¿a qué otras novelas te pareces, cuál es tu estilo?
    —El estilo que tú prefieras, mi amol.

    Joder, he visto concubinas con mayor acervo lingüístico e imaginación...

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