lunes, 4 de octubre de 2010

Y pese a todo..., de Juan de Dios Garduño

Dos amigos y vecinos residentes en la ciudad de Bangor (Maine), la hija del uno y el perro del otro, una historia de confianzas traicionadas a sus espaldas y la Tercera Guerra Mundial como telón de fondo. Ya está. Juan de Dios Garduño no podría haber elegido unos ingredientes más básicos para confeccionar lo que resulta ser un suculento manjar servido en la engañosa bandeja pringosa de sangre y vísceras del sello editorial Dolmen, subdivisión Línea Z.

Lejos (pero no demasiado, sino en su justa medida) de las altas dosis de casquería y acción de Naturaleza muerta, por mentar el otro título de Línea Z que ha pasado por mis manos recientemente, Y pese a todo... elude la pirotecnia habitual de las historias de zombis más convencionales y se centra en las cuitas más bien domésticas de sus protagonistas, dos tipos ni viejos ni jóvenes, ni gordos ni flacos, adorables por su humanidad y por lo mismo también abominables a ratos, ambos con sus fantasmas personales y sus bondades redentoras, con las aristas justas para que el lector los encuentre interesantes pero sin cortarse.

Ya se ha escrito mucho sobre esta novela (como amablemente se encarga de recoger la editorial en su página web, a la que remito para quienes busquen una reseña más ortodoxa), de modo que me centraré en los aspectos de la misma que más me han llamado la atención, no todos ellos de carácter exclusivamente literario.

Lo primero que pensé cuando por fin obró este libro en mi poder fue: «Guau, vaya padrinos que tiene este chico.» A la efusiva loa de José Carlos Somoza (repetida por partida triple, para que entre mejor por los ojos) hay que sumar el apasionado y original prólogo que firma David Jasso. Después leí la biografía del autor y me gustó especialmente el detalle de que «actualmente vive en una aldea de Córdoba, con su mujer y su perro», porque fue precisamente en una aldea de Córdoba (Villanueva del Rey, para más señas) donde a finales de abril leí y me dejé la arriba mencionada novela de Víctor Conde, una curiosidad irrelevante pero que a mí me hizo gracia.

Como curioso también (divertido ya no, que no soy tan macabro) encontré el detalle de que Garduño incluya en los agradecimientos finales «a los anónimos médicos del Hospital de Peñarroya-Pueblonuevo por salvarme la vida, aquella aciaga noche», ya que mi familia entera sale de ese mismo pueblo y en ese mismo hospital terminé el día antes de volver a Alemania el ya mencionado mes de abril de este año, si bien por motivos mucho menos graves que los veladamente sugeridos por el autor. Detalles todos, en definitiva, que tienen poco que ver con la novela en sí pero que, sin embargo, forman parte inextricable de la experiencia de su lectura, tanto más grata para mí por cuanto me retrotrae a sendas de la memoria por las que siempre será un placer pasear.

Como último detalle exasperantemente ajeno al quid de la historia, reconocer que andaba (y ando todavía, para qué engañarnos) un tanto picado en mi orgullo porque en alguna parte había leído algo acerca de un concurso relacionado con Y pese a todo..., consistente en encontrar una referencia a Stephen King en la ilustración de cubierta, y sigo sin dar con ella. Yo no es que me considere un enciclopedia con patas en lo tocante a conocimientos sobre el señor King, pero afición sí que le profeso, así que... ¿me podría soplar alguien la solución (si es que ya ha terminado el concurso y no le busco spoilers a nadie)?

Ya para terminar, por pundonor, una de cal y otra de arena más orientadas al aspecto netamente literario de esta obra:

La de cal: He leído por ahí alguna reseña de Y pese a todo... en la que se critica la precipitación con que parece cerrarse la trama, en extraño contraste con lo pausado y angustioso del ritmo de la mayor parte de la novela. Es verdad que termina todo casi con un pimpán, sanseacabó y a otra cosa, mariposa, pero a mí no me molestó especialmente ese detalle. Antes bien, más me hubiera molestado que el autor añadiera dos o tres capítulos más tan sólo para estirar la resolución del conflicto final, en mi opinión certeramente tratado con el estallido de adrenalina que se merece, que ya eran muchas páginas de tensión acumulada.

La de arena: Una nimiedad para muchos, seguro, pero he encontrado párrafos que podrían haberse beneficiado de una ligera reformulación para evitar repeticiones innecesarias como «...Peter tuvo tiempo de ver unas garras que agarraban a la señora Underwood. Nicholas la agarró de un tobillo...» (p. 101), o «Muchos países desarrollados vendían armamento a países en desarrollo, y nuestro país no se salvaba de ello» (p. 172).

Cuestión de gustos, lo reconozco. Y además, quién sabe, a lo mejor en un futuro no muy lejano este tipo de aliteraciones se convierte en la marca de la casa de Juan de Dios Garduño, al que auguro un lugar prominente en el campo de la literatura de terror patria a poco que este Y pese a todo... sea indicativo de algo, y yo aquí, cubriéndome de gloria.

3 comentarios:

  1. Buenas, Manuel!
    Soy Juan de Dios Garduño, un placer conocerte. Me he topado de casualidad con tu reseña y paso a saludar y a darte las gracias por molestarte en hacerla.
    Si te interesa que estemos en contacto dímelo... he visto por ahí que eres traductor... mmmm... interesante: el_caidojdd@hotmail.com

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  2. se que llego muy tarde, pero es hoy cuando he tenido oportunidad de leer la reseña. Soy uno de los ganadores del concurso y si te digo la verdad, NUNCA he leído un libro de King. La referencia de la portada es la gárgola que aparece abajo a la derecha, igual a las que flanquean el portón de entrada de la mansión de King en Bangor.

    ¡Un saludo!

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  3. Gracias por tus comentarios, Juan, y gracias también a Kaneda por resolver la duda que me atormentaba. ¡Jamás se me hubiera ocurrido lo de la gárgola!

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