domingo, 25 de julio de 2010

The Ghost Writer, de Roman Polanski

Es fácil entender por qué la mayoría de los lectores de la novela The Ghost Writer, del best-sellero Robert Harris, encuentran no pocos paralelismos entre el atribulado y ficticio ex primer ministro británico Alan Lang de la ficción y Tony Blair, acusado por propios y extraños de bailarle el agua a los EE.UU. al comienzo de la guerra de Iraq. En la cinta homónima dirigida por el forzosamente exiliado en Suiza Roman Polanski, sin embargo, lo que se percibe es una nada o mal disimulada proyección de las desventuras del veterano director sobre el personaje interpretado por Pierce Brosnan.

Quizá sea hilar demasiado fino, pero que míster Lang se revele a lo largo del metraje como el proverbial lobo con piel de cordero, víctima de los tejemanejes de la no menos proverbial CIA y, para redondear, ingenuo pegote de plastilina en manos de la ya proverbial hasta decir basta mujer fatal.  Para enmarcar ese momento en que los consejeros de Lang, acusado de crímenes de guerra, advierten a éste que haría bien en no moverse de los Estados Unidos, pues junto a China, Cuba, Iraq y «algún que otro país africano» (sic), es de los pocos territorios que no reconocen la autoridad de la Corte Penal Internacional de La Haya... en fin, no sé yo, pero me da que Polanski podía haber sido un poco más sutil. ¿Qué será lo siguiente, dirigir un remake de Lolita?


En cualquier caso, la película gana enteros si se consigue ver alejado a una distancia prudencial de las circunstancias personales de su director; tanto Brosnan como Ewan McGregor (el negro o «escritor fantasma» que da título a la obra, encargado de escribir las memorias de Alan Lang tras la trágica jubilación anticipada de su predecesor) se sienten cómodos en sus respectivos papeles, bien arropados (literalmente, en algún caso) por el sector femenino del casting, Olivia Williams y Kim Cattrall.

Se echa quizá un poco de menos en el guión más minutos para la labor del anónimo escritor, algo que Harris parece retratar bastante bien en la novela, y también un mayor comedimiento a la hora de incluir tics recurrentes en este tipo de tramas, como esos encuentros fortuitos con personajes vistos y no vistos que pese a su fugaz presencia en escena se las apañan para proporcionar información crucial y empujar al protagonista en la dirección adecuada (en el caso que nos ocupa, en forma de viejo lugareño cuyo carácter ermitaño no le impide desembuchar todos sus conocimientos sobre el comportamiento de las mareas de la zona en un tiempo récord).

Y el sorprendente final... bueno, «sorprendente». Si Polanski nos lleva haciendo lo mismo desde El baile de los vampiros.

jueves, 22 de julio de 2010

After.Life, de Agnieszka Wojtowicz-Vosloo

A la maestra de escuela Anna Taylor (Christina Ricci) no le van bien las cosas: hacer el amor con su novio (Paul Coleman, interpretado por Justin Long) no le cambia la cara de palo, sangra por la nariz en la ducha y se insinúa, aunque en ningún momento se llega a profundizar en ello, que su señora madre podría tener la azotea amueblada con saldos de IKEA. Conforme avance la cinta veremos que nada de todo esto tiene la menor relevancia, pero son pinceladas de color que al menos insuflan algo de vida en un personaje innecesariamente gris.

Al pastel de los males de Anna no tarda en caerle encima una guinda bien gorda, y es que por encima del límite de velocidad, sin cinturón de seguridad, cayendo la del pulpo, revolviendo el bolso en busca del móvil y marcando no se sabe muy bien qué número en éste después de encontrarlo, termina pasando lo que tenía que pasar: Que cuando vuelve a abrir los ojos es encima de una mesa de autopsias, bajo la sospechosamente inmutable mirada del director de pompas fúnebres Eliot Deacon (Liam Neeson).

Aquí empieza por fin el meollo de la cuestión, lo que le sorbe el seso a la debutante Wojtowicz-Vosloo hasta el punto de dejarse deslumbrar por lo sugerente de la idea y no ver el precipicio por el que se pasea su ópera prima: ¿Está muerta Anna realmente o es el enterrador un psicópata retorcido? Como espectador y aficionado a las historias enrevesadas, a mí también me apetecía descubrir la respuesta a esa pregunta... pero por mis propios medios, leyendo entre fotogramas y sin necesidad de bruscos empujones en dirección a la solución.


Lástima de torpeza y precipitación en la persecución de su objetivo, porque la directora tenía mano de sobra para hacer saltar la banca, con un reparto reducido pero de lujo y entregado, niño raro repelente (Chandler Canterbury; a ver si en Repo Men le dan unas líneas con un poco más de salero) aparte.

Casi todas las críticas que he podido encontrar en la Red sobre After.Life hacen hincapié en el hecho de que la Ricci se pasa la mayor parte del metraje en pelota picada, pero lo que más me ha llamado a mí la atención es que Liam Neeson aceptara trabajar en un guión tan impregnado de connotaciones seguramente negativas para él, tras la no tan lejana pérdida de su esposa en un trágico accidente de esquí. Como eso no hay forma de ejemplificarlo gráficamente, no obstante, habrá que conformarse con ilustrar lo bien que le sienta la muerte a la ex benjamina de los Addams.

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